Domingo 06 de enero de 2013
Muchos de los asistentes a la cabalgata de Reyes ayer en Madrid sufrieron las consecuencias de la huelga de Metro. Fue el colofón de unas Navidades marcadas por los paros intermitentes en el suburbano madrileño. Una vez más, los sindicatos han vuelto a tomar de rehenes a los ciudadanos que sufragan sus desmanes vía impuestos para hacer públicas unas reivindicaciones tan injustas como falaces.
Las condiciones laborales de los trabajadores de Metro serían la envidia de cualquier empleado, público o privado. Más “moscosos” y días de libre disposición que nadie, unos sueldos muy por encima de la media y una serie de ventajosas prebendas tanto para ellos como para sus familiares hacen que su situación sea muy poco susceptible de queja alguna. Metro de Madrid no es una excepción y también ha de hacer frente a la crisis. Sin embargo, aquí los recortes han sido mucho menores que en otros sectores. Lejos de valorarlo en su justa medida, sus sindicalistas han vuelto a dar muestras de su insolidaridad defendiendo unos privilegios tan inasumibles como poco ajustados a la actual realidad social.
Por si esto fuera poco, camuflan los paros con supuestas demandas de un “transporte público de calidad”. Se da la circunstancia de que el metro de Madrid es uno de los mejores del mundo. Trenes y autobuses tampoco van a la zaga, configurando uno de los principales activos tanto de Madrid capital como de la Comunidad Autónoma en su conjunto. La calidad del metro madrileño está muy por encima del de sus centrales sindicales, pendientes únicamente de su cuota de poder y de seguir subsistiendo a costa de la ciudadanía a la que continuamente extorsionan.
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