Alicia Huerta | Miércoles 02 de enero de 2013
Antes o después, siempre acaba por llegar un momento en el que la fría estadística se nos muestra con toda la pasión de la verdad que envuelve y pasa a tener un nombre. Aunque se trate de uno ficticio. Así ha ocurrido estas últimas semanas en India, donde el tremendo porcentaje de agresiones sexuales contra mujeres ha saltado a las calles del país y a los informativos de todo el mundo con el nombre de Amanat, que significa tesoro en la lengua urdú. No es, como decía, el verdadero nombre de la joven estudiante de medicina que sufrió la brutal agresión que ha terminado con su vida, porque en India la ley prohíbe que se revele la identidad de una víctima de violación, a no ser que su familia lo autorice expresamente. En este caso, no ha habido dicha autorización, de modo que Amanat sigue siendo Amanat, y aunque la familia ya ha anunciado que sería un honor que la nueva ley que prepara el Gobierno indio para endurecer las penas por agresiones sexuales llevara el nombre de la chica, lo cierto es que el mismo aún no se ha desvelado, quizás para salvaguardar ese mismo honor que afirman que sería.
Porque es precisamente el honor, de la forma en la que allí mayoritariamente sigue entendiéndose el concepto, lo que ha llevado a que en India sólo el 26% de los casos de violación – se estima que se produce una, cada veinte minutos - llegue a juicio. La inexplicable explicación que se ofrece, es que se teme dañar el honor de la familia, de modo que el resultado consiste en que los violadores – eventuales o de profesión - campan a sus anchas y merodean en cualquier esquina o, incluso, como en el caso de Amanat, en cualquier autobús de India, incluida Nueva Delhi, la ciudad bautizada desde hace años con el terrible nombre de “capital de las violaciones”. La joven de 23 años ni siquiera viajaba sola, se encontraba en compañía de su novio, quién sabe si planeando su boda, prevista para el próximo mes de febrero. Pero de ninguna ayuda pudo servirle su acompañante, porque la manada de violadores, consciente de su impunidad y de su número, primero lo apaleó y, más tarde, lo arrojó en marcha del autobús, junto a Amanat, una vez finalizada la salvaje agresión.
Ya en el asfalto, lo único que pudo hacer el joven fue procurar salvar a la chica de las ruedas del autobús, que ahora intentaba atropellarles para rematar la faena. Lo escalofriante de esta escena, que tanto cuesta imaginar, consiguió, sin embargo, que la gente, en su mayoría jóvenes, saliese a la calle para exigir castigos más duros y, sobre todo, más efectivos, para quienes cometen este tipo de delitos. Sea quien sea la víctima, cualquiera que sea el agresor. Ya no se trata de castas, porque el honor de un pueblo, de una entera sociedad, es precisamente ahí donde debería estar. Jamás en ningún otro sitio, aunque todavía demasiados padres lo que recomiendan a sus hijas es que dejen la falda en casa y se vistan con pantalón. También, muchos están utilizando el dramático caso de la violación de Amanat para volver atrás en las libertades que, poco a poco, habían ido cosechando las mujeres, es decir, para prohibir a sus hijas salir de paseo, matricularse en universidades que no estén cerca de casa y, por supuesto, tener amigos varones.
Amanat, que falleció, después de una agonía de trece días, en el hospital de Singapur al que fue trasladada, ha sido probablemente la gota que ha colmado el vaso del sentido común. También la mecha que ha encendido una cruzada que ya no debería encontrar excusa alguna. Ni en la costumbre ni en la cultura patriarcal. Aunque la forma para cambiar las cosas no sea, desde luego, a través de esos graves enfrentamientos que se produjeron los primeros días y que se saldaron con un policía muerto y más de cien heridos, está claro que la sociedad india, y liderándola como corresponde, su clase política, ya no puede continuar mirando hacia otro lado, echando tierra sobre las mujeres que han sido objeto de la más brutal de las agresiones, apartándolas, escondiéndolas como mercancía perjudicada. India tiene que conseguir que no quede en su extenso territorio ningún lugar, por recóndito que sea, en el que la mujer violada sea, además de víctima, culpable del estigma social al que habrá de enfrentarse su familia. Que por ese delito, que, para colmo, tiene el poder de convertirse en una maldición que lleva a muchas violadas, no sólo a rechazar cualquier tipo de denuncia o acción criminal contra el culpable, - por cada violación denunciada, hay más de 50 que no lo son - sino, incluso, a contemplar el suicidio como forma de salvaguardar el honor de los suyos, a quien se castigue y deshonre para siempre sea al criminal, jamás a su víctima.
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