Opinión

Rajoy, dimite

María Cano | Lunes 04 de febrero de 2013
Entras en Facebook y ves sobrecitos por todas partes; en Twitter, lo mismo; sales a tomar algo y el camarero te dice con una sonrisa pilla que no admite sobres; hablas con el abogado de la empresa y hasta él te hace un chascarrillo en el que incluye ese sustantivo referente a la “cubierta, por lo común de papel, en que se incluye la carta, comunicación, tarjeta, etc., que ha de enviarse de una parte a otra”. Hacer chistes se nos da bien y resignarnos, según parece, mejor aún.

Si esto mismo hubiera ocurrido en Alemania, Francia o Estados Unidos, lo primero que hubiera hecho el Rajoy alemán, francés o norteamericano es dimitir. Eso es lo que debería hacer Rajoy le haya pillado de nuevas o no, lo supiera o no. La Justicia, por su parte, que haga su trabajo y ya condenará (esperemos que sea así y con un castigo ejemplar), a quien corresponda.

Pero el problema no acaba ahí. Los ciudadanos ya no confían en los políticos, esto es un cachondeo en el que es más tonto el que menos roba, porque el que no roba nada, el honrado que madruga para llevar a los niños al colegio antes de ir a trabajar tropecientas horas al día para llevar un sueldo paupérrimo a casa con el que a duras penas llega a fin de mes, se mira por las mañanas en el espejo preguntándose si eso de la honradez no será una solemne gilipollez. Porque los que no tienen tantos escrúpulos, viven mejor y casi nunca van a la cárcel, no cuentan los tranchetes ni las magdalenas para que les duren toda la semana ni recurren al paseo por el centro comercial si hace mucho frío en la calle con tal de que los niños salgan de casa y hagan algo diferente pero gratis. De hecho, no han pisado un centro comercial (al menos no uno de lujo), en años. Deberían darse un paseo por uno de ellos un festivo lluvioso y ponerse a contar niños. Y que conste que yo no tengo hijos.

En cambio, atrévete a gastarte unos cientos de euros ajenos no por robar, sino por haber encontrado una cartera de otra persona y haber comprado con ella pañales y comida para bebés. Entonces, hay que movilizar a toda la sociedad para evitar que esa madre desesperada a la que el destino puso una cartera ajena en su camino, acabe con sus huesos en la cárcel. No defiendo que usara una tarjeta de crédito de otra persona, pero tampoco que vaya a prisión cuando quienes deberían hacerlo mojan las penas en licores caros en sus casas de alto standing o en cruceros de lujo con dinero conseguido con malas artes.

Y mientras cientos de miles de padres hacen malabarismos con los escasos euros de sus recortadísimas nóminas, si tienen suerte, o del paro o de la ayuda desinteresada de sus familiares, otros amasan fortunas de millones de euros en Suiza o en Tombuctú. Y son precisamente esos los que nos gobiernan o los que pretenden hacerlo.

Que en todas las bolsas de garbanzos hay alguno negro, es algo que cualquiera puede entender y admitir, pero este cocido tiene ya demasiados chorizos, por no hablar de la estupenda imagen que damos en el exterior. Sobre todo en Europa, de cara, sin ir más lejos, a la cumbre del jueves, en la que los países de la UE van a discutir los presupuestos para los próximos años, es decir, cuánto aportará cada país y cuánto recibirá de los fondos comunitarios. Si nos tienen, y no les falta razón, por un país de mangantes, ¿no es lógico que perdamos credibilidad y nos den menos dinero? Pues ya saben, nos tocará poner un poco más de nuestros ya menguados bolsillos cada mes.

Por todo ello, creo que Rajoy debería dimitir, creo que debería producirse un cambio de la clase política en general, que deberían cambiarse las reglas del juego, tanto en el seno de los partidos como en el juego electoral. Deberíamos poder elegir a los candidatos que más confianza nos inspiren, no a los que nos digan los partidos que debemos aupar al poder. Deberíamos luchar por una separación real de poderes para tener una Justicia independiente de verdad. Deberíamos someter a los partidos y sindicatos a un escrupuloso examen de sus cuentas. Y deberíamos, sobre todo, no limitarnos a hacer chascarrillos en la frutería y entre amigos y defender lo que es justo. El humor es bueno, pero no es suficiente. Puede que haya llegado el momento de ponernos serios y exigir honradez, decencia y generosidad a quienes presuntamente ponen sus vidas al servicio de los demás, porque el tiempo ha demostrado que quejarnos, enfadarnos y hacer bromas cínicas no cambia las cosas. Confucio dijo: “Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad”. Yo ya tengo la mía. ¿Alguien se apunta?

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