Andrea Donofrio | Domingo 06 de enero de 2013
“El mandato de Gobierno temporal terminará pronto y volveré para completar el periodo de cuatro años para el que fui nominado como rector de esta universidad” (ceremonia en la Universidad Bocconi de Milán). “No me considero super partes sino extra partes”. Pocos días después, Mario Monti confirma su decisión de “subir a la política” -y no “bajar a la arena” como suele decir Silvio Berlusconi- porque “la política es una cosa noble”. Tras estas diferentes declaraciones de Monti y algunas otras, es evidente que, para un italiano, resulta difícil no sólo seguir los procesos mentales de Berlusconi, sino también los del ex comisario europeo. Basta con recordar que en la rueda de prensa del 23 de diciembre, Monti decía sentir “poca simpatía por los partidos personales”; sin embargo, el 4 de enero anunció su nuevo partido, “Elección Cívica con Monti por Italia”: toda una contradicción y un evidente deseo de buscar protagonismo, de ligar el futuro de la formación política a su persona, a su indiscutible honradez e integridad. En estos meses, Monti ha sufrido una verdadera metamorfosis, pasando de tecnócrata no dispuesto a enfangarse en la arena del circo político italiano (como la mayoría de los analistas creían) a político navegado y probable protagonista de la próxima contienda electoral (como muy pocos advertíamos). El Professore ya no está por “encima” de las partes, sino que es un actor más de una campaña electoral dura e incierta. Tenía razón Andreotti: “el poder desgasta…a quien no lo tiene”.
Estamos asistiendo a una ofensiva política y mediática por parte de Monti que era difícil prever por intensidad, duración y voluntad polémica. A sabiendas de unos sondeos no excesivamente lisonjeros, Monti ha iniciado una campaña electoral muy agresiva. Actúa como un político de largo curso apelando a los sentimientos de los electores y lanzando envenenadas estocadas a los adversarios. Intenta trasmitir optimismo (“la luz al final del túnel está cada vez más cerca”) e invita a desconfiar del populismo berlusconiano y del inmovilismo de la izquierda. Promete hacer todo lo que no hizo durante estos trece meses de Gobierno: quitar peso a las familias, un sistema fiscal más ecuo y “ecuánime entre ricos y pobres”, defender el sistema sanitario nacional. Un evidente viraje respecto al pasado: quizás Monti bien sabe que, en la política italiana, las promesas electorales están hechas para no ser cumplidas. Por eso intenta acariciar el electorado desilusionado respecto la derecha y desconfiado respecto a la izquierda, erigiéndose a paladín de una Italia nueva, preanunciando la llegada de la III República. No obstante, parece evidente que su nueva formación contiene muchos elementos –y personajillos- de la antigua Democracia Cristiana, tanto que parece legítima la duda de que pueda tratarse más bien de una operación de “maquillaje” que cuente con el apoyo del Vaticano y del poder empresarial y “aristocrático” italiano.
En este contexto, Silvio Berlusconi parece el más nervioso, temiendo ser relegado a interpretar un papel secundario, ser sólo un figurante en el escenario nacional mientras él sigue soñando con ser la estrella. La irrupción política de Monti socava las bases de su partido y erosiona consensos en sus filas. Por eso, pierde los papeles en cada momento, promete lo imposible y muestra ser un patético político de antaño. Para el Partido Democrático, el centro de Monti representa una amenaza y una posibilidad a la vez: una amenaza, en cuanto podría “restarle” votos, pero también una posibilidad, un recurso en la dura batalla para el Senado, ya que es evidente que, en caso de tener que pactar para gobernar, será mejor hacerlo con el centro moderado de Monti que con el populismo y la demagogia de Berlusconi o de Grillo. No obstante, ante esta hipótesis, parece existir un grave peligro subrayado magistralmente por el sabio Eugenio Scalfari: Monti y Casini supeditan el pacto a la Presidencia del Gobierno, aunque no consigan ser el partido más votado. Es decir, para pactar con el PD, Monti exigiría para sí mismo el rol de presidente del Gobierno, independientemente de la voluntad del pueblo soberano. ¿Es una nueva forma de “democracia” o un chantaje que pone en peligro el futuro de Italia? ¿Estos son los tipos de cambios de los que habla Monti? Cambiar todo para no cambiar nada…
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