Un fondo en blanco con tres únicas pinceladas en negro, recibía en el escenario a los componentes de la compañía creada por Mark Morris en 1980 y, durante las casi dos horas de función, ese fondo austero no iba a cambiar demasiado. El escenógrafo Howard Hodgkin ha concebido un decorado minimalista que sólo se permite jugar con alguna variación en el color del fondo o en la distribución y el grosor de las pinceladas, así como con la iluminación a cargo de James F. Ingalls. Todo el movimiento procede, entonces, de los cuerpos de los bailarines, que, sin contar tampoco con la ayuda de un hilo argumental, cargan sobre cada uno de sus músculos con el peso de una elegante coreografía que pretende transmitir la esencia del gran compositor: su indudable capacidad de trabajo, a la que, sobre todo en la primera época, acompañaba de una energía cargada de humor y vitalidad. Pero también de la melancolía que marcó muchos momentos de la última época de su vida.
Con quien sí pueden, y deben, “contar” los bailarines, es con el foso, con la música en directo con la que siempre quiere acompañar Mark Morris a todos sus impecables espectáculos. En esta ocasión, se trata de pianistas de reconocido prestigio, como el polaco Emanuel Ax, que interpreta, junto a la Orquesta Titular de Teatro Real, el Concierto para piano y orquesta nº11 en fa mayor, K.413, con el que da inicio Mozart Dances (Eleven) y el Concierto para piano y orquesta nº 27 en Si bemol mayor, K 595, (Twenty-seven), encargado de poner el broche final al espectáculo. Para la Sonata para dos pianos en Re mayor, K 448, (Double), la tercera de las coreografías, el veterano pianista, miembro de la American Academy of Arts and Sciences y Doctor Honoris Causa por las universidades de Yale y Columbia, está acompañado por su pareja artística y matrimonial, la japonesa Yoko Nozaki. Todos ellos, bajo la atenta batuta de la británica Jane Glover, licenciada por la Universidad de Oxford y doctorada en ópera veneciana del siglo XVII.
Los característicos movimientos con los que Morris acompaña cada acorde, normalmente con más de un bailarín en escena, en una continua entrada y salida del escenario, se han llevado el aplauso del público madrileño que, eso sí, ha premiado especialmente al pianista, cuando ha salido a saludar de la mano del coreógrafo. También, cómo no, a la orquesta. Y habrá más oportunidades de hacerlo, porque este espectáculo de danza vuelve a subirse al escenario de la Plaza de Oriente la última noche del año (a las 19 horas), así como los próximos días 2, 3, 4 y 5 de enero.
Durante su estancia en la capital, además, la compañía con sede en Nueva York destinará parte de su tiempo a impartir clases gratuitas de danza para enfermos de Parkinson, a las que podrán asistir amigos, familiares y cuidadores, y con el fin de ayudarles a explorar movimientos que les permitan mantener el equilibrio así como el ritmo. Dicha actividad de carácter social se llevará a cabo el día 3 de enero en los Teatros del Canal, que cederá uno de sus espacios, con el apoyo del Teatro Real.