Opinión

Hay un árbol en el camino

David Ortega Gutiérrez | Martes 12 de febrero de 2013
En la Avenida de la Democracia española ha caído un enorme árbol que obstruye totalmente el camino. Es un árbol enormemente pesado, difícil de mover, formado por la corrupción y la mentira, y está hiriendo de muerte a la joven democracia española. Ante esta realidad difícilmente discutible, es curioso observar las diferentes reacciones que se dan entre los españoles. Podríamos dividirlas en, al menos, los siguientes grupos:

Primero. Son aquellos que forman parte del árbol, son los que lo han tirado en mitad de la Avenida. Su postura es muy clara y contundente: dicen que hay que mover el árbol, que esto no puede volver a suceder. La Avenida de la Democracia tiene que volver a funcionar. Crean Comisiones, elaboran Códