Opinión

El caso Rajoy

José Antonio Sentís | Miércoles 06 de febrero de 2013
Hay, en el momento concreto en que vivimos, muchas más sombras que dudas, y muchas pasiones en juego en las informaciones que acosan al PP y a su presidente, que lo es del Gobierno, Mariano Rajoy. La terrible sospecha de que los agentes de la comunicación están siendo manipulados, no se sabe por quién y no se sabe para qué, se extiende, mientras lo hace a su vez la duda y la suspicacia sobre el que “algo habrá”; y, si lo hay, exige sangre.

La mezcla explosiva de chorizos sofisticados, de desaliento hacia la política, de evidencias sobre una historia moderna de España jalonada por casos de corrupción, y la maldita crisis, hace que la sociedad tenga la sensación de que el mundo político está al borde del abismo. Y a la cabeza de la política, en general, está el presidente del Gobierno.

Sobre Rajoy, justo en el momento en el que le venía peor a él, como autor de una política durísima de ajustes internos que todavía no han ofrecido resultados palpables, y cuando más necesitaba la credibilidad externa (porque ahí se la jugaba también España) está cayendo una tormenta torrencial, sin visos de que el cielo despeje pronto.

En cualquier otro momento de cualquier otro presidente, la ofensiva que sufre Rajoy a cuenta de los efectos colaterales de la operación Gürtel hubiera tenido mejores diques de contención. De cosas así sobrevivió González durante muchos años. Pero es que otros presidentes pudieron combatir mejor, porque tenían enemigos, pero también aliados. ¿Con qué aliados cuenta Rajoy?
El líder del PP es un personaje atípico en la política mediática de las democracias modernas. Aparentemente, no se casa con nadie. Mantiene una distancia amablemente gélida con los medios. Le importa poco enfrentarse a los poderes económicos, y tanto puede irritar a la Banca, como a las compañías eléctricas como a las petroleras. No hace concesiones sentimentales a sus bases naturales, como las Víctimas del Terrorismo o el extenso campo del funcionariado. Sabe que su triunfo es fruto de las clases medias, y las utiliza implacablemente para compensar los agujeros sociales a costa de quedarse sin un voto. No da un paso populista ni se permite ninguna alegría. Y, así, cuando vienen mal dadas, ¿con quién va a contar Rajoy?

Si hacemos un ejercicio racional, y no sentimental (porque Rajoy no ha pretendido nunca la empatía, sino la demostración de la eficacia y su convicción en la misión autoencomendada), un ataque a Rajoy, en este momento, es una catástrofe para todos. El propio presidente causaría una sorpresa mayúscula si se descubriera que no es honrado, cualidad que yo le atribuyo sin duda alguna. Y, sin embargo, cuesta escuchar una defensa frontal de Rajoy en estos momentos de tribulación. Más aún, parece valer lo mismo la palabra de un francotirador despechado, o la de un ladrón convicto, que la de Rajoy.

¿Por qué Rajoy no tiene un coro de incondicionales, pese al poder que maneja y el apoyo social recibido en las elecciones? No es un misterio. El sentido común siempre ha carecido de carisma, y los cuerpos sociales, como los físicos, se apuntan también al inolvidable diálogo de “Johnny Guitar” que, en resumen, dice: “Miénteme, dime que me amas”. Rajoy no ha mentido en eso, para buscar el afecto. Pero sí ha dado la impresión de que lo hacía para lo contrario. Porque le daba igual perderlo, a base de olvidar promesas y a base de vender pragmatismo sin simpatía.

Por eso, en esta crisis de presunta financiación ilegal del PP (gran novedad que haya habido dinero opaco en algún partido español) o de aún más presuntos sobresueldos tan escandalosos como parcos (en comparación con las millonadas de los chorizos sistémicos en España), Rajoy parece indefenso. De hecho, me atrevo a decir que lo está.
Pero, repasemos: ¿quién puede defenderle?

Las bases sociológicas de la derecha están que fuman en pipa. Las más liberales, lo mismo, porque se han encontrado un Gobierno socialdemócrata sin comerlo ni beberlo. Los votantes del PP se comen, a la vez, etarras en las instituciones e impuestos en sus bolsillos, que es un cóctel letal.

Las grandes corporaciones económicas se ven tocadas en sus intereses. Pero la legión de parados aumenta sin cesar, las promesas de apoyo a las empresas y a los autónomos se aplazan, porque no es momento de incentivos sino de ahorro, y los funcionarios se ven zarandeados, con razón (en los abusos, que los hay) o sin ella. Hasta los jueces y compañía. No queda títere con cabeza.
Los comunicadores y periodistas que trasmitieron su espanto (justificado) por Zapatero se han quedado al pairo y sin velamen. Por sus (nuestros) propios deméritos, pero sin un gesto de caridad, ni personal ni asistencial. Ni el Gobierno busca simpatía ni da explicación. La pantalla de plasma para ver a un presidente es la gran metáfora, justo en el momento en el que más se necesitaba ver a un líder en carne mortal.

Rajoy parece decidido a ser mitad monje y mitad soldado. Un templario, vamos. Pero se arriesga a ser visto como extraño, y a terminar en la parrilla a base de insidias, calumnias, memeces o "alguna cosa".

Ésta es la situación y, sin embargo, algo puede cambiarla. Para empezar, que muchos pongan un dique a la manipulación, en busca de la verdad contrastada y no surfeando la especulación. Para continuar, algún gesto regenerador que dé una salida honorable a aquellos que no quieren que España se vaya por el sumidero de una crisis institucional que afecta, del Rey abajo, a todos. Para seguir, que la Justicia actúe con serenidad y, sobre todo, pronto.

El circo entero está gritando y quiere sangre. Es momento para darle algo de pan, y un poquito de cariño, que no parezca que nos gobierna un ordenador con un programa de contabilidad sobre ingresos, gastos, déficit y deuda. Porque el gran error puede ser considerar que la salida de la crisis es técnica, como imaginan los burócratas europeos. Es infinitamente más psicológica. Y hace más falta un doctor compasivo que un electroshock reiterado, que es lo que con tanto éxito nos han prescrito nuestros arcangélicos socios, irritados por nuestra penosa corrupción de trileros, pero impasibles ante la inmensa corrupción de sus bancos y sus especuladores.

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