Opinión

La corrupción y los papeles temáticos

Lunes 14 de enero de 2013
Todos hemos estudiado lengua, lo que significa que, en casi todos los casos, la hemos odiado. La lengua es un ente contradictorio: la amamos, la veneramos, la ignoramos, nos sentimos orgullosos de ella y la despreciamos, porque por debajo de esas palabras, ideas y sentimientos hay un sistema frío, extrañamente formal y en ocasiones irreductible a nuestros deseos. Que en ocasiones, nos lleva a cometer “errores”. Y además, para colmo, los gramáticos se empeñan en usar con los asuntos gramaticales una terminología todo menos cálida o sugerente: objeto, sujeto, predicado, clítico, estructura profunda, estructura superficial, núcleo, fase... Los gramáticos, a veces, se empeñan en cultivar el horror con la lengua; y algunos, como buenos inquisidores, gustan de sembrar el terror. Hoy, a pesar de todo ello, voy a hablar de uno de esos conceptos, los amables, simpáticos y atinados en estos tiempos de crisis y corrupciones, papeles temáticos.

Los papeles temáticos son muy importantes para la política española actual, aunque no lo sepa mucha gente todavía. Un papel temático es una nomenclatura que se usa en gramática para definir las funciones semánticas de la oración. Por ejemplo, en la oración, “Yo como fruta”, hay un sujeto, “yo”, y un objeto directo, “fruta”. “Yo”, además de sujeto es agente, y fruta, además de objeto es tema. Agente y tema son papeles temáticos. El papel temático de agente está bastante claro, y casi todos los verbos lo definen. En “yo corro”, por ejemplo, aunque sea un verbo intransitivo “yo” sigue siendo agente. “Fruta” es el objeto sobre el que recae la acción del verbo, el tema. Luego hay existe también el papel de “beneficiario”. En “Yo doy un libro a mi hermano”, “mi hermano” es beneficiario, ya que el tema acaba en él.

Lo interesante es que la corrupción se rige por similares principios semánticos a los de la lengua. Siempre hay un agente, un tema y un beneficiario. Por ejemplo, si digo, “Yo prevarico”, estamos ante un verbo intransitivo, sin objeto directo y sin tema por tanto, pero con un agente claro, el sujeto, yo. En “El alcalde de ese pueblo prevaricó”, hay un claro agente, “el alcalde del pueblo”. Pero también puede haber tema, como por ejemplo en “El diputado perdió tres ipads en un mes”, en el que el diputado es el agente y “tres ipads” el tema. Podemos dar muchos ejemplos de este tipo: “El consejero exministro se puso un sueldo de 540.000 euros al año”, en el que “el consejero ex-ministro” es el agente y “un sueldo de 540.000 euros al año es el tema. Este ejemplo es interesante ya que, cuando el sujeto y el tema coinciden, damos con la reflexividad. Por ejemplo, “Yo me subvenciono”, (pongamos que soy el consejero de cultura de alguna comunidad autónoma). Hay casos de pseudo reflexividad como “Yo subvenciono a mi cuñado”, donde “mi cuñado” no soy “yo”, pero hay un “mi” cuando menos sospechoso. Pero es que incluso puede haber tema y beneficiario, como por ejemplo en “El alcalde de Orense dio 110 contratos a parientes y amigos”, en donde “el alcalde de Orense” es el agente, “110 contratos” es el tema, y “a parientes y amigos” es el beneficiario.
Alguien podría decir que también hay diferencias entre la corrupción y los papeles temáticos de la lengua, y parece razonable afirmarlo así. Exploremos la idea. Por ejemplo, en la corrupción, el agente se tiende a ocultar. De hecho, la esencia de la corrupción es la ocultación de los agentes. Es muy difícil que yo, si de repente me despierto expresidente de una comunidad autónoma diga algo como “Yo tengo una cuenta en Suiza” en la que “yo” sería el agente.

Lo normal es que, o lo negara “Yo no tengo una cuenta en Suiza” (en la que “yo” sigue siendo el agente pero el predicado está negado), o buscara otras formas de eliminar el agente, como en “Alguien (con quien no tengo nada que ver) tiene una cuenta en Suiza”, o en “Hay cuentas en Suiza (que no tienen nada que ver conmigo)”. Pero estos mecanismos de ocultación eliminación del agente también existen en la lengua, y están muy relacionados con lo que se llama “inacusatividad”. Una construcción inacusativa es aquella en la que no hay agente y el verbo pone como sujeto al tema, que normalmente ocuparía la posición de objeto directo. Por ejemplo, “El espía surgió del frío” en donde “el espía” es sujeto y parece agente, pero en realidad no lo es, él surgió aunque sin voluntad propia, apareció, cayó del cielo. Así, puedo decir cosas ante un juez como “Este dinero de mi cuenta surgió no sé de dónde”, o mejor aún “No sé de dónde han surgido estas tres casas que están a nombre de mi mujer”, donde “este dinero” o “estas tres casas” son sujeto pero no agente. Inacusatividad, ¿lo cogen? In-acusatividad, que no puede ser acusado… Y es terminología gramatical, no jurídica, aunque les extrañe.

En fin, que en este 2013, una determinación del pueblo español (si es que todavía existe eso) bien puede ser el estudio de la gramática y, en concreto, de los papeles temáticos. Que vaya tomando nota el ministro de cultura. Para cuando se decida (un “se” algo inacusativo) a pasar de nuevo la ley de educación por el cirujano. Del cirujano estético, claro está.

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