Reseña breve de Maximilen Robespierre

EL PODER DE LA MIRADA

Jueves 07 de febrero de 2013
Decía con razón Voltaire, que las únicas medallas son las que brinda la posteridad. Pero, asumiendo como buenas las palabras del destacado miembro de la Ilustración, ¿cuándo empieza a contarse el tiempo que abre las puertas a la anhelada santificación por la historia? Todos conocemos las muy distintas valoraciones que, dependiendo de cada época, reciben ciertos protagonistas, especialmente los vinculados al ejercicio del poder en el desarrollo de su vida política. Una realidad que se acredita hoy, de forma especial, con la todavía controvertida figura de Maximilien Robespierre.

Durante mucho tiempo, Robespierre ha sido enjuiciado como el principal responsable del denominado Régimen del Terror y del sangriento gobierno de los años de la Convención en la Francia revolucionaria durante los violentos y convulsos años de (octubre) 1793 y (julio) 1794. Maximilien Robespierre, Louis-Antoine de Saint-Just y Georges Couthon configurarían la triada diabólica de aquellos malhadados años presididos por una stajanovista guillotina. ¡42.000 penas de muerte en un solo año! Sirvan como ejemplo de la crítica más despiadada sobre el Régimen de Asamblea y el Comité de Salvación Pública (Comité de Salut Publique). y por ende sobre nuestro menudo protagonista, los juicios negativos recogidos en los libros, dentro de la Teoría Constitucional, de los Prelot, Biscaretti di Ruffia, Colliard o Loewenstein. Robespierre es así el arquetipo de hombre autoritario, cruel, calculador, inflexible, implacable y sanguinario. Pero hete aquí, que ahora asistimos a la regeneración del Incorruptible, presentado como el más noble, honesto, generoso, comprometido, austero y trabajador de los hombres públicos del periodo revolucionario. Fundamentalmente podríamos citar, en esta línea regeneracionista, dos obras recientemente aparecidas en España: una, la exhaustiva y rigurosa biografía de Peter McPhee -perdónenme el corporativismo, pero les recuerdo su condición de primer rector de la Universidad de Melbourne-, Robespierre. Una vida revolucionaria; y otra, la más que recomendable novela histórica, con el simple título de Robespierre, de ese excelente escritor que es Javier García Sánchez, donde se narra magistralmente, al hilo de un personaje de ficción, el provinciano Sebastien-Francois Précy de Landrieux que arriba a París, los últimos doce meses de la vida del entonces poderoso revolucionario.

En ambas obras se resalta, especialmente en la primera, el compromiso de Robespierre con las conquistas alcanzadas tras la abrupta desaparición de los Borbones -la decapitación de Luis XVI- de la escena política. A saber, la preservación de la igualdad, la extensión de la educación a todos, el impulso del sufragio universal, el establecimiento de un Estado laico y su correlativa libertad religiosa, y la definitiva eliminación de los vestigios del feudalismo y de adscripción de la sierva de la gleba a la tierra de los antiguos señoríos del Antiguo Régimen. Una redención del incansable revolucionario que había empezado en el siglo XX, con los rigurosos trabajos, desde la izquierda académica francesa, de Albert Mathiez, Georges Lefebre, Michel Vovelle o Albert Soboul.

Robespierre se erige como el mejor representante de la virtud republicana, impelido por las circunstancias a defender, por todos los medios posibles, y por tanto nunca de forma gratuita, los sacro santos postulados de la Revolución de 1789. “Soy del pueblo -afirmaría apasionadamente-, no he sido nunca más que de eso, no quiero ser más que eso; desprecio a quién tiene la pretensión de ser algo más” (Aux Jacobins, 2 de enero de 1792). La brutal represión estaría justificada por la importancia y el número de enemigos, tanto externos, dada la presión de los ejércitos europeos -desde Bayona, Dunkerque, Landau, Maubeuge y Perpiñán-, como internos, al hilo de los ataques del ala más radical de la izquierda con los partidarios de Hébert, de la revuelta federalista y de la sublevación de la Vendée. En palabras justificadoras de su hacer, nuestro hombre afirmaba tajantemente ante la Convención un 26 de julio de 1794, sólo dos días antes de su muerte: “He sido hecho para combatir el crimen, no para gobernarlo.”

Era la crónica de una muerte anunciada. Su trágico final terminó siendo, como el de tantos antiguos correligionarios y enemigos, el mismo: la guillotina. Robespierre era guillotinado, en plena contrarrevolución thermidoriana, un 28 de julio de 1794. Aquí cae, no sólo el telón, sino, en este caso, también su cabeza.

Pero si queremos conocer los aspectos más artísticos, habremos de detenernos necesariamente en el gran pintor del momento, Jacques-Louis David, amigo, correligionario y regicida, apodado “el feroz terrorista”, como nuestro hombre, el gran artista de la Revolución. El realizaría el boceto del Juramento del Juego de la Pelota y el extraordinario lienzo de La muerte de Marat. De menor interés son otras muchas representaciones del Incorruptible, como los óleos y grabados de P. Roch Vigneron, J.L. Boilly, G. Fiesinger, G. Tassart o el retrato anónimo del Museo Carnavalet (París).

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