Opinión

El complejo de inferioridad del principito Mas

José Antonio Sentís | Miércoles 09 de enero de 2013
El AVE es un ceremonial carísimo, pero tiene su punto de gracia, porque concita las mayores pasiones provincianas de España. Todos quieren, o queremos, tenerlo, sea en nuestra ciudad o en la ciudad de nuestra familia, o en la que vivimos en la periferia de nuestro trabajo. Y todos los políticos lo quieren en su territorio, sea municipal o provincial o autonómico. Y hete aquí que el AVE sirve para descubrir complejos, como el que sin disimulo demostró el principito (lo digo por el Principado) autonómico Artur Mas, en la inauguración del tramo entre Barcelona y Figueras de esta semana.

El presidente del Gobierno autonómico catalán, también llamado Generalitat, se afanó con descriptible éxito en dos cosas. Aparentar que ese AVE era lo mínimo que se merecía Cataluña, y que era sólo una pequeña parte de lo que se debía a Cataluña. Porque lo que no podía decir es que el AVE lo había pagado Cataluña, puesto que lo habían pagado todos los españoles, incluidos por supuesto los catalanes. Ese AVE era obra mayor de España como Estado, y no sólo no podía ser motivo de queja, sino demostración de que en numerosas ocasiones, las infraestructuras estatales en Cataluña preceden a las de otras zonas de España. Sólo que en ningún sitio de nuestra Nación alguien se queja cuando le regalan algo. Sólo en el Principado del principito.

Entre las infinitas tergiversaciones del nacionalismo catalán, sobre la historia de España, sobre la Diada y la Guerra de Sucesión, sobre los antiguos segadores y su costosa sumisión a Francia, o sobre la República y la Guerra Civil, su mayor mentira es sobre el maltrato del Estado español a Cataluña, una de sus partes más respetadas y valoradas, no sólo durante el franquismo, sino también y fundamentalmente tras la Democracia. Y nadie discute el gran merecimiento propio de la iniciativa de los catalanes, pero tampoco nadie puede discutir la delicadeza y el cuidado sobre el trato recibido, jamás menor que el de cualquiera, y muchas veces mayor que el de otros.

Entre los gestos humanos, es difícil a la vez comer y a la vez llorar. Pero no es imposible. Mas lo consigue siempre. Y Pujol también lo lograba. Hay que pensar que es una habilidad innata de los nacionalistas: llenar el bolsillo mientras acusan de robar. Probablemente, como estrategia ancestral para no perder ni un minuto en la posibilidad de pedir más.

Pero la verdad es ésta: España como Estado (que incluye obviamente a Cataluña) está demostrando una paciencia infinita con los nacionalistas. El propio Gobierno de la Nación, el de Mariano Rajoy, la está sosteniendo con creces. Se soporta, con la mejor cara, todo desplante, todo desafío, toda machada. Pero nada de eso contiene el ejercicio iluminado del masismo, que se ha convertido en ideología frente al pujolismo, que sólo era pragmática.

La cuestión es saber qué hay detrás de todo este ceremonial soberanista. Y hay una explicación, que no tiene corte económico, sino sólo psicológico. Hay un acomplejamiento provinciano en el nacionalismo, basado en dos pilares. El primero, que quieren más cariño, aunque todo cariño sea insuficiente, como el de determinados niños autistas. El segundo, que se sienten abandonados, en el síndrome Moisés y su cestilla en el Nilo, que es por cierto el que le llevó a buscar la Tierra Prometida.

Desconozco por qué hay que pagar en España una enorme inestabilidad institucional por los complejos de un señor que se siente bajito cuando comparte un vagón de tren con interlocutores más altos. Que se abre paso para salir en la foto de una forma bastante patética. O que saca pecho sobre lo machote que es una vez que sus contrapartes le dan la espalda. Pero eso es lo que hay, y sólo hay una forma de confrontarlo. Desde la compasión.

Cataluña ha recibido más del doble en infraestructuras que cualquier región de España. Tiene trenes AVE que conectan sus cuatro provincias y la frontera. Tiene extraordinarios puertos y aeropuertos. Ingresa una cantidad mayor que la que comparte, y aporta a la solidaridad común de España siete veces menos que Madrid. Ya está bien, por tanto, de bromas.

Porque nadie discute la importancia de Cataluña en España, pero los nacionalistas catalanes siempre ponen en cuestión la de España en Cataluña. Esa España que comparte el AVE y las carreteras y los puertos y aeropuertos. Ésa que paga los trenes de cercanías de Barcelona, de cuya gestión (solo para lo bueno) presume la Generalitat. Déjense, por tanto, los agraviados epígonos del masismo, de dar la murga.

Haría bien, por tanto, Mas, en aceptar la mano tendida de Rajoy. Y no es descartable que así sea, porque peor para CiU y para Mas es la compañía incómoda de ERC, ese grupo que sólo tiene que ganar en los procesos de confrontación, porque nada tiene que perder, al menos cuando no tiene cargos y coches oficiales, que entonces se suaviza muchísimo, como en la época del tripartito y del inefable Carod Rovira.

Pero, mientras lo hace Mas, es decir, acepta una razonable convivencia catalana con el resto de españoles, bueno es que se sepa que el nacionalismo catalán está lleno de complejos y está armado de mentiras. Carece de futuro, pero envenena a muchos conciudadanos en pasiones irreductibles, y cuando los nacionalistas políticos replieguen de sus posturas, sólo dejarán en muchos seguidores la frustración.

Mas y los suyos no lo querrán reconocer, pero estarán siempre más cómodos con Rajoy o con el Príncipe que cuando van a buscar amigos en Rusia o en Bruselas. Hacen un esfuerzo titánico por ser reconocidos fuera de nuestras fronteras, cuando tan cómodos pueden sentirse en la propia. Pues, al final, es más razonable para un castellano entender el catalán que para un sueco o un finés. Y aquí les entendemos, y ése es, ay, su terrible destino. Son de los nuestros.

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