Marcos Marín Amezcua | Jueves 10 de enero de 2013
El subterráneo de Londres alcanzó los 150 años el 9 de enero de 2013. Referirnos al decano es un magnífico pretexto para meditar en torno a este importantísimo transporte en las capitales modernas.
Se inauguró un 9 de enero y abrió al público al día siguiente, el 10. Contar un siglo y medio (1863-2013) se dice pronto, pero su sesquicentenario implica varios asuntos que van desde identificar símbolos de modernidad citadina hasta reconocer muestras avanzadas del triunfo de la era industrial, pasando por la eficacia de ese medio de locomoción y los retos que implican su funcionamiento, su planeación y la visión de política pública en torno a él. Esto último es llamativo porque lo mismo vemos la huelga del metro de Madrid que la falta de crecimiento del muy necesario en la Ciudad de México y el uso electorero de los dineros no destinados a él para actividades intrascendentes en el largo plazo, pero eficaces para la primera plana y el relumbrón, que sustituyen el fomentar su expansión urgente en la capital mexicana.
Se dice que el metro de Londres inspiró al resto y que el neoyorquino sigue siendo el más grande del mundo. El de la capital mexicana transporta diario cinco millones de almas. Es como si todo Madrid abordara el metro todos los días. Hace algunos años se afirmaba que inclusive, el de Londres contaba con estaciones en desuso porque los convenientes estudios de movilidad reflejaban la inoperancia de algunas de ellas. Como sea, hasta donde recuerdo me pareció que era un metro ordenado, si bien no de apariencia moderna.
Resulta divertido saber que al construirse en el siglo XIX en plena era victoriana, se increpara si la gente no moriría por el humo expelido por los trenecitos que lo conformaban. Ya no hablemos del cuestionamiento abierto a lo absurdo de introducirse en túneles en la capital británica, algo tan anormal para el hombre decimonónico civilizado con aspiraciones refinadas. Debate que solo demuestra el sentir de una época, quedándose en simples anécdotas.
Así como me llama la atención la tardanza de París respecto a Londres para construir su metro, que casó con el emblemático año 1900, empatándolo con la Exposición Universal celebrada en la capital parisina, llamo su atención amigo lector en ambos hemisferios, para dirigirla al sistema de nomenclatura de las estaciones que conforman una red del metropolitano, su denominación inicial. Si lo ha notado, el metro siempre se ha distinguido por su contundencia y brevedad para facilitar su identificación y llegar así en él a sitios representativos de cualquier ciudad. Por eso es pertinente que las autoridades siempre cuiden con esmero el vocablo o conjunto de ellos con los que pretenden señalizar una parada, para favorecer la correspondencia con lo existente in situ. A veces no sucede así. La estación Charing Cross en la significativa plaza de Trafalgar en Londres, es un buen ejemplo que despista al más avezado turista.
La huelga del Metro de Madrid es trascendente, pues nos alerta de cómo una determinada gestión puede colapsar tan importante sistema de trasportación. Es una lástima lo que está sucediendo en la Villa y Corte, porque el metro matritense ha crecido y se ha modernizado a pasos agigantados en años recientes, luciendo un aspecto y prestando un servicio encomiables. Cada visita a la capital española en años cercanos me permitió constatar cómo se ampliaba su telaraña añadiéndosele nuevas terminales, eficientando sus trayectos, acercamientos y servicios prestados, agregando nuevas estaciones, acrecentando así el nomenclátor e, inclusive en ello, recuperando nombres interesantes en la historia de España para nombrar paraderos como los de Diego de León, Eugenia de Montijo o Alfonso XIII. Y recuerdo su vaciada advertencia de no meter el pie entre vagón y andador. Cierto es que tal modernización y conveniente ampliación ha correspondido en mucho con las pretensiones olímpicas madrileñas; pero amén de ello, el de Madrid se ha convertido en unos de los metros más eficientes y grandes del mundo, pese a la huelga que lo ensombrece por razones de sueldos y no de desempeño, eficiencia o de deterioro, que sí sería el caso del metro de la Ciudad de México.
Mientras el gobierno federal mexicano ponía el dinero, dinero de todo el país, el metro capitalino creció. Los habitantes de la capital de México gozaron de una ampliación considerable de aquel sin mirar el origen de los recursos, pues para eso se era la capital ¡faltaba más! Cuando les ha tocado a tales ciudadanos costearse su construcción, adivine…solo han adelantado dos líneas en dos décadas y eso con arduos trabajos e ineficiencias en los tiempos de entrega. Peor se la pongo: las últimas dos administraciones de la capital mexicana han optado por mejor construir segundos pisos a arterias como el Periférico, desestimando la urgente necesidad de aumentar las líneas del metro, inconcluso en muchos tramos y muy incompleto e ineficaz en otros. Hay que reconocer tres cosas que no hablan bien de los gobiernos de izquierda de la capital mexicana. Primera: el metro no te lleva a las puertas de todos los sititos importantes de la ciudad, como sí sucede en otras megalópolis. Segunda: inconcluso, se torna insuficiente y destacadamente inútil cuando se trata resolver traslados o sortear las conexiones faraónicas que no aligeran el tiempo de transportación de los usuarios. En muchos casos de tan largas, cabría una estación intermedia. Y tercera: es un metro inexcusablemente avejentado y deteriorado, pues además de carecer de recursos suficientes y apelar a subsidios, su sindicato se lo comió y su sobreexplotación a falta de más rutas, lo carcome y lo ha colapsado, aunado todo esto a la incultura urbana y a la complacencia de la autoridad. Si no reconocemos todo eso, no avanzaremos frente a su deterioro acelerado y no crecerá ni mejorará.
El gobierno de la Ciudad de México encabezado hace 15 años por la izquierda, se regodea diciendo que a cambio, se ha preocupado por instalar sistemas de autobuses modernos (abarrotados todo el tiempo), los cuales para circular bloquean carriles, giros y cruceros lógicos, obligando a los conductores a dirigirse a otros entronques para dar una simple vuelta en “u”. Eso entorpece sobremanera el tránsito en vez de favorecerlo. Y por si faltara, al no ampliar la red del metro dejando así a tres cuartos de ciudad sin cubrirla –una mancha urbana acaso la tercera del orbe– y sin conexiones coherentes, aumenta el uso del automóvil. ¿La razón? porque al no cubrir más rutas, muchos automovilistas prescinden de él por no resolverles sus necesidades de transportación más elementales, lo cual me permite sostener: ¡eso no puede llamarse eficacia en la transportación ni pública ni privada!
Es frustrante observar la cartela del metro londinense marcando la modernidad en servicios en cada una de sus múltiples y bien colocadas estaciones, frente al metro deficiente de la capital mexicana, vetusto, descompuesto cuando llueve o utilizando boletitos de cartón modelo 1969, al tiempo que obliga ya a usar solo tarjetas electrónicas en su nueva línea 12, realizada sin satisfacer otras más apremiantes, y sin decidirse por adoptar al completo uno u otro sistema de ingreso. Como el metro no nos lo resuelve a millones, pasamos de él. No hay que buscarle tres pies al gato: la respuesta es evidente para todos. Claro, hay que cambiar la mentalidad y ver en el metro a un amigo si queremos realmente agrandarlo. Conozco gente muy “finulis” que al metro ni loca. No los culpo. Ellos saben quiénes son. Y nos falta tanto por cambiar y mejorar…
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