Jueves 07 de febrero de 2013
Brasil continúa dando cátedra en lo que a gestión económica se refiere, y más en la lucha contra la inflación y la pobreza. La última medida del Ejecutivo a cargo de Dilma Rousseff ha sido eliminar los impuestos a los alimentos de primera necesidad en la dieta del brasileño, que no se limita a unos cuantos productos, si no prácticamente a una lista completa de la compra del mercado.
Si bien la potencia suramericana vive su era dorada, Rousseff ha sabido administrar con pragmatismo los karmas que arrastran las economías América Latina. Ante las amenazas de “recalentamiento” y una “ralentización” del crecimiento a causa de la contracción de la demanda del mercado chino, el Gobierno brasileño más que entrar en pánico y aplicar una política de “ahorro” y “recortes” para guardar dinero en la hucha, ha aplicado una receta contraria a la europea: bajar los impuestos.
Desde Keynnes, una de las teorías es que la clave para superar las crisis económicas a pequeña, mediana o gran escala es incentivando el consumo y no estrangulándolo. Si en medio de una crisis, cuando el poder adquisitivo se merma se le añade, recortes y subidas de impuestos desmesurados y sin control, la cadena económica se rompe por la pérdida del poder adquisitivo de los ciudadanos, en especial, el de una clase media que se merma y se empobrece y que hace más pobres a los que ya lo eran.
Brasil ha apostado por reducir costes bajando los impuestos para que la capacidad económica de sus ciudadanos se mantenga activa, a fin de que las cajas registradoras de los componentes que conforman el parqué nacional, sigan tocando la sinfonía del dinero y el metálico continúe sonando para mantener el ritmo que ha hecho de este país la sexta potencia mundial y uno de los mercados más atractivos para la inversión. A tomar nota España.
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