Opinión

El año de Viera y Clavijo

Demetrio Castro | Martes 25 de diciembre de 2012


Descontado que será uno más de vacas flacas, el año que ya apunta no invita especialmente a digresiones que aparten la atención de cosas como el hondo malestar, el escepticismo y la frustración que se extiende por la sociedad española abrumada por penurias materiales e incertidumbres políticas y morales. Por ello, entre otras cosas, es de temer que, fuera de Canarias, y aun así, poco se recordará que en 2013 se cumplen dos siglos de la muerte de José de Viera y Clavijo. Se trata sin embargo de una de las personalidades relevantes de la Ilustración española, no de las más afamadas pero sí muy representativa de una actitud vital e intelectual que cuajó una élite sólo a medias satisfecha en su afán de cambiar los marcos intelectuales y también institucionales de la España del Antiguo Régimen.

Miembro de la generación de Jovellanos, trece años menor que él, Viera nació en el Realejo Alto, Tenerife, en 1731, hijo de un escribano y regidor con extensa familia de trece hijos habidos en dos matrimonios y que acabó asentando en La Laguna. Allí culminó sus estudios y recibió las órdenes. Casi todo joven sacerdote de la época se enfrentaba a un acuciante problema de empleo, por lo menos de empleo remunerativo, y hasta lograr un buen curato se mantuvo como predicador. Sus éxitos como orador en el púlpito y las relaciones de su padre le valieron el comienzo del capital social que amasó a lo largo de su vida y, bien administrado, fue la base de su prosperidad. Introducido en el círculo del marqués de Villanueva del Prado, un casi tópico aristócrata ilustrado con biblioteca surtida de novedades francesas incluidas en el Índice, tertulia e inquietudes filantrópicas, amplió sus horizontes intelectuales cuyo principal referente era hasta entonces Feijoo. También gestó allí el plan de su “Historia general de las Islas Canarias”, una excelente muestra de la historiografía regional del siglo, con su mezcla de sentido crítico y servidumbre a lo convencional, para cuya culminación e impresión el marqués y sus amigos le enviaron a Madrid en 1770. Había allí por entonces un activo lobby canario del que eran figuras descollantes, los Iriarte, tío y sobrinos, y gracias a personas de esos círculos entró al servicio de uno de los grandes notables del mundo cultural del momento, el marqués de Santa Cruz, como tutor de su hijo. Muerto éste, el marqués le llevó consigo en distintos viajes por Francia, Italia, Austria y Alemania que hicieron de Viera uno de los pocos ilustrados españoles verdaderamente cosmopolitas, o al menos viajados. También esas relaciones y patrocinios le valieron el ingreso en la Academia de la Historia en 1777. Terminó y publicó la Historia de Canarias y escribió otras muchas cosas de casi todos los géneros, en la mayoría de los casos piadosamente echadas al olvido. En 1784 sus patrocinadores le consiguieron una prebenda en la catedral de Las Palmas y allí se trasladó para ocuparla, sin salir ya nunca de Gran Canaria aunque no le faltaran ocasiones de volver a la corte. Figura influyente del cabildo Canariense, director de la Sociedad de Amigos del País grancanaria, hombre prestigioso en la vida isleña, mantuvo sus dedicaciones intelectuales en diferentes campos pero cada vez más centrado en la redacción de su “Diccionario de Historia Natural de las Islas Canarias”, una de las obras sobresalientes de esa materia en la España ilustrada y que le sitúa a la altura de Cavanilles con quien, por lo demás, mantuvo estrecha relación.

Hay muchos aspectos de la vida de Viera que le acreditan como figura representativa de las Luces en España. Su convicción de que las condiciones materiales y morales de la mayoría podrían mejorar mediante la dedicación desinteresada de una élite filantrópica de la que él se sintió parte, que la única herramienta apropiada para ello era la razón adecuadamente adiestrada y debidamente dirigida, que entre los principales obstáculos que podrían oponerse a tal programa estaban los prejuicios, la intransigencia y los intereses de las órdenes religiosas, con los jesuitas en primer término (y ayudó a combatirlos hasta donde su natural prudente y contemporizador le permitió), pero que la religión, en cuyos dogmas creyó lo suficiente como para no sentirse nunca incómodo en la Iglesia, era un instrumento imprescindible de moralización social y disciplinamiento colectivo. Su interés por todo tipo de saber, su polimatía que le llevó a escribir de historia, de ciencias naturales, de economía agraria y cuanto se le pusiera por delante era prueba de su fe en la razón y de su interés en que el acceso a las ideas, al menos para él y quienes eran como él, no estuviese condicionado por el temor a las delaciones ante el Santo Oficio. Nunca fue radical, ni menos revolucionario. Como para la mayoría de sus correligionarios la élite reformista sólo podía ser legítima y eficaz en leal subordinación a un monarca receptivo a los consejos de los filósofos, como querían creer que era Carlos III, y fue de quienes acabaron espantados por la deriva de la Revolución francesa. Un reformista, en fin, como lo más extenso del reformismo ilustrado español: moderado, conforme con los fundamentos de la sociedad estamental pero no con sus excesos, celoso de la integridad e inviolabilidad de los poderes de la corona, y socialmente nutrido por aristócratas y eclesiásticos como él mismo y sus amigos. Quizá fue de los que vieron que no había mucho espacio real para algo así y por ello optase por el discreto papel de prócer local. Por ello fue más plácida la segunda mitad de su vida y por ello también su conocimiento sea, algo injustamente, preferentemente local.