Opinión

La generación de la libertad

Javier Zamora Bonilla | Martes 08 de enero de 2013
Ha causado un gran revuelo y no pocas críticas la entrevista del rey con Jesús Hermida que TVE emitió el viernes pasado, la cual se encuadra dentro de una campaña de marketing por mejorar la imagen de don Juan Carlos, deteriorada por acontecimientos propios y ajenos de todos conocidos. Las críticas han venido tanto por el formato encorsetado de la entrevista y por dejar fuera temas candentes que afectan de lleno a la monarquía como por alguna de las cosas que el rey dijo. Pero más que lo que dijo o en qué medida la entrevista contribuyó al objetivo deseado, me interesa destacar el tono generacional que se dio al acontecimiento: se seleccionó a un entrevistador de la misma edad que el monarca y luego se difundió un reportaje en el que intervenían personalidades de la misma generación que el rey aportando su visión del mismo y de su reinado.

Don Juan Carlos definió durante la entrevista a su generación como “generación de la libertad”. No es mala definición porque la gran labor de muchos de los integrantes de esa generación fue conseguir pasar de una dictadura a una democracia. El rey, a pesar de los deslices propios y ajenos, sigue simbolizando mejor que nadie esa España de la Transición y la modernización política, social, cultural y económica de nuestro país, sobre todo a nivel internacional. Que la entrevista se centrara esencialmente en estos logros y que las referencias a la actualidad fueran menores, aunque importantes, hizo que todo tuviese un cierto aire... de pasado, nostálgico, no me atrevo a decir testamentario.

El rey, como en toda monarquía parlamentaria, reina pero no gobierna, por lo que no se le podía pedir que utilizase su conversación con Hermida para proponer un programa gubernamental ni hubiese sido oportuno que el Gobierno aprovechase una entrevista que tenía un perfil personal para transmitir algunas de sus propuestas. No obstante, el monarca sí podía haber destacado con más énfasis algunos de los potenciales de nuestra sociedad y de nuestra economía, más allá de su sincera preocupación por la crisis económica, el desempleo, la salida de españoles al extranjero a buscar trabajo o la vertebración de España. Casi todo en la entrevista con el rey sonaba a ayer. En un momento como el que vivimos, donde cunde tanto la desesperanza, algunas referencias precisas al futuro, a la construcción de un futuro mejor, hubiesen, en mi modesta opinión, no sólo dado ánimos a una sociedad que los necesita sino también ayudado a ver la figura del rey de una forma más positiva y a vincular más estrechamente la monarquía con el futuro de nuestro país.

El reportaje posterior contribuyó todavía menos a este fin, porque la mayoría de los entrevistados insistieron en aspectos del pasado y poco o nada en el futuro. Es verdad que uno de los fines de la entrevista, el que se publicitó, era celebrar el 75.º aniversario de don Juan Carlos y que, por lo tanto, el motivo era propicio para echar la vista atrás. Es cierto, además, que el pasado es un elemento clave en toda monarquía, y el reciente, especialmente importante para legitimar la restauración de la española, pero lo que más preocupa ahora a la misma es el futuro, el inmediato y no necesariamente cierto futuro, de ahí que las referencias al tiempo por venir deberían haber estado más presentes en las respuestas regias y en las de los demás entrevistados.
El tono de la entrevista con el rey y el reportaje posterior me recordó mucho al Encuentro Cataluña-España que recientemente se organizó en Barcelona y que tuvo como invitados principales a Felipe González y a Jordi Pujol. Había en ambos acontecimientos mucho de remembranza de tiempos mejores, de ilusiones pasadas, y muy poco de construcción de futuro, que es lo que de verdad nos importa a los ciudadanos.

Frente a muchos miembros de mi generación y a otros más jóvenes que han construido un discurso crítico, incluso muy crítico, contra la Transición, pienso que es una época memorable de nuestra historia y una referencia de gran valía para el futuro inmediato, pero es verdad que los consensos de aquel momento no tienen por qué condicionar necesariamente los del presente. El papel de la monarquía como árbitro y moderador de los nuevos consensos necesarios le permitirá, como le permitió entonces, ganar la única legitimidad que de verdad puede asentar a la institución en la sociedad española: la legitimidad del futuro, de su quehacer en pro de un futuro mejor.

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