Opinión

LA PRIMERA GUERRA MODERNA

Alfonso Cuenca Miranda | Sábado 12 de enero de 2013
El estreno en Estados Unidos –inminente en nuestro país- del que a todas luces se convertirá en el largometraje estelar de la temporada, Lincoln, ha vuelto a poner de moda un conflicto, muchas veces olvidado en una Europa acostumbrada a ser campo de innumerables batallas, pero cuyas consecuencias para la historia mundial fueron trascendentales: la guerra civil o de secesión americana. Una guerra que suele disputarse con la de Crimea (1854-1856) el dudoso honor de erigirse como el primer conflicto bélico moderno, inaugurador de las terribles masacres y la amplia devastación que habrían de seguirle en los siguientes cien años.

La esclavitud y su abolición o preservación ocupó ciertamente un lugar central entre sus causas y entre los objetivos a conseguir con la victoria por ambos bandos (así se comprueba en muchas de las cartas enviadas por los soldados desde el frente), lo que confiere un carácter moral a este enfrentamiento que lo distingue de otros. Con todo, no cabe sobredimensionar este elemento, como prueba el hecho de que la célebre abolición de la esclavitud por Lincoln en el ecuador de la guerra, de la que hace breves días se cumplían ciento cincuenta años, no alcanzó a los cuatro Estados en donde ésta existía alineados con el Norte. Más allá de lo apuntado, la guerra fue una guerra eminentemente territorial, con una clara división geográfica entre los contendientes, rara vez observada en otros conflictos. Aunque no puede hablarse en un sentido moderno de una guerra ideológica, sí que se opusieron dos modos distintos de vida y, en un sentido más específico, dos modelos económicos. Bien puede afirmarse que se trató de una lucha por redefinir el delicado equilibrio de poder entre territorios pactado en 1776 y, posteriormente, en 1787 con la aprobación de la Constitución Federal. La victoria del Norte redefine efectivamente ese equilibrio en favor del mismo. Baste un dato: no volverá a haber un Presidente del Sur hasta Woodrow Wilson, y desde éste hasta Johnson (Texas) y Carter (Georgia) no ha habido más sureños en la Casa Blanca. Ello contrasta con el claro predominio sureño en la presidencia anterior a la guerra. Si la vieja Virginia había dado 6 de los 10 primeros Presidentes, la pujante industrial Ohio dará 6 de los 10 siguientes a la guerra.

Un dato que en ocasiones suele pasar inadvertido en Europa es que fue una guerra que frente a lo que suele afirmarse pudo haber tenido otro resultado (cuestión distinta es la relativa a la viabilidad futura de una Confederación como ente independiente y aglutinador de los estados del Sur). De hecho fue un conflicto cambiante, con dos frentes principales (Este y Oeste) de grandes dimensiones. El punto de inflexión a favor del Norte se produjo a raíz de las victorias (en cada uno de dichos frentes) de Gettysburg y Vicksburg, separadas por solo un día (3 y 4 de julio de 1863). Pero incluso tras este auténtico Kursk, el Sur resistió más de lo que podría pensarse en un principio a múltiples ofensivas durante más de año y medio.

Brillaron con luz propia grandes generales. En el Sur, la figura de Robert E. Lee adquirió (ya en vida) tintes legendarios. Encarnación del caballero sureño, a pesar de que él mismo no era partidario de la esclavitud, sus dotes tácticas llevaron a la Confederación a las resonantes victorias de Bull Run (en dos ocasiones), Fredericksburg y Chancellorsville, tras brillantes maniobras ante ejércitos norteños que sobrepasaban con creces el número de tropas meridionales. También puede destacarse en el bando perdedor a “Stonewall” Jackson, cuya muerte prematura privó a Lee de su general ofensivo más dotado. En el Norte cabe citar en primer término a Grant, cuya decisión el implacabilidad le granjearon bien pronto el favor de Lincoln. Pero, sin duda, el militar más brillante en la causa de la Unión fue William T. Shermann, hasta el punto de que un señalado historiador castrense como Liddell Hart lo sitúa entre los conductores de tropas más grandes de la historia, a la altura de Escipión, Bonaparte o Rommel. Precursor de la guerra relámpago su marcha hacia el mar (Savannah) es estudiada aún en las escuelas militares. Ideólogo y ejecutor de la guerra total, sufrida en sus campos por Georgia y las dos Carolinas, su nombre ha provocado hasta hace poco un estremecimiento según dónde se pronunciara, tal y como queda reflejado en varias de las obras de Faulkner.

Como ya se ha dicho, la guerra civil americana es quizás la primera guerra de corte moderno, como da fe el número de bajas totales, el mayor de la historia americana en un conflicto con terribles batallas como las de Shiloh, Gettysburg y Antietam, ostentando esta última el triste record del mayor número de muertes estadounidenses en un solo día en los más de 200 años de existencia de la joven nación (más que en las habidas en las playas de Utah y Omaha en el día D). El empleo masivo de la artillería y el desarrollo de fusiles de mayor alcance y precisión elevaron exponencialmente el número de bajas respecto a otros conflictos anteriores. Pero además se trató de una guerra moderna por otros factores, cabiendo citar, entre otros, el primer enfrentamiento entre acorazados de la historia, la utilización por vez primera de un rudimentario submarino, la generalización de la fotografía bélica o el desarrollo de la enfermería de guerra a cargo de mujeres (la contribución de éstas en el esfuerzo bélico anticipó lo que habría de venir en el siglo XX).

La guerra concluye (si bien subsistieron diversos focos de resistencia, no siendo oficialmente declarado el fin de la contienda sino en agosto de 1866 por el Presidente Andrew Johnson) con dos escenas en abril de 1965: una caballeresca, con el encuentro en Appomattox entre Grant y Lee, y otra villana y trágica, el asesinato de Lincoln, auténtico gigante histórico, cuya supervivencia seguramente hubiera cambiado el devenir del país-continente.

Quedaba un largo camino para lograr cerrar las heridas abiertas. Por una parte, la subsiguiente Reconstrucción, con la imposición de los dictados norteños, es todavía contemplada en el Sur como una auténtica afrenta en el imaginario colectivo. De otra, el Sur mantendría todavía por mucho tiempo la segregación y la marginación de la colectividad afroamericana, eludiendo (como por ejemplo con las famosas leyes Jim Crow) lo establecido en la reformada Constitución federal. No sería sino con ocasión de otros dos conflictos (la Primera, pero, sobre todo, la segunda Guerra Mundial) cuando comenzara la reconciliación de los dos antiguos contendientes. Pero solamente con el fin de la odiosa exclusión de la minoría negra en la llamada lucha por los derechos civiles en los cincuenta y sesenta del pasado siglo pudo cerrarse un capítulo trágico (toda guerra civil lo es en grado sumo) de la historia norteamericana.