RESEÑA
Domingo 13 de enero de 2013
Nagai Kafu: Una extraña historia al este del río. Introducción de Carlos Rubio. Traducción de Rumi Sato. Satori. Gijón 2012. 312 páginas. 23 €
En su introducción a Una extraña historia al este del río, Carlos Rubio define a su autor, Nagai Kafu, como el más libertino de los escritores japoneses, aunque luego prefiere llamarlo “el mejor escritor de los libertinos japoneses”. Los japoneses tienen una amplia tradición de escritores libertinos. En época antigua y en época moderna, hasta finales del siglo XX, con Osamu Dazai o incluso Tanizaki. En la actualidad, la literatura nipona ha perdido ese nervio que brotes tan fuertes e interesantes ha dado, y se mueve en un terreno más insulso, más domesticado. ¿Pero qué es exactamente un escritor japonés libertino?
En Japón el principal modelo de hombre de letras es el bunjin. Un auténtico bunjin desprecia las convenciones y su vida gira en torno a solo dos valores absolutos: la literatura y el placer. Pero no el placer entendido a la occidental, como la proyección de una fantasía árabe (o en tiempos actuales una fantasía ruso-romano-norteamericana con jet incluido), sino como la entrega a los sentidos que resulta del abandono de la seriedad. Para un bunjin, en esta vida no haya nada serio, nada transcendente, porque este mundo es un mundo flotante, en el que el escritor vuela o deriva como un pétalo llevado por el viento o la corriente. Y no hay mayor placer sensorial que la mujer, a menudo regado con abundante sake. Ni mujer más placentera que la que hace del placer su profesión.
El bunjin va tras la gloria de las letras, si bien ignora o desprecia la sociedad que se la ofrece, y tras el placer oscuro y asocial, aunque a veces encuentre en ese placer oscuro la rama y la flor del amor puro, el loto que nace en la charca de aguas corrompidas, la margarita de las orillas del albañal. Nagai Kafu fue un auténtico bunjin y, al igual que Cervantes debatió el valor de las armas o las letras, este japonés argumenta soterradamente en su obra sobre el valor de las letras y del placer. Con la misma intensidad y la misma transcendencia, porque un bunjin cree en pocas cosas, pero en las que cree, cree de verdad, hasta la muerte.
A su obra se le han adjudicado tres influencias principales: la literatura de Edo y los clásicos chinos, las mujeres del shitamachi, “los barrios bajos” (otro concepto necesario para degustar sus historias y entender su vida), y la literatura francesa, sobre todo el naturalismo y el primer simbolismo. Fue viajero por los Estados Unidos (donde pensó quedarse a vivir para regentar un burdel con su novia americana) y Francia, y en 1908 volvió a Japón para asaltar la gloria y entregarse al placer de los callejones de atrás. Obtuvo una cosa y otra. Y escribió una obra sutil, muy japonesa en su estructura, mucho menos francesa de lo que él mismo proclamaba, y humana, tremendamente humana, porque el autor se desliza de soslayo en su obra, que siempre es oblicuamente autobiográfica.
En la primera de los dos historias que componen el libro, “Durante las lluvias”, un escritor álter ego del autor juega con una prostituta a la que ama sin saberlo, en un juego de adolescentes adultos crueles, vanidosos y apasionados. El protagonista masculino, crudo en la sinceridad de sus acciones, se ve eclipsado por la figura de Kimie, una mujer insegura, banal y contradictoria, pero con una psicología compleja y extremadamente real. Pero es la segunda historia, “Una extraña historia al este del río” la que brilla de forma especial. Se trata de un “cuento de autor”, que mezcla autobiografía, metaliteratura, fragmentarismo y esa melancolía dulce que define la obra de un auténtico bunjin. Una obra necesaria para conocer la interioridad de la mente de un escritor, y para comprender y degustar toda una tradición literaria: la de los escritores libertinos.
Por José Pazó Espinosa
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