Opinión

Las sagas nunca fueron buenas

Andrea Donofrio | Domingo 27 de abril de 2008
La gran victoria de Silvio Berlusconi en las últimas elecciones resulta un dato indiscutible. A pesar de haber perdido la campaña electoral, il Cavaliere ha ganado las elecciones, conquistando por tercera vez el país, alcanzando una mayoría absoluta y, consecuentemente, el umbral de tranquilidad en ambas Cámaras.

Se le puede considerar viejo, unfit, guasón o bufón: sin embargo lo único que parece cierto es su capacidad de sobrevivir a todo, a las acusaciones judiciales, a los múltiples conflictos de intereses, a la mala experiencia de su quinquenio de gobierno o a la desconfianza de la prensa mundial. La mayoría de los italianos ha decidido volver a confiar en él, poniendo la democracia a sus pies: una victoria clara que apunta una movilización del país hacia la derecha. En las urnas, Italia ha revelado su alma derechista, una inclinación que había siempre ocultado detrás de la ambigüedad democristiana y que había dejado al PCI siempre al margen del poder. A pesar de que fuera de Italia resulta anacrónico, Berlusconi sigue explotando el miedo a los rojos, presentándose como el “líder de una derecha unida”. Sin embargo resulta bastante difícil calificar a Berlusconi como persona con ideales de derecha: sus ideas se apoyan sobre el populismo y la consideración de la política como espectáculo, como demostraría la continua búsqueda de un aplauso o de una sonrisa. Berlusconi parece encarnar la modernidad política, donde los nuevos ídolos “no indican el camino, sino que se ofrecen como ejemplos”. Y el electorado sigue considerándolo como el salvador de la patria, el único capaz de poner orden. Paradójicamente, Italia parece más deseosa de garantías que de cambios y Berlusconi se presenta una vez más como perfecto ejemplo de un país intolerante a las reglas y difidentes en las instituciones.

Declarándose “un hombre diferente al que ganó en 2001”, Berlusconi se prepara a un nuevo mandato, donde podrá contar con una mayoría más que sólida: los números dejan esperar en una legislatura constituyente, contando con el dialogo con la oposición. Sin embargo, los primeros pasos ya han generado perplejidades: las primeras declaraciones sobre el gobierno rosa de Zapatero, sobre la lucha contra la inmigración ilegal a través del “cierre de las fronteras” o la demagogia de celebrar el primer consejo de ministros en Nápoles como “apoyo simbólico” a la emergencia basura no prometen el anunciado cambio. Además, sus primeras intervenciones en la cuestión de Alitalia, aún más al borde de la quiebra, han ya alarmado a la Unión Europea.

La simplificación del Parlamento no debe coincidir con un empobrecimiento de la dialéctica democrática, sino favorecer la gobernabilidad y la eficiencia legislativa. Teniendo en cuenta el resultado electoral, esperemos que la ambición de gobernar de verdad convierta su visión de la política como una oportunidad en ejercicio de responsabilidad. El país necesita con urgencia reformas institucionales, electorales y económicas. Frente a la grave crisis nacional, esta vez se espera que los intereses privados sean subalternos respecto a las responsabilidades políticas. En caso de “otro” fracaso, no tendría justificación: su mayoría es a prueba de transfuguismos e intrigas. El mundo le observa con escepticismo y expectación. ¿Con inquietud también?

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