Joaquín Albaicín | Martes 01 de enero de 2013
Hace unos meses, mi mujer y yo entramos en un cine de Sevilla a ver “El topo”. Elegimos el que nos pillaba más a mano, un complejo de varias salas donde se exhibían tres o cuatro películas, y el encargado de cortar las entradas se quedó perplejo al vernos llegar. Pronto nos dimos cuenta de que éramos los únicos clientes a la vista y le habíamos, por tanto, fastidiado su expectativa de marcharse dos horas antes a casa. Ya instalados en la butaca, empezamos a notar curiosos picores, como los de las chinches que dicen que han amenizado algún vuelo de “Ryanair”. Hubimos de alzar los respaldos de las butacas y ver la película sentados sobre sus bordes. Cada tanto, el empleado de la sala se daba un paseo y nos alumbraba con una linternita, para asegurarse de que no estábamos grabando la película con el móvil. Cuando se encendieron las luces, reparamos en que, en todo el desierto patio de butacas, apenas quedaba rastro de la tapicería.
Evocaba esto mientras leía “Yo nací con la infamia”, la recopilación de artículos y ensayos breves de Juan Cueto, preparada por Juan Cruz y editada por Anagrama, textos y reflexiones centrados en su faceta de crítico de televisión -en la que he leído sus artículos con la misma delectación que los del Cañabate crítico taurino- y, en al menos igual medida, en su pasión por el cine. Estos últimos textos suyos, resultaría imposible escribirlos en el momento presente. Uno se siente tentado de juzgar que, lo escrito en su momento como comentario de actualidad, se ha impremeditadamente convertido en un estudio historiográfico y casi, casi antropológico. En efecto, aquellos tiempos en que uno procuraba ir al cine entre semana para evitar las kilométricas colas formadas ante las salas las tardes de viernes, sábado y domingo, se antojan a la memoria sensaciones pertenecientes a un pasado remoto, por no decir que a otra civilización. Parece ser que ahora, sólo se va al cine a piratear la película con el celular.
Los únicos espectadores que acuden al cine son africanos y, además, no ven la película allí, sino después, ya en casa y, más que nada, a fin de apreciar cómo ha quedado la copia. No saben nada del Gary Cooper, la Jean Simmons o el James Stewart tan caros a la memoria fílmica de Cueto como a la mía… Y, seguramente, tampoco quiénes son Colin Farrell o Bar Refaeli. Ahora, en el cine, es el espectador quien anuncia: “¡Silencio! ¡Se rueda!”… O: “¡Acción!” Y lo anuncia en swahili, no con acento de Los Ángeles o de alemán exiliado en Hollywood.
Y todavía hay quien se empeña en que el mundo no está al revés…