Viernes 18 de enero de 2013
Esta semana miles de cubanos recibieron con ansias la entrada del vigor de su nueva ley migratoria, la cual elimina gran parte de las restricciones para salir del país, como la engorrosa “tarjeta blanca”, requisito necesario para aquel ciudadano galeno que deseará cruzar la frontera.
Pese al gesto histórico del régimen de flexibilizar la movilidad de sus ciudadanos, lo cierto es que la anunciada reforma no es cristalinamente bien intencionada, dado que no todos los cubanos van a poder tener libre acceso a la llave de salida: el pasaporte. Su emisión quedará restringida para aquellas personas que supongan ser “estratégicos” para el desarrollo y los intereses de la nación como atletas, médicos, ingenieros e incluso maestros.
En resumen, la anunciada “flexibilización” no es tal, si no una “evolución” del entramado opresor del régimen de los Castro, al que se le suma el elevado coste que supone para los cubanos sacarse anhelado pasaporte, el cual ronda los 100 dólares (75 euros), en un país en donde el salario medio mensual no supera los 20 dólares ( 15 euros).
Toda una ironía que viene a añadir más matices rocambolescos a una “apertura” que no termina de llegar a la Isla. Y es que mientras los Castro y todo su politburó sigan moviendo los hilos del país, difícilmente Cuba podrá abrir los portales hacia una nueva etapa, acorde con los tiempos actuales. La gran reforma que debe anunciar La Habana es la de pasar carpetazo al pasado a los dinosaurios ideológicos y darle la bienvenida a un nuevo orden democrático.
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