Opinión

Hagan Juego

Juan Francisco Fuentes | Viernes 25 de abril de 2008
Se ha convertido en un tópico comparar la economía globalizada con un gran casino mundial en el que el dinero corre alocadamente de un lado para otro en pos de ganancias a veces quiméricas. La política en la era de la globalización tiene algo también de casino global, y si no que se lo pregunten a los ciudadanos de Massachusetts, donde me encuentro. El gobernador del Estado, el demócrata Deval Patrick, no ha tenido mejor ocurrencia que crear tres grandes casinos públicos, con los que espera recaudar 2.000 millones de dólares, que se dedicarían a financiar la reparación de puentes y carreteras y -pásmense- a costear programas de rehabilitación de ludópatas. De momento, el plan ha chocado con la oposición de la Cámara de Representantes del Estado, que acaba de rechazar el “casino bill” del gobernador por 108 votos a 46, pese a que los demócratas tienen amplia mayoría en la cámara.

La cuestión tiene más importancia de lo que parece, porque Deval Patrick, el tercer gobernador negro en la historia de Estados Unidos, es uno de los principales valedores del candidato a la presidencia Barack Obama, algo más joven que él, pero con un perfil muy parecido. Algunos votantes demócratas de por aquí no pueden evitar preguntarse si Obama no será un nuevo Patrick. De momento, puede más el carisma -indudable- del candidato, y su capacidad de generar ilusión y empatía, que las dudas que suscita sobre su verdadera consistencia política. En cambio, el gran activo de su rival, Hillary Clinton, es su notable solidez política e intelectual. Paradójicamente, ése es también su punto débil, porque da credibilidad al terrible estigma, señalado una y otra vez por su oponente, de pertenecer a la superprofesional clase política de Washington. Es muy posible que la incapacidad de Hillary para liberarse de esa imagen le cueste una nominación que a estas alturas tiene ya prácticamente perdida, y eso que su último, casi agónico, esfuerzo por evitar la derrota está siendo verdaderamente emocionante. Su problema es que empezó la carrera a la nominación muy sobrada, y cuando se puso a sudar la camiseta Obama ya se había metido a la gente en el bolsillo. Aquí, en Boston, se ve muy bien la diferencia entre ambos: las primarias las ganó Hillary, pero pocos de sus partidarios hacen ostentación de sus simpatías por ella, mientras que los seguidores de Obama lucen con orgullo su apoyo al candidato del cambio. Un cálculo a ojo de las pegatinas a favor de uno y otro candidato que se pueden ver en los coches y en las casas da a Obama una ventaja de cinco a uno. Me decía un amigo, que le votó en las primarias, que todo el mundo se hace la misma pregunta: “Pero ¿dónde están los que votaron a Hillary?”.

A siete meses de las elecciones, el resultado es impredecible. Todo indica que el candidato nominado por los demócratas será Obama y que el republicano McCain se está beneficiando de la lucha cainita entre sus adversarios. En realidad, los tres candidatos -vamos a darle a Hillary todavía una remota posibilidad- tienen un serio problema con una parte de su propio electorado, y aquí la situación de McCain, tan favorable en apariencia, es parecida a la de sus oponentes. Obama deberá emplearse a fondo para captar el voto hispano, hoy en día claramente decantado por su rival demócrata; Hillary Clinton tendría difícil movilizar a su favor a los votantes negros y jóvenes encandilados por Obama, y McCain puede verse abandonado por el electorado más conservador del partido republicano, cuyo papel fue clave en las dos victorias de Bush. Puede decirse, pues, que los tres candidatos tienen al enemigo en casa.

Volvamos a nuestro casino imaginario. Ahora mismo, aventurar el resultado de noviembre es como poner una ficha en la ruleta a rojo o negro. Yo, sin embargo, me he jugado una cena en Madrid con un amigo de aquí a que gana McCain. Él la ha aceptado encantado, convencido de lo contrario. Sólo espero que, si pierdo, mi amigo se pague el viaje.

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