crítica de cine
Domingo 27 de enero de 2013
Con ocho nominaciones a los Oscar, la cinta del director David O. Russell parte como una de las favoritas a hacerse con los premios más importantes del cine.
Basado en la novela de Matthew Quick, titulada como el filme en versión original “Silver Linings Playbook”, el último trabajo del director de The Fighter lanza un mensaje positivo en mitad de la tragedia de un naufragio personal. Precisamente, el título, que no se ha mantenido en español por sus evidentes dificultades para traducir, procede del refrán inglés “Every cloud has a silver lining”, con su correspondiente en nuestro idioma “No hay mal que por bien no venga”, y hace referencia a ese hecho tantas veces comprobado de que, en ocasiones, cuando peor van las cosas, surge una oportunidad nueva y mejor de aquello que tanto lamentamos haber perdido, aunque quede oculta por la pena que sentimos y nos impida distinguirla con claridad. Al menos, al principio. Y eso es lo que podría decirse que le ocurre al protagonista de esta peculiar e inteligente comedia romántica de corte indie, Pat, a quien interpreta Bradley Cooper en el que es, sin duda, el mejor papel de su carrera, en la que empezó a despuntar a partir de Resacón en Las Vegas. El de Pat es un personaje tan lleno de matices, que ofrece al actor que se mete en él la posibilidad de mostrar su capacidad interpretativa a todos los niveles, porque, aunque se trate de una comedia, la cinta también está repleta de momentos dramáticos en los que el espectador no sabe si sentir lástima por ese hombretón perdido o reírse de las situaciones incómodas que provoca a diestro y siniestro.
Cuando arranca el filme, Pat acaba de pasar ocho meses en un psiquiátrico por orden judicial como consecuencia de la agresión al amante de su mujer después de sorprenderles juntos en la ducha. Ha perdido el trabajo y sólo puede abandonar la clínica cumpliendo las condiciones impuestas por la sentencia: vivir bajo la tutela de sus padres, acudir a terapia y, por supuesto, no quebrantar la orden de alejamiento que hay dictada en relación a su todavía mujer. Aún así, cuando sale, Pat se siente eufórico. Durante los últimos meses cree haber descubierto el secreto para convertirse en el ganador que nunca ha sido, y su primer objetivo es recuperar el amor y la confianza de su esposa infiel. Ese secreto no es otro que obligarse a ver siempre el lado bueno de las cosas y centrarse únicamente en lo positivo. La realidad es que, como consecuencia del grave episodio que le llevó a la clínica, se le ha podido diagnosticar el trastorno bipolar que padece y, aunque al principio se niega a tomar la medicación, cada vez es más consciente de que debe hacer todo lo posible para aprender a vivir con su enfermedad mental y, sobre todo, dejarse ayudar.
El camino no será fácil y durante la primera hora de metraje, la cinta combina de forma realmente mágica, el drama de sus terribles cambios de humor y pérdida de control con la comicidad de algunas situaciones verdaderamente surrealistas, narradas con tanta inteligencia que es posible emocionarse o sentirse abrumado con lo que está sucediendo sin perder la sonrisa e, incluso, la carcajada. En todo caso, ello es posible porque Pat, o lo que es lo mismo, Bradley, aparece acompañado de unos personajes secundarios que son de delicioso manual de interpretación. De modo que no es de extrañar que de las ocho nominaciones con las que cuenta la cinta, cuatro correspondan a las categorías interpretativas, empezando por Robert de Niro, estupendo en su papel del padre, un tipo, por cierto, bastante más raro que el hijo, obsesivo-compulsivo, dedicado en cuerpo y alma a las apuestas deportivas, quien protagoniza con Bradley algunas de las escenas más conseguidas. Sin dejar de mencionar a Jacki Weaver, la madre híper protectora, que aparentemente pone un poco de orden en una familia en la que el único aburrido es el hermano mayor, repelente abogado con todos los cables del cerebro en su sitio.
No obstante, quien da la réplica a Bradley y forma con él una pareja de esas para recordar, no sólo por el baile que protagonizan, sino, especialmente, por los fascinantes diálogos y secuencias que interpretan, es Jennifer Lawrence, icono de los seguidores de la saga Los Juegos del hambre, quien interpreta aquí a una jovencísima viuda intentando recuperarse de la muerte de su marido a base de ligarse a todos los hombres que pasan por su lado. Desde que se conocen, está claro que ambos tienen mucho en común, no sólo la experiencia traumática que ha sacado a la luz problemas mentales o su evidente extravagancia a la hora de lidiar con los asuntos de la vida, también su agudeza y esa originalidad con la que ven el mundo y a los que les rodean. Además, cada uno se ha marcado un objetivo para salir del bache: él, recuperar a su esposa y ella, participar en un concurso de baile para el que se entrena a todas horas. Pero ambos necesitan la ayuda del otro y, por supuesto, ese es el principio de la historia de amor con final feliz que es, en sustancia, el núcleo de esta cinta que se estrenó en el Festival de Toronto con excelentes críticas y el Premio del Público. Mucho más que una comedia romántica.
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