José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 01 de febrero de 2013
Durante el franquismo se escribieron excelentes libros de texto en todos los grados de la enseñanza, especialmente, en la universitaria. En cuanto a los de historia y literatura, parte de entre los mejores vieron la luz originariamente en los días de la República, ampliándose y perfeccionándose en ediciones aparecidas con posterioridad a la guerra civil. Su filiación republicana fue, pues, clara, como, a su vez, una extensa porción de la alta bibliografía de éste periodo poseyó una clara deuda con el cultivo del pensamiento y las letras de la primera dictadura del siglo XX, etapa en que la plenitud de las vanguardias prestó al desarrollo de la cultura española el aval indiscutible de la madurez en un escenario de sus principales manifestaciones por entero renovado. De tal guisa, el manual de Historia de España más prestigioso y utilizado en los decenios centrales del siglo anterior, el del catedrático de Instituto D. Pedro Aguado Bleye (1884-1954), por los alumnos de los cursos de “Comunes” de las Facultades de Letras –y aun de los de la especialidad en Geografía e Historia- vio la luz en el Madrid de 1936, sobre un primer esbozo de 1929. Renovado casi de fond à comble en los años cuarenta en la misma Espasa-Calpe encontró su edición canónica en los años 50 –en particular, en 1959, la 8ª- ya con la aportación y corrección de Cayetano Alcázar en el volumen III.
El mismo papel que el texto del buen liberal comunero que fuera el palentino D. Pedro Aguado Bleye representara en los estudios superiores mencionados, lo hizo en los de Literatura y en las Facultades de Filología Hispánica el salido de la pluma del barcelonés Ángel Valbuena Prat (1900-77). Publicada en su ciudad natal en 1937, una vez regresado a ella tras su éxito en la oposición a la cátedra de Lengua y Literatura española de la Universidad de La Laguna en diciembre de 1925, su Historia de la Literatura Española alcanzó el privilegio de reeditarse en ocho ocasiones –la última, en 1969-, siempre aumentada y revisada a fondo, con el fin de actualizarla permanentemente. También en tres tomos como la de Aguado Bleye, la obra de uno de los más sobresalientes conocedores de los autos sacramentales y comedias de Calderón de Barca es un título que honra la bibliografía española novecentista y admite no muy escasa comparación con la publicística occidental más exigente en la materia. La oceánica información movilizada para su redacción tuvo la gran fortuna de vehicularse a través de la fruitiva prosa de un novelista y poeta de sensibilidad tremente y envidiable dominio verbal. Catedrático en la Ciudad Condal en las últimas oposiciones celebradas, problematizó la continuidad de sus servicios advenido el franquismo y aun la misma permanencia en el Cuerpo. A la husma desesperada de “fiadores” y avalistas, D. Ángel recaería en la redacción del famoso diario falangista Solidaridad Nacional, que sustituyera al anarquista Solidaridad Obrera. En un libro de muy aconsejable e instructiva lectura –Todos perdimos. Recuerdos de la guerra incivil, de F. Díaz-Plaja (Barcelona, 1999, pp. 287-8)-, se reproduce el diálogo con su director, el célebre escritor Luys de Santa Marina: “- ¡A mí no me engañas! –le gritó Santa Marina-. ¡Yo sé que tú eres un rojo y lo serás siempre! -¿Pero no cree usted –balbuceó el pobre Ángel- que en el fondo de mi alma hay un componente católico? -¿Y eso a mí que me importa? ¡Yo no lo soy! –contestó Luys…, dejando en un mar de dudas al catedrático que, como tantos, creía eterna la asociación del bando nacional con la iglesia (…) Aquel exabrupto me impresionó, pero a los dos días vi un artículo de Valbuena publicado en la “Soli” (…) Me cercioré entonces de lo que ya intuía en el comportamiento conmigo, que Santa Marina era una gran persona, que se defendía de su bondad intrínseca dando voces a la gente”. Pero ni ello, ni la escritura presurosa en 1940 de un muy erudito y enjundioso ensayo acerca, impidieron que el autor de la Historia del teatro español fuese sometido a un expediente de depuración en el otoño del citado año. El “Gran Inquisidor” fue el propio rector de la Universidad barcelonesa, Dr. Gómez Campillo, que le imputó los mayores cargos, entresacados justamente de su Manual de 1937... D. Ángel al menos pudo contarlo. Trasladado a la Universidad de Murcia en enero de 1943, un veintenio más tarde, y tras nueva oposición se incorporó, hasta su jubilación a la Universidad Complutense.
Un episodio más entre muchos –Jaume Vicens Vives protagonizó en la misma Universidad barcelonesa otro de corte muy semejante- de los que trajo consigo la represión académica e intelectual del llamado primer franquismo, el glosado recobra actualidad a la vista del retorno al principal escenario de la vida nacional de la “cuestión catalana”. Muy rico en matices y elocuente respecto de la historia intelectual contemporánea del Principado, su reflexión probablemente dé vado a conclusiones o juicios de interés para su sereno análisis.
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