Velázquez, John Elliot y el Conde Duque de Olivares

EL PODER DE LA MIRADA

Jueves 10 de enero de 2013
He aprovechado estos días para zambullirme literalmente en la lectura de un libro excelente del hispanista británico John Elliot. Su título es toda una declaración de intenciones: History in the making, Haciendo historia. Una obra que recoge, en plenitud del catedrático emérito de Oxford, un repaso riguroso, al tiempo que amenísimo, de las que han sido sus principales preocupaciones durante cerca de sesenta años de una prolífica investigación. Esto es, la historia española durante el reinado de Felipe IV y su todo poderoso valido El Conde duque de Olivares. Recuerden, por lo demás, algunos de sus más logrados ensayos: El mundo de los validos, Un palacio para el rey (en colaboración con el también hispanista Jonathan Brown), Imperios del mundo atlántico: España y Gran Bretaña, España, Europa y el mundo de ultramar y, por supuesto, El Conde duque de Olivares.

El libro se estructura en siete sugerentes e interrelacionados capítulos: ¿Por qué España?; Historia nacional y trasnacional; Historia política y biografía; Percepciones de decadencia; Historia del arte e historia cultural (dada la naturaleza de esta columna les recomiendo especialmente su lectura); Historia compartida; y La visión de conjunto. A los que se añaden los irrenunciables, en todo ensayo que se precie, de una bibliografía selecta, así como un logrado listado de ilustraciones y un útil índice de autores.

Olivares llena la mitad del siglo XVI de la historia de España y, por tanto, de la europea. Sólo hay alguien como él, situado en la cúspide del poder político, tras ganarse la confianza de su monarca: el infatigable Cardenal Richelieu, su encarnizado enemigo de tantos años de litigios, al frente del Estado francés durante la Monarquía de Luis XIII. Olivares un pícnico ciclotímico. Richelieu un asténico esquizoide. Por cierto, Richelieu, a pesar de no haber dispuesto de la pincelada magistral de Velázquez, ¡Velázquez no hay más que uno!, ha pasado a la posteridad con dos retratos de pie formidables de Philippe de Champaigne; una versión en el Museo del Louvre, y otra en la National Gallery, y un no menos apreciable lienzo en formato de tríptico. Pero dejemos al cardenal Richelieu y centrémonos en el Conde duque de Olivares. Y para hacerlo nada mejor, incluidas las páginas de nuestro hispanista, que el Retrato ecuestre del pintor sevillano. La más lograda de la esplicitacionesles del poder político. Así lo entiende Elliot: “Si alguna vez ha habido un retrato donde se personificara la arrogancia del poder, ha de ser sin duda este.” Con toda razón el doctor Marañón había publicado en los años treinta un libro emblemático, muy influenciado por el psicologismo de Kretschmer, con el nombre de El Conde duque de Olivares. La pasión de mandar.

Velázquez resalta, de manera inteligente, los rasgos de mando del omnímodo valido. Primero, retrata a Olivares, por supuesto, a caballo. No hay como la grandiosidad del gobernante a lomos de su caballo, y si este está, además de ser de grandes dimensiones, encabritado, todavía mejor. Antes lo había hecho, entre otros, Tiziano Vecellio, con el majestuoso, aunque atemperado Retrato a caballo del Emperador Carlos V en la batalla de Mülberg y, después, Jean Louis David, con el brioso caballo del Retrato ecuestre de Napoleón Bonaparte al atravesar el paso de San Bernardo. Segundo, la armadura, de color negro, pero con visos plateados. Tercero: la banda carmesí, en su condición de capitán general. Cuarto: el bastón de mando, tomado enérgicamente con su mano derecha, y apuntando hacia un lejano campo de batalla. Pero siendo estos atributos sobresalientes, la expresión de la cara es no menos impactante. En palabras de Elliot, “…es su rostro lo que sobre todo llama la atención. En perfil de tres cuartos, luciendo su mechón de barba y bigotes vueltos hacia arriba, mira imperiosamente atrás hacia la izquierda como si comprobara que las tropas detrás de él están preparadas para seguirle al combate.”

Y termino con una frivolidad. Si se detienen en la portada del libro, verán que se recoge un retrato, ¡qué curiosidad!, del propio Elliot con un libro en la mano derecha. El retrato es de Hernán Cortes, el más avezado de nuestro retratistas. Nuestro hispanista ha sabido también escoger, en la España de hoy, uno de los más aventajados pinceles.

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