Opinión

Hiperpresidencialismo: la soledad del poder

Enrique Aguilar | Miércoles 02 de enero de 2013
Para una literatura en boga, los modelos hiperpresidencialistas son los que mejor encarnan hoy y definen la representación popular en tanto solamente el líder a cargo del poder ejecutivo daría cuerpo y forma a un pueblo representado que, como explicó en su momento (desde una perspectiva crítica) Carlos Strasser, permanecería sociopolíticamente desfigurado a falta de ese liderazgo que lo reconfigura volviéndolo “objeto posible y sujeto constituyente de la representación”.

En esta línea, proyectos hegemónicos como los de Chávez en Venezuela o Cristina Kirchner en Argentina, comportarían una respuesta al supuesto fracaso de la democracia representativa y aun de la llamada democracia de partidos, incapaces por sí de dar solución a situaciones de emergencia que sólo podrían ser afrontadas y resueltas desde un poder concentrado que monopolice las decisiones sin someterse a los tiempos legislativos o a las concesiones inherentes a un sistema que promueva la sana convivencia entre mayorías y minorías.

Los peligros que esta teoría encierra están a la vista con los dos ejemplos citados. En particular, el caso de Cristina Kirchner llama la atención por la evolución que notoriamente han experimentado su persona y sus ideas. En sus años de senadora, se la sabía por ejemplo más dialogante y más respetuosa de las instituciones de lo que había sido su marido, a pesar de que su propia candidatura como sucesora se ajustara más a los usos del nepotismo que a las buenas formas republicanas.

Sin embargo, hoy se la ve personificando un régimen que, si no es autoritario en su origen, tiende a serlo aceleradamente en su ejercicio: en su estatismo avasallador y en la palabra y los modos de la presidenta a quien se la ve cada día más intolerante y radicalizada, sin posibilidad acaso de desdecirse ni de volver sobre esos pasos que se ha obstinado en dar y que tarde o temprano, a juzgar por las reacciones que viene provocando, la llevarán seguramente a su propia ruina.