Víctor Morales Lezcano | Viernes 08 de febrero de 2013
Los lectores de este periódico habrán cruzado sus miradas, en más de una ocasión, sobre lo que vengo llamando las guerras poscoloniales de Estados Unidos entre 1950-2010; o sea, durante un medio siglo largo de polvo, sudor y alguna que otra lágrima. Primero en la península de Corea, donde la pax americana que administraba entonces el general Mac Arthur quedó dividida por un paralelo (38º n). Poco antes sobrevino la revuelta de Indochina contra el imperio de Francia en el sudeste asiático y las campañas contra la metrópoli que lideró militarmente el general Ho Chi Minh. Estados Unidos recogió la herencia de esta insurrección asiática, hasta el punto de involucrarse fatídicamente en uno de los más sangrientos capítulos de las guerras de liberación en la posguerra avanzada (la década de 1960-1970). Fueron, aquellas guerras, un espectáculo todavía convencional de la guerra en colonias, desarrollada con vistas a parar la difusión del comunismo en el continente asiático -como el Kremlin aspiraba, por su parte, a reforzarlo, y, por la suya, el “gran timonel” de China, Mao Tse Tung-. El resultado final fue la división en zonas de influencia y control, tanto en Corea como en Vietnam.
Cierto es que la doctrina Eisenhower para el Oriente Medio fue una emanación de las directrices que la OTAN y el Pentágono -muy en particular- diseñaron con vistas a contener el expansionismo militar soviético en el Mediterráneo a partir de 1946. En la inteligencia de que, cuando se produjo el triunfo de la revolución clerical en Irán (1979), la política exterior de Estados Unidos se vio atrapada sucesivamente por la guerra civil en Líbano; y los movimientos partitocráticos de signo terrorista, como Hamas y Hezbollah, encaminados a contrarrestar la acción drástica de Israel con sus vecinos del interior, los árabes palestinos. Finalmente, Estados Unidos se vio abocado a entablar las guerras de Afganistán (desde 2002) y de Iraq (desde 2003).
No siempre fue fácil para Estados Unidos salir airoso de las endiabladas colmenas del Oriente Medio. Tampoco se obtuvo siempre una división territorial, de población y recursos que debilitara olímpicamente al antagonista árabe, o islámico, de turno.
Por último, la administración republicana se abrió sucesivamente dos frentes bélicos en Dar al-Islam en dos años cruciales: Afganistán e Iraq. Sin embargo, el curso de la Historia había cambiado sobremanera cuando se desataron las guerras americanas en el mundo árabe-islámico: La URSS se estaba desintegrando, cierto es, aunque el Islam yihadí se perfiló desde los años 90 del siglo XX como paladín de la gran amenaza que se cernía sobre Occidente. En consecuencia, el combate y aniquilación del Islam terrorista es fermento que no hace sino aquilatarse desde el 11-S en medios políticos, militares y mediáticos americanos. Es a partir de entonces cuando las contradicciones entre los secretarios de Estado y Defensa, el Pentágono, la misma CIA, por no hablar de los presidentes Bush y Obama, han saltado a la vista, en un ambiente internacional afectado por el espíritu neocon y su maximalismo reduccionista: la misión de América consiste en sepultar el Eje de naciones y gobiernos malignos. Además, no pocos jefes y oficiales americanos se han dejado cautivar, mientras tanto, por la teoría de una actuación contrainsurgente, elaborada previamente en los círculos de algunos think-tanks de Washington DC, cuando no en cualquier otro nicho belicista. Véase el caso del American Entreprise Institute, por poner un ejemplo congruente.
Sin embargo, no bastó con que aguerridos innovadores estratégicos como el general David H. Petraeus no fueran militarmente reconocidos en principio (para ser más tarde aplaudidos), como ocurrió en la segunda fase de la invasión de -y contra- Iraq a partir de 2007. En rigor, la estrategia que inspira las tácticas específicas de la contra-insurgencia -en particular en Afganistán-, exige unos preparativos, predisposición y pronósticos que sólo son realizables en una unidad de tiempo adecuada y mediante la superación de los frenos institucionales a gastos militares causantes del desenfreno financiero, luego deficitario, de la república imperial. La prisa de Obama por la retirada gradual de las tropas movilizadas y en pie de combate en Afganistán se ha hecho más apremiante a partir de su segundo triunfo electoral.
En resumen, en la importante monografía de Fred Kaplan, The Insurgents: David Petraeus & the Plot to Change the American Way of War (Simon & Schuster, 2013) el lector interesado puede abrevar con aprovechamiento en la dinámica militar del imperio, particularmente durante las dos guerras no resueltas en Iraq y Afganistán. En la primera de las repúblicas árabes, porque la retirada americana de Mesopotamia ha dejado su huella destructiva en el precario equilibrio del patrimonio etno-religoso iraquí. En el caso de Afganistán, la contrainsurgencia se ha visto repetidamente inmersa en la atmósfera del doble juego que domina el sistema talibán desde hace cuarenta años. Por tal razón, se reconoce actualmente que ello puede conducir a ningún resultado, salvo a la confirmación por enésima vez de que el bastión afgano es inexpugnable.
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