Víctor Morales Lezcano | Miércoles 16 de enero de 2013
Para poder ver con cierta claridad el recorrido hecho por Egipto entre el 25 de enero y el 11 de febrero de 2011, no sería inoportuno recordar aquí la permanencia de ciertos rasgos históricos, caracterizadores de aquel país. Veamos, por lo pronto, los que se apuntan a continuación.
Anuar Abdel Malek, politólogo de oficio en varias universidades europeas y árabes, fue un referente bibliográfico muy respetado en los años 70 y 80 del siglo XX. Su concepción de la sociedad egipcia moderna en cuanto formación social árabe con marcado acento burocrático y militar podría remontarse -según él- a la época de Mehmet Alí, gobernador de Egipto entre 1805 y 1848 dentro del marco del imperio turco-otomano. Como en tantas otras sociedades históricamente delineadas, los cambios de calado profundo, por no hablar por enésima vez de revoluciones, vendrían inducidos en Egipto desde el poder sultaní -como ocurrió en el período de Mehmet Alí-, o desde la cúpula militar -como acaeció con el tour de forcé que imprimieron al país los oficiales libres de la Academia militar de El Cairo entre 1952-1954-. Los tres presidentes de la República egipcia que han precedido a Mohamed Morsi (Nasser, Sadat y Mubarak) han cambiado el tributo verbal a un Estado garante de derechos y libertades ciudadanas por un autoritarismo político de pura raíz castrense. La represión implacable que sufrieron la izquierda y el Islam políticos durante sesenta años habla por sí sola de la objetividad de la constatación anterior. Ello fue así entre 1952-2011, a pesar de que se redactaron dos constituciones (1956 y 1971), a las que, formalmente, no se les podía hacer objeciones, desde el ángulo jurídico y democrático.
Sin embargo, el ejercicio real de la democracia ha estado en jaque en Egipto durante sesenta años, por ceñirnos al tramo histórico contemporáneo; decenios de más inclinación arabizante que farónica y otomana. Como Thomas L. Friedman ha comentado en alguna ocasión, Egipto sufre de dos depredadores sistemáticos, visibles a lo largo de su historia moderna. Éstos llevan por nombre la pobreza y el analfabetismo. Y añade Friedman que, por ejemplo, luego de treinta años de régimen mubaraquista, el país había recibido en torno a 50 billones de dólares en términos de ayuda financiera, y, sin embargo, un 33 % de hombres y un 56 % de mujeres son todavía analfabetos en el país del Nilo. ¿No será ello indicio de la pervivencia de unas estructuras acorazadas que no han sido laminadas hasta la hora presente?
Nos encontramos, por tanto, ante una sociedad aprisionada en sus estructuras burocrático-militares. Ello salta a la vista, haciendo abstracción de la incidencia que entre 1867 (al inaugurarse el canal de Suez) y 1967 (al producirse la derrota militar del panarabismo -liderado, entonces, por Nasser- a manos del ejército israelí) ha condicionado el proceso egipcio de endeudamiento generalizado de sus arcas, que actualmente alcanza cifras astronómicas. De toda esta etapa de la historia de Egipto, a propósito, saben bastante algunos historiadores británicos -Vatikiotis y R. Owen, entre otros-.
Para el historiador y, malgré lui, analista, Steven A. Cook, la versión egipcia de la primavera árabe sería una reedición de la revolución de los coroneles que tuvo lugar entre 1952-1954. Los tres elementos-clave, las tres sustancias permanentes del país profundo, estarían presentes desde el principio de la modernidad en el Egipto del siglo XX: el ejército y la burocracia; el Islam político de los Hermanos Musulmanes y correligionarios allegados; el pueblo, las gentes -y algunos de sus agentes más conspicuos-. En medio de los tres canjilones, yacería el Egipto y el tándem urbano cairota-alejandrino -magistralmente radiografiado por Lawrence Durrell en su relato de culto El Cuarteto de Alejandría-. Más lejos, aunque pesando mucho siempre, se encontraría el campesinado de una economía agraria basada en los recursos hidráulicos del río Nilo. En esta segunda edición contemporánea de la inacabada revolución moderna de Egipto, una especie de statu quo a la inversa de los anteriores se ha abierto camino: el aparato militar de la República, sostenido con largueza infinita por la administración estadounidense desde 1948, ha terminado por aceptar el hecho consumado del triunfo ¿modesto? del Islam político en las citas electorales que se han celebrado en los dos últimos años; pero teniendo garantizado su modus vivendi y la conciencia subjetiva de que, en caso de caos social, el ejército de la república es el llamado a restablecer el equilibrio -o sea, el estancamiento- en Egipto. He aquí, tres o cuatro apuntes finales con los que rematar las impresiones a vuela pluma que ha inspirado a cientos de autores la primavera árabe en su edición nilota.
En un futuro no muy lejano, no sería inoportuno hacer un travelling sobre el escenario del Túnez actual, también a dos años vista de las rebeliones sociales que abrieron las compuertas a la crítica situación que atraviesa, por el momento, esta pionera república magrebí.
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