Marcos Marín Amezcua | Lunes 21 de enero de 2013
El 1 de enero de 1863 entró en vigor el decreto por el cual dispuso el presidente Lincoln el final de la esclavitud, para intentar con ello ganar adeptos entre los esclavos, azuzando su revuelta en plena Guerra Civil estadounidense. Una guerra civil que bien sabemos que se libró para definir el modelo económico del país. Lo demás que se diga es romanticismo, estupendo para novelas y pelis taquilleras y lacrimógenas, multipremiadas, pero no va fielmente ajustado a la historia económica de ese país. Las cosas cómo son.
Qué oportuna nos resulta esta efeméride cuando se cumple siglo y medio de dicho acto y poco más. El domingo 20 de enero de 2013 Barack Hussein Obama ha jurado otra vez su cargo en el sobrio salón azul de la Casa Blanca y el 21, día del activista negro Martin Luther King Jr., Obama ha pronunciado su discurso de investidura por segunda ocasión, al pie del níveo Capitolio paramentado. El hawaiano de padre keniano presencia honores en una ciudad de Washington engalanada y participativa, no obstante contar con el agreste clima típico de enero en un acto otrora verificado en marzo. El hasta ahora inquilino de la Casa Blanca regresa a ella sin salir de ella. Ingresa a una residencia poco más que bicentenaria antes habitada solo por presidentes blancos, cual era el deseo natural de las élites de ese país, que se pensaron sus instituciones en minoría, en primera persona y solo para su casta. Allí está la Historia para quien quiera enterarse. A base de grandes esfuerzos y penalidades sorteando muchas mezquindades, alguien como Obama repite. Y repite para disgusto de élites conservadoras que no les ha gustado ni prometen que les guste. Al repetir sí, refleja la voz de las minorías que fueron acalladas y vejadas por siglos. Decirlo es invaluable y fastidia a muchos. Por eso lo repito.
Obama en la Casa Blanca ha implicado romper (dicho así, porque en todo lo posible y en todo ámbito tales élites no dejaban pasar, porque no cedían ni cedieron con facilidad ni lo admitieron) ha implicado, decía, eliminar las cadenas reales e ideológicas y los muchos obstáculos que sabemos, para que un ciudadano que no fuera blanco, llegara a la máxima magistratura de la república norteamericana y por los muchos que se quedaron en el camino de abrir esos cauces de derechos mínimos para todos, perdiendo la vida, asesinados inclusive, para que esos derechos no fueran solo para blancos. Obama lo ha conseguido otra vez. Enhorabuena. Reasume y repite. No le ha sido sencillo ejercer el poder en un país con tantas ataduras de su clase política, cooptada con tantos intereses de muy diverso calibre, alcance y opacidad. Si hay algo positivo es justamente que son varios poderes y todos juegan sus cartas, equilibrándose en virtud de su poderío y no por imponerse unos a otros por sí solos. Fuera, Obama es percibido como maniatado.
Y pongo el acento en su política exterior, ahora encabezada por John Kerry, a quien igual que a Hillary Clinton, no considero con la trayectoria necesaria en el ramo, pues una cosa es presidir el comité senatorial de relaciones exteriores y otra muy distinta llevar la política exterior, que en el primer cuatrienio de Barack Obama no ha sido para imponerle una medalla. Estoy cierto que al mundo no le interesa un gendarme a lo Bush, pero son inocultables los traspiés y las insuficiencias diplomáticas del gobierno Obama, limitado por la herencia cercana recibida de incursiones fallidas en Iraq y Afganistán, que nadie le pidió a su país, y en donde ni armas de destrucción masiva encontró ni un modelo a lo estadounidense han de dejar, pues aun quedándose con el petróleo iraquí, son países que al no pedir su intervención, tampoco parecen ajustarse a los lineamientos de los asesores endilgados. Su gestión exterior recuerda a la desastrosa de Carter. Tales países a veces parecen advertirnos que estamos en presencia de nuevos Vietnams, solo que con arena y con las mismas implicaciones para Estados Unidos si juzgamos a los resultados alcanzados. Que Obama ganase el Nobel de la Paz que tampoco pidió, pudo ser lo mejorcito que le ha sucedido a su política exterior. Acumula desaciertos.
