Opinión

Banderas de conveniencia fiscal

Demetrio Castro | Domingo 13 de enero de 2013
La decisión de Gérard Depardieu de avecindarse fiscalmente en Bélgica huyendo de la voracidad confiscatoria de la Hacienda de su país incrementada aun más por el gobierno socialista, no podía dejar de despertar, en un primer momento, comprensión y hasta simpatía. Lo que ha venido pasando después, ya no tanto. No es sólo que se siga paseando por Paris y frecuentando las terrazas de sus bares, sino la estupefactiva aceptación de la nacionalidad rusa, como bandera de conveniencia, en medio de alabanzas a la gestión de Putin adjetivándola de democrática, suscitado a partes iguales la indignación y la hilaridad. Para llevar las cosas al campo de lo grotesco otra estrella del firmamento cinematográfico francés, ésta ya una estrella fría o en extinción por lo mucho que hace que alcanzó su máximo esplendor, Brigitte Bardot, ha anunciado también su disposición a adoptar la nacionalidad rusa y exiliarse. En su caso, lo que la motiva es su desaforado activismo a favor de los animales, excitado por la decisión judicial de autorizar el sacrificio de dos elefantes tuberculosos del zoo de Lyon por el riesgo de contagio que suponen. Demostrando que toda extremosidad encierra su propia desautorización, no sólo ha dicho que Francia es un gigantesco cementerio de animales, sino que Putin hace por ellos más que todos los presidentes de la Quinta República juntos, y que, a diferencia de éstos, nunca le ha negado nada de cuanto le ha pedido. Su candor político posiblemente le impida ver que eso es lo que suelen hacer los dictadores, atraerse tontos útiles, cuanto más famosos mejor, para blanquear su imagen y que es insultante hablar de la supuesta ejecutoria animalista de quien nunca ha dejado de ser un apparatchik del KGB cuando tan en cuestión está la relativa a los derechos de los seres humanos a los que gobierna.

Este giro del asunto junto al inextirpable prejuicio, es decir, la convicción inconcusa sin prueba racional, de que todo acaudalado lo es por inmoral y a consta de otros y merece por tanto las penas del peor infierno fiscal, está eclipsando la cuestión de fondo que el caso Depardieu plantea. Es verdad que olvida que sus millonarios cachets, y los de un puñado de actores franceses, se deben en gran parte al parasitismo de la industria cinematográfica francesa que en aras de la “excepción cultural” vive de las subvenciones nutridas con los impuestos confiscatorios a las películas extranjeras de éxito, pero algo de razón le asiste cuando invoca lo modesto de sus orígenes y que su patrimonio no tiene otra procedencia que su talento y su trabajo, además de lo irrazonable de la tributación que se impone a ingresos como los suyos. No hay por qué dudar de su sinceridad cuando proclama su amor a Francia y su devoción a su cultura, en especial a sus mejores escritores y artistas. Ni tampoco de que la subyugación fiscal ilimitada puede quebrar esas lealtades y adhesiones.

Lentamente la presión fiscal ha ido socavando desde hace años algunos pilares de la sociedad francesa y pueden estar empezando a verse los efectos. Sostener una administración ingente y un sector público imponente se hace a consta de gravar a todos los sectores sociales, y en especial las clases medias altas, donde se compaginan rentas del trabajo y del capital, porque los grandes patrimonios no son suficientes para tanto por mucho que se les exprima, y por eso en tales sectores ha empezado a advertirse un movimiento de exilio fiscal que no es simplemente esporádico. Empresarios y profesionales, en especial jóvenes, se van a Bélgica o Suiza y también a EEUU, Brasil o Asia, pocos con intención de volver. Faltan cifras o estimaciones fiables, más allá de los indicios que ofrecen los bufetes especializados en trámites de cierres de empresas y deslocalizaciones, pero lo que hace pocos años eran centenares ha podido pasar de los 5.000 casos en los últimos meses de 2012. Y lo importante, con serlo, quizá no sean las cifras, sino que quienes huyen de una fiscalidad hostil que disuade y frena son los individuos más activos y mejor preparados. Por eso alguien ha comparado ese flujo con los efectos de la revocación del edicto de Nantes a fines del siglo XVII, que privó a Francia, en beneficio de sus competidores, de grupos humanos emprendedores y dinámicos, impulsores de la economía moderna. Lo cierto es que el marco fiscal voraz, cambiante e inquisitivo no puede favorecer a la larga la prosperidad. Un reciente estudio de PricewaterhouseCoopers situaba a Francia en uno de los últimos lugares del mundo en cuanto a alicientes fiscales para las empresas, y cabe preguntarse si las otras ventajas de su economía podrán a la larga compensar ese lastre.

Más allá de esa cuestión que los economistas podrán discutir, el fenómeno social de la búsqueda de banderas de conveniencia, que implica una ruptura afectiva con el propio país y una quiebra de lealtades, ya ha empezado entre quienes pueden plantearse esa opción. La poca base empírica que tiene la teoría de los movimientos sociales ha señalado siempre cómo el descontento fiscal figura en la raíz de grandes trasformaciones, y la historia de Francia proporciona buenos ejemplos. Por eso el caso Depardieu no es una muestra de insolidaridad y egoísmo provocativo, sino tal vez indicio aparatoso de algo en gestación.