Lunes 11 de febrero de 2013
La convulsa situación en Mali hace presagiar un largo conflicto de imprevisibles consecuencias. La reciente intervención francesa en el país africano para detener a los yihadistas que se estaban apoderando de la zona ha un éxito; un éxito para todos, gracias al sacrificio y entrega de los soldados franceses. Sin embargo, ello no significa, ni mucho menos, que la situación esté controlada y que los islamistas estén vencidos. Ha cambiado el modelo de guerra y el ejército galo, que se las prometía muy felices, debe prepararse –todos debemos hacerlo- para una guerra de guerrillas que supone un enorme desgaste.
El atentado suicida en Gao, con el que se trataba de causar el mayor número posible de víctimas, aunque solo produjo la muerte del propio terrorista y heridas a un soldado, es una clarísima señal de que la retirada de los islamistas de sus posiciones y el evitar el enfrentamiento directo únicamente es un cambio de estrategia. Sin medios para oponerse directamente al poderío del ejército francés, con sus cazas y sus tropas de elite, decidieron replegarse en sus cuarteles de invierno en el desierto. Pero los defensores de la sharia no están dispuestos a soltar su presa y se disponen a realizar atentados, ocupaciones, y secuestros de occidentales que les reporten fondos para su “guerra santa”. Los islamistas radicales en Mali se miran en el espejo del terrorismo de los talibanes o de los shababs somalíes, y los oficiales franceses temen que pongan en marcha los mismos métodos y las mismas técnicas que en Irak y Afganistán.
La coalición francomaliense ha recuperado el control de las principales ciudades del país, incluida la simbólica Tombuctú –que no es poco- pero Mali no ha dejado de ser un polvorín, por lo que está fuera de lugar el triunfalismo. El presidente francés, François Hollande –y tras él, todo el mundo occidental- tiene ante sí una difícil papeleta.
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