Opinión

China ante las reacciones occidentales

Martín Juaristi | Sábado 26 de abril de 2008
Cualquiera que haya pasado por China en los últimos años ha podido constatar la expectación que producen los Juegos Olímpicos. Hace mucho que en los medios no se habla de otra cosa y el país espera el evento como un niño la llegada de los reyes magos. Evocar nuestro 92 no da una idea de la ansiedad que suscita la espera ni de la angustia que provocan los actuales contratiempos.

La crisis del Tibet ha cogido por sorpresa a los chinos, que no entendían por qué el mundo les daba la espalda cuando ellos, según su más sincera convicción, habían sido los agredidos. Para comprender mejor esta actitud, conviene recordar que, mientras que la atención de los medios extranjeros se ha centrado en la represión ejercida por el gobierno chino tras las revueltas del pasado marzo, la prensa china ha enfatizado la violencia desatada por los manifestantes tibetanos, así como la denuncia de una campaña de desprestigio promovida por intereses occidentales aliados con el Dalai Lama.

De acuerdo con las cifras, los testimonios y las imágenes aportados por los medios de comunicación chinos, la gravedad de los hechos es muy superior a la descrita en los medios occidentales. La prensa china no inspira mucha confianza, pero importantes medios occidentales se han puesto en evidencia al intentar hacer pasar imágenes tomadas en manifestaciones en Nepal o la India como si pertenecieran a las revueltas de Lasha. Esto último ha favorecido los argumentos del gobierno chino, y ha fomentado la idea de que existe una conspiración internacional contra el país.

La situación es propicia para que cunda la xenofobia. Hasta ahora no ha habido actos violentos en este sentido, pero han empezado a circular videos en Internet, en los que se acusa a las potencias extranjeras de conspirar contra China, y se han convocado, mediante mensajes por móvil, concentraciones de protesta frente a las delegaciones de multinacionales como Carrefour o KFC. Es evidente que nadie organiza aquí una movilización semejante sin el beneplácito de las autoridades, aunque es difícil determinar si estas iniciativas nacen de un grupo de ciudadanos descontentos o de los dirigentes políticos.

Por otra parte, causa inquietud imaginar las posibles consecuencias del boicot con el que amenazan a China países como Francia o EEUU. Cabe temer que en China se vean estos desplantes como actos de gran hostilidad, que las relaciones con estos países se deterioren o incluso se rompan, en algún caso, y que la progresiva apertura vivida por el país en los últimos años sufra una regresión. A su vez, los radicales tibetanos pueden interpretar el repentino aislamiento de China, así como las simpatías despertadas por su causa, como una invitación a reincidir en acciones violentas.

La posibilidad de que esto ocurra no debe blindar a China de toda crítica, pero obliga a los críticos a ejercerla con responsabilidad y rigor.

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