A Obama le estalló Wikileaks en la cara, que puso las cosas en su sitio y no ha encontrado fórmulas al exterior como no sean una invasión, para temas como Siria, Corea del Norte o contener a China. ¿Por qué Obama? Pues porque su país insiste en defender sus intereses por el mundo, sean los que sean. Pues bien, si es así, no ha logrado mucho para imponerse. Con América Latina ni frío ni calor salvo los tropiezos con México, saliendo por la puerta de atrás su embajador, el cubano-estadounidense Pascual. Con Europa no ha habido nada particularmente espectacular digno de relatarse y a lo más, solo algunos calentones de boca de la señora Clinton y ya de salida, contra Rusia y su rearme, advirtiéndole que no permitiría Estados Unidos una nueva Unión Soviética, aunque el tema sirio a veces parece una reproducción de la Guerra Fría. Y del tema árabe-israelí ni hablar, que no tiene contento a nadie.
Kerry me resulta una incógnita en tan agobiante, desgastante y venadeado cargo que ocupa con su país actuando como bombero mundial, asumiéndose así por decisión personal. Errores como el de la embajada en Libia no demuestran ni contundencia ni fuerza de la diplomacia estadounidense, que abarca todos los frentes, no solo el militar. Y de cara a su diplomacia empantanada y su sobreendeudamiento, asoma el poderío económico de China, que se hace valer en Asia, África y América Latina. No es poca cosa. ¿Sabe amigo lector? Hay a quienes les molesta que se diga eso de China y solo creen en los superpoderosos Estados Unidos. Por eso lo repito y además, por ser verdad: es que no lo son como antes y cada vez lo son menos.
La pasividad frente a China es evidente mientras aquella ha invertido 1,17 billones de dólares en bonos del tesoro estadounidense, que reflejan una apuesta peligrosa de un país como Estados Unidos, que sigue endeudándose con quien se deje ante la complacencia de Pekín. Se ve tan claro. La segunda potencia económica mundial con sus ansias de poderío no se va a detener. Guárdenos el día en que quieran cobrar. En Estados Unidos cunde la alarma frente a China, empezando por la academia, que ha dado la voz de alarma, pero se quedan en eso. No saben cómo abordarla. Ya sé que eso no lo piensa el señor de la esquina. Me refiero por supuesto, a las élites que manejan ese país, a las de toda la vida, que sí que lo saben y lo temen, sin actuar eficaces.
En su discurso de toma de posesión Obama condena mantener una guerra perpetua y clama por la solución pacífica de conflictos con otros países, pero renovando alianzas y compromisos. Ha aludido a los espacios comunes del imaginario de su país y advirtió “nuestros intereses y nuestras convicciones nos llevan a actuar para fomentar la democracia” y ha mencionado a Asia y a las Américas como destinatarias de su esfuerzo, cualquiera que signifique. Y parece prometer reforma migratoria. Ya solo tiene cuatro años. El reverendo León hablando en español y con el poeta Blanco y con la ministra Sotomayor, recuerdan que los hispanos están y ¡basta de ignorarlos! Estados Unidos será bilingüe porque ya lo es. Al tiempo. El racista Huntington se estará revolcando.
¿Obama dejará así un cuatrienio de grisura para articular una mejor y original política exterior? No toda esa inacción e ineficacia son achacables a la crisis mundial o a la casera, como para que no le hubieran permitido hacer cosas más significativas. Obama puede nadar ya de a muertito, pues no busca la reelección. Les ha prometido más cosas adentro que al mundo y qué bueno. Solo que si el panorama adentro parece malo, afuera nada le pinta bien. Es una incógnita la política exterior de Obama: o se paraliza como va o se mueve y si esto sucede, a saber si vendrá en plan colaborador o agresor. Por eso es una incógnita y los cuatro años previos no ayudan a adelantar qué podemos esperar de los cuatro siguientes. Quede esta reflexión.
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