CRÍTICA
Domingo 13 de enero de 2013
Fernando Molina Aparicio: Mario Onaindia (1948-2003). Biografía patria. Presentación de Patxi López. Preámbulo de Juan Pablo Fusi. Biblioteca Nueva. Madrid, 2012. 352 páginas. 22 €
Como solía repetir Ortega, la vida humana no es una realidad exclusiva o principalmente biológica sino que tiene naturaleza histórica. Vivir es hacer historia y asistir a la historia, por eso el formato biográfico es irrenunciable a la hora de explicar, de desentrañar el sentido de la vida. La de uno y la de cualquiera. La razón de una vida es razón narrativa, y esto vale tanto para la vida individual como para la vida social colectiva. De hecho, una y otra están entrelazadas como, por usar un ejemplo biológico, se hayan anudadas entre sí, fatalmente, las dos cadenas que conforman cualquier cadena de ADN. Por eso, cuando leemos o imaginamos la historia de un país o de una época no debemos olvidar que observamos un tapiz cuyos hilos corresponden a un gran numero de vidas individuales, de historias personales. Bien es verdad que cuando se adopta una perspectiva historiográfica o sociológica el impacto de muchas de esas vidas puede parecer inapreciable, aunque no por ello sea menos real. En cambio, existen ciertos hilos biográficos que, por una razón u otra, resaltan sobre los demás ayudando a visualizar el devenir de una sociedad o de un colectivo. Así sucede con la biografía de Mario Onaindia: ni más ni menos el relato de una vida particular que, además de incardinarse en una historia colectiva, contribuye poderosamente al conocimiento y comprensión de dicha historia.
Mario Onaindia, nacido en Bilbao en 1948 y desaparecido en 2003, fue un personaje principal en el devenir de la vida política del País Vasco a través de la segunda mitad del siglo XX. Onaindia, nacido en el seno de una familia de hondo sentir nacionalista, bien pudo haberse ordenado sacerdote gracias a sus años de seminarista, aunque se afilió muy tempranamente al PNV para pasar poco tiempo después a integrarse en ETA. Por ese motivo en diciembre de 1970 fue juzgado y condenado a muerte en el célebre Juicio de Burgos, lo que le valió ocho años de reclusión de la que acabó librándose gracias a una amnistía facilitada por la muerte de Franco. Continúo militando en ETA y cuando se produjo su principal escisión, la de 1973, optó por seguir la senda de los “polis-milis”, facción que (por contraposición a la de ETA-militar) abogaría por priorizar la “lucha política” sobre al terrorismo, aunque sin renunciar a su práctica.
No obstante, al poco tiempo de abandonar la cárcel, Onaindia ayudaría a fundar Euskadiko Ezkerra ('Izquierda de Euskadi', EE), primero coalición de partidos de la izquierda vasca y luego partido político, desde cuya secretaria general comenzaría a cuestionar la violencia etarra, ayudando más tarde a negociar el proceso de disolución y reinserción de la facción VII de ETA-pm que tuvo lugar en 1982. Desde dos años antes Onaindia comenzó a ocupar puestos de representación en el Parlamento vasco y el Senado y en 1993 favoreció activamente la integración de Euskadiko Ezkerra en el Partido Socialista de Euskadi (PSE-PSOE), lo que le permitió volver al Senado en 1996 y ocupar la presidencia del PSE-EE de Álava hasta el mismo año de su muerte.
Los detalles de tan interesante trayectoria política aparecen recogidos en la obra que ahora reseñamos. No obstante, es preciso advertir que la Biografía patria preparada con esmero por Fernando Molina (profesor de Historia e investigador de la Universidad del País Vasco) no es tanto un relato biográfico sin más aditivos como una biografía intelectual. Ello ha sido posible porque, además de militar en varias causas, organizaciones y partidos, el biografiado desarrolló una intensa vocación intelectual sin cuyo examen no es posible entender ni los aspectos más prácticos de su vida ni sus múltiples militancias ni los conflictos ideológicos subyacentes a la problemática vasca de la que ETA y el nacionalismo forman parte. Las reflexiones e ideas políticas de Onaindia, reflejadas en sus discursos y en su producción literaria y ensayística, constituyen la referencia básica y el centro de gravedad de este libro, un texto aleccionador en varios sentidos.
Según plantea el propio autor en sus páginas iniciales, y por razones obvias, el nacionalismo fue la obsesión intelectual (y moral) de Onaindia durante toda su vida, una obsesión derivada de la necesidad de dar sentido a sus actos y decisiones de cada etapa, tanto como a las circunstancias en las que se desplegaron aquéllas. La consecuencia de esa insistencia en repensar la nación vasca y el fenómeno nacionalista a la luz de nuevos conocimientos y acontecimientos fue la evolución intelectual de un hombre que comenzó alimentando la violencia etarra y el sectarismo nacionalista y acabó dedicando la segunda parte de su vida a impugnarlos con una sagacidad y valentía poco corrientes. El relato y la sustancia de esa progresión, de semejante “aprendizaje de la democracia”, están perfectamente expuestos en esta obra.
Por Luis de la Corte Ibáñez