Opinión

La magia y España

Jueves 31 de enero de 2013
Las cosas desaparecen. En contra de nuestra voluntad, para horror o asombro, desaparecen. Se desvanece hasta el recuerdo de lo que desapareció. Los magos lo saben, y juegan con desapariciones de palomas, pañuelos, cartas… Los rateros –magos del metro y las multitudes-- juegan a que desaparezcan las carteras, y los políticos actuales –magos de oficina y consejo-- a que desaparezcan los dineros públicos. Algunos magos muy duchos y dotados juegan a que desaparezcan puentes o catedrales, igual que algunos asesores y tesoreros juegan a que desparezcan cantidades mayores que el presupuesto anual de todo un ministerio. “Mírenlo, ¿lo ven? ¡Zas! ¡Pues ya no lo ven!”

Lo inquietante de las cosas que desaparecen es preguntarse adónde van. ¿Adónde van? o “Où sont les neiges d’antan?”, que se preguntaba Ronsard, con mucho más brío y gracia que nosotros. Manrique, en cambio, no se preguntaba, respondía: las cosas acaban en el mar que es el morir. Sin embargo, las cartas de los magos suelen acabar en sus bolsillos, o en todo caso en sus mangas. Las carteras que nos quitan los rateros no acaban en sus bolsillos sino en los de un compinche que se cruza con ellos tras el hecho. Tras el “deed”, que le gustaría decir a Javier Marías. ¿Y los dineros de los políticos? Esos son más difíciles de encontrar. Según algunas filtraciones, la nueva ley anticorrupción va a prohibir que los trajes de los políticos tengan bolsillos o mangas. Nada de juegos de manos. El modelo que van a lucir se va a parecer a los camisones que llevan los celadores en los hospitales. Algunos piensan que más bien debían parecerse a las camisas de fuerza. La idea es que los dineros públicos no puedan acabar ni en sus bolsillos ni en sus mangas. Pero todo el mundo sabe que esos dineros no acaban allí, sino en cuentas suizas de difícil identificación. O en las de sus esposas, cuñados, cuñadas, suegros, padres, etc., que sí tienen trajes con mangas y bolsillos.

A Freud le interesaban mucho las desapariciones. Y las apariciones. Y le interesaban porque las desapariciones interesan mucho a los niños de escasa edad. Y Freud había sido un niño. Todos lo hemos sido, pero en muchos casos hemos olvidado lo que es serlo. Freud, en cambio, se acordaba bien de lo que era ser niño y loco, esas dos figuras tan cervantinas, y que solemos olvidar con respecto a nosotros mismos, no con respecto a los demás. Ser niño es vivir en un presente absoluto. Es decir, si algo desaparece, desaparece para siempre. Basta que salga del campo de visión para que desaparezca para siempre. Y eso puede ser muy traumático. La desaparición, para un niño, siempre es absoluta. Por eso les fascina tanto la reaparición. Un niño tira un objeto veinte veces seguidas, no porque no quiera ese objeto, ni para molestar a su sufrido progenitor, sino para ver cómo reaparece. La reaparición del objeto le asegura la existencia de las cosas. Las cosas existen cuando reaparecen. Si desaparecen simplemente, dejan de existir. Los niños no son nominalistas, pero sí “visualistas”, una forma de hacer filosofía con los ojos.

España se ha convertido en el paraíso de los magos. Desaparece todo. Desaparece el dinero, sobre todo. Es como si los magos hubieran decidido cambiar las cartas por los billetes. “¿Ves el billete? Pues ya no lo ves”. Pero desaparecen también los inmigrantes, las empresas españolas en países hispanoamericanos, los aeropuertos internacionales y las pistas urbanas de Fórmula 1, se esfuma ante nuestros ojos el oro del tesoro español, el cobre de los cables y transformadores, sucursales de banco e incluso bancos enteros. Y hospitales. O al menos ambulatorios. No quiero ni imaginar lo que Houdini hubiera hecho en la España de hoy. “¿Veis el Banco de España? Pues ya no lo veis.” Por lo pronto, seguro que haría desaparecer a los seis millones de parados. Ummm. ¿Quizá convirtiéndolos en seis millones de votantes subvencionados? ¿Houdini? ¿O quizá Houdini reapareció como presidente del gobierno español? Uno nunca sabe cómo van a reaparecer las cosas que tira. Porque aquí desparecen las cosas sin que uno las tire. Los presidentes de gobierno, por ejemplo, desaparecen cuando son nombrados, y reaparecen años después de terratenientes en Marruecos o de conferenciantes en Georgetown.

A mí, últimamente me desaparecen hasta los retrovisores del coche. Los vecinos se empeñan en decirme que es por el vandalismo, pero yo tengo pesadillas en las que un político español se acerca a mi coche, que duerme en una tranquila y recoleta calle, y a patadas y bocados arranca los dos retrovisores para salir corriendo e ingresarlos en una cuenta suiza. Menos mal que todo es solo una pesadilla, como las de “Bienvenido Mr. Marshall”.

Aunque, de verdad, lo más preocupante es la desaparición de columnistas. Y su reaparición. Un hombre joven, político, en la flor de su vida y con un traje con mangas y bolsillos, desaparece y se convierte en una mujer norteamericana, rubia, inteligente, columnista. La mujer escribe para su antigua reencarnación, el joven político, que además gestiona el pago (generoso) de sus artículos, algo extraordinariamente freudiano: lo que aparece, que antes desapareció, es uno mismo. Pero luego esa mujer desaparece y se convierte en la exmujer del político, también columnista, entre otras muchas cosas. ¿Pero qué ocurre con los columnistas? Se puede preguntar uno. Porque lo que de verdad me da miedo es desaparecer yo y reaparecer convertido en una rubia australiana, en una de mis exmujeres o, de forma más prosaica, en una cuenta suiza. Al fin al cabo, soy columnista y, ya se sabe, en época de magia un columnista puede convertirse en cualquier cosa.

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