Jueves 27 de diciembre de 2012
La aprobación de la nueva constitución egipcia está suscitando una gran polémica. El porcentaje de votantes que la refrendaron -más de un 60 por ciento- contrasta con la escasa participación en las urnas, a las que apenas sí concurrió el 30 por ciento de ciudadanos con derecho a voto. Con todo, el presidente Mohamed Mursi lo califica de “éxito” y tilda las protestas como “algo normal en democracia”. No son tan normales, en cambio, las irregularidades -más que flagrantes- denunciadas por la oposición. Tampoco es alentadora la inspiración de la Sharia en la carta magna.
A propósito de esto último, hay que decir que hasta hace bien poco, los partidarios de Mursi han estado haciendo causa común en la emblemática plaza Tahrir. Durante décadas, los Hermanos Musulmanes fueron duramente reprimidos por el régimen de Mubarak; un régimen totalitario y corrupto al que los propios Hermanos ayudaron a derrocar. Hoy son ellos los que gobiernan, siendo depositarios de la confianza de un pueblo que espera ver en ellos una conducta diametralmente opuesta a la de tiempos pasados. Sin embargo, la Sharia implicaría una tiranía aún peor que la que había. Ojalá Egipto legisle como es debido y no cometa el mismo error que los palestinos, quienes pasaron factura al legado corrupto y nepótico de Arafat dando el poder a Hamas en Gaza. Ha de haber una tercera vía entre corrupción e islamismo.
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