Juan José Laborda | Viernes 11 de enero de 2013
Unos 30 curas y frailes vascos se han reunido para convocar a sus feligreses, y a los que no son también, a una manifestación en Bilbao, el sábado 12 de enero, convocada por el “Colectivo Herrira”, a favor de los presos de ETA. “Herrira” significa “Al pueblo”, y ese grupo o colectivo está integrado por representantes de los partidos radicales “abertzales”, y los de “Eusko Alkartasuna” y de “Ezker Batua”, la “Izquierda (¿?) Unida” del País Vasco.
Esos clérigos vascos, además de dar las explicaciones necesarias para acudir a esa manifestación, se han dirigido, desde la catedral del Buen Pastor de San Sebastián, a su también Buen Rebaño para elevarlo hacia consideraciones del más alto contenido pastoral, e incluso, teológico.
La manifestación pretende lograr la “amnistía” y “la paz política” para los condenados por delitos terroristas. Y para que no quepa duda de que esos delitos son muy distintos que cualquier otro cometido por delincuentes (especialmente si se trata de “patriotas vascos”), estos predicadores de la Verdad han escrito unos lemas apropiados con su condición de ministros proféticos y carismáticos.
Uno de ellos dice o reza lo siguiente: “He sido enviado a liberar a los presos” (se supone que Jesús). Otro es más complejo: “Debe ser fiel (la Iglesia) a quién anunció y practicó con hechos y palabras la libertad de los cautivos, de los pobres y oprimidos.”
Ese colectivo “Herrira”, convocante de esa manifestación o peregrinación del sábado, el pasado mes de agosto se dio a conocer defendiendo la libertad de Josu Uribeetxebarria Bolinaga, uno de los que mantuvieron secuestrado al señor Ortega Lara durante ¡año y medio!, en condiciones que todos recordamos (incluyendo como es natural a esos beneméritos clérigos). Desde luego, se pedía la excarcelación de esa persona condenada, porque ésta se encontraba enferma; pero el colectivo “Herrira”, y los frailes y curas que se identifican con él, lo hubieran hecho igualmente si no padeciese enfermedad alguna, visto que lo están haciendo ahora a favor de todo el “colectivo de presos vascos”. La caridad “todo lo excusa”, como bien dijo San Pablo, y esa cualidad virtuosa debe mover el corazón de esos fervientes católicos que hablaron de caridad en la catedral de San Sebastián.
No es previsible que la Iglesia Católica, como autoridad institucional, haga mucho más que manifestar que esa iniciativa no cuenta con la identificación de los obispos ordinarios de Bilbao (dónde se hará la manifestación), San Sebastián y Vitoria, y menos, con sus bendiciones. La Iglesia, como el Gobierno vasco actual, no secunda una iniciativa que no deja de ser oportunista y poco práctica, como ha declarado el portavoz del lehendakari Urkullu. Probablemente no se pasará de ahí.
La acción de esos 30 clérigos vascos podrá ser justificada señalando que esa es una muestra de la pluralidad existente en la Iglesia. Sin embargo, ese argumento encuentra algún inconveniente, dada la manera que ejerce la autoridad la Iglesia Católica. La pluralidad no cabe en una organización establecida por los Apóstoles, y que tiene la jerarquía propia de un poder Único y consagrado por lo más Alto. Gracias a esa unidad y a esa jerarquía, la Iglesia a la que pertenecen esos 30 eclesiásticos, no ha caído en la atomización de esas otras confesiones cristianas, que establecen una relación directa entre el creyente y Dios.
Visto de otra manera, la pluralidad católica se puede mantener mientras sea tolerante con la diversidad política, mientras esa política –eso sí- no se sitúe en contra de la acción de la Iglesia, sea pastoral o de cualquier otra naturaleza. ¡Es de celebrar, por eso, que Izquierda Unida, los antiguos comunistas, marchen junto a esos sacerdotes y frailes vascos!
Esa sabia distinción entre dogmatica y tolerancia, ya se dio cuando los obispos suscribieron la “Carta colectiva (¡les motiva mucho el término “colectivo”!) de los obispos españoles a los obispos de todo el mundo con motivo de la guerra de España.” Esa carta la redactó el arzobispo Isidro Gomá, al año de iniciarse la Guerra Civil de 1936-1939, y en ella se calificó, o se bautizó, de “Cruzada” aquella confrontación bélica.
Isidro Gomá y Enrique Plá y Daniel, aunque eran catalanes, fueron sus paladines, mientras el arzobispo de Tarragona, Vidal y Barraquer, y los obispos vascos, Mateo Múgica (de Vitoria) y Javier Irastorza (de Orihuela), se negaron a firmar la “Carta colectiva”. Aquella fue una muestra de pluralismo. También de tolerancia: los obispos discrepantes no tuvieron después dificultad alguna en la Iglesia, y en gran medida, tampoco con el régimen que acabó denominándose con el signo de la Cruzada.
La jerarquía eclesiástica no ceja en condenar cuantas acciones van en contra de la vida humana, incluyendo la interrupción legal del embarazo de las mujeres. No se produjo esa misma contundencia con ocasión de la guerra civil, o cuando se pide ahora caridad para los condenados por dar muerte a los que pensaban de modo diferente al suyo. Esto no parece comprensible desde una lógica formal democrática. Pero teniendo en cuenta que la Iglesia -y sólo ella- considera que la justicia deberá tener en cuenta la imperfección humana, y también, el perdón de los errores, las manifestaciones de esos 30 clérigos vascos las asumirá sin demasiados reparos morales.