Domingo 27 de enero de 2013
Italia se ve sacudida por un nuevo y grave escándalo, que tendrá repercusiones económicas y, probablemente, políticas. El escándalo de los productos derivados y otras operaciones, muy criticadas e investigadas por el poder judicial, ponen en peligro la supervivencia del Monte dei Paschi de Siena, el banco en funcionamiento más antiguo del mundo (fundado en 1472) y la tercera entidad bancaria más importante de Italia. Se trata del enésimo caso de mala gestión de las inversiones y de la creación de un preocupante agujero financiero. Ahora las pérdidas operativas amenazan el futuro del banco.
Es evidente que el escándalo se convertirá en tema de debate en la ya dura campaña electoral italiana. Cada partido culpará a su adversario, utilizando el asunto por evidentes razones electorales en un fuego cruzado que entorpecerá aún más la contienda dialéctica entre los contrincantes. No obstante, el objetivo de la clase política italiana debería ser el de aclarar las responsabilidades, exigir explicaciones a quien decidió esas arriesgadas operaciones de derivados. Cabe preguntarse porque las autoridades (tanto del Gobierno Monti como de su predecesor Berlusconi) no han sido capaces de detectar las anomalías de este banco. Y no basta con indicar su muy lamentable vinculación con el Partido Democrático. Asimismo, no se puede archivar este suceso como un tropiezo más en el imperfecto sistema financiero. Se ha tratado de dinero público y es evidente que no es un problema limitado a la sola Siena y su banco. Además se deben aclarar muchos interrogantes sobre la forma en que unas operaciones de alto riesgo han sido ocultadas a los reguladores, cómo se han podido esconder informaciones relativas a transacciones con derivados. Italia no debe correr el riesgo de una nueva Tangentopoli: por eso, el asunto merece la máxima claridad y transparencia, aclarando los puntos oscuros de un suceso que demuestra lo nefasto que son los nexos entre el poder político y la banca. No se puede permitir que la política condicione la Banca. No se debe tolerar esta “distorsión” que permite al poder político ejercer un papel importante en la gestión del sistema bancario, siendo necesario separar la actividad de la banca de la vida política.
En el caso de Italia, este escándalo representa una ocasión para cambiar radicalmente el sistema, solucionar el problema de la banca, sentando las bases de su recuperación. Se trata de devolver credibilidad al sistema financiero italiano y mejorar la solvencia del mismo. No se trata sólo de plantear una reforma que consiga el saneamiento profundo del sistema financiero nacional, sino también de limpiar el sector bancario para resolver sus problemas terminantemente. La connivencia política y el capitalismo salvaje han demostrado sus límites: los bancos italianos han parecido ludópatas del póker, que cuanto más dinero perdían, más apostaban.
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