Berlusconi y los medios de comunicación

LOS SUBTERRÁNEOS

Martes 22 de enero de 2013
Pluralismo televisivo, derecho de información, ética periodística, son los grandes ausentes de la campaña electoral italiana. Estamos asistiendo una vez más al zafio y pésimo espectáculo berlusconiano. Silvio Berlusconi vuelve a mostrar su desprecio por la democracia y por la reglas, administrando su semi-monopolio de los medios de comunicación. Dueño de un vasto impero mediático, el cavaliere pone los medios al servicio de su imagen y de sus necesidades. Nadie se escandaliza y la opinión pública italiana, adormecida y anestesiada, ni se sorprende por el manifiesto conflicto de intereses, vigente ya desde hace unas décadas. Se dice que la información debe ser libre y el cuarto poder pluralista e independiente: ¡qué presunción! Ante unos sondeos terribles y un electorado volátil, Berlusconi ha puesto en marcha su formidable aparato mediático masivo para recuperar el terreno perdido y garantizar, tras las elecciones, su inmunidad.

“Puedo ganar: todo depende de cuántas horas salga en televisión” afirmaba un nervioso Berlusconi, con el rostro mal estirado y de color rojizo tirando a amarillento. ¿Cuántas horas? En las últimas campañas Berlusconi siempre ha ocupado más tiempo que sus rivales y esta no iba a ser una excepción. Según el diario “La Stampa”, del 24 de diciembre al 14 de enero Berlusconi ha sumado 63 horas y 19 minutos de presencia en las pantallas. En su estrategia mediática, ha multiplicado las apariciones televisivas para orquestar la ofensiva publicitaria. Aparece en las tertulias, en los programas familiares del domingo, en los deportivos, en los diarios… ¡54 transmisiones televisivas en 21 días! En varias ocasiones, ha participado en dos programas televisivos en el mismo día, atacando a los comunistas y a los jueces, mintiendo acerca de sus años de Gobierno —los periódicos nacionales han contabilizado entre 10 y 12 mentiras-, manipulando datos e intentando asumir el papel del “cómico-humorista”. Le hemos visto bailar el “gangnam style”, fingir golpear con un gráfico de sus años de gobierno la cabeza de un periodista, e incluso limpiar con un pañuelo la silla de otro excelente periodista crítico. Berlusconi ha vuelto a hacer lo que mejor se le da: entretener al público, mostrar su habilidad ante las cámaras y ser, a pesar de los años, un animal político de raza. Su estrategia ha sido clara desde el principio: por un lado, mentir sobre sus años de Gobierno, manipulando la información, aprovechándose de la memoria corta de los italianos; por otro, culpar al Gobierno técnico de la grave crisis económica, alarmando sobre el peligro de la llegada del “terror rojo”. En sus cadenas televisivas, el rebautizado rey del periodismo bunga-bunga ordenaba a sus presentadores —vasallos y pelotas- qué debían preguntarle. Nada de Ruby, ni de corrupción; tampoco se podía preguntar sobre los procesos judiciales, la prostitución o las elegantes veladas. Y eso responde a un diseño preciso: en estos años, Berlusconi y su equipo se han ocupado de manejar los recursos comunicacionales de manera que los ciudadanos no supieran de sus escándalos, sus tormentas políticas. No debe extrañar que una de las máximas preferidas de Berlusconi resulte la siguiente: “si no sale en televisión es que no existe”. Al mismo tiempo, Berlusconi se “aprovechaba” de las estrellas de sus canales televisivos para ensalzar su figura y atacar a los adversarios políticos.

Aunque Internet cobra cada vez más protagonismo en esta campaña electoral, hasta ahora la televisión ha representado el vehículo clásico y principal de persuasión y propaganda política, mostrando a Italia, según la voluntad de su dueño, Berlusconi, como el país de las maravillas. Puede resultar paradójico pero viendo el caso italiano de los últimos años, se tiene la impresión de que se ha tratado de “una nación con 58 millones de personas rehenes de los intereses de un hombre y de su sociedad”, en definición de Alexander Stille. ¿Será otra vez así?

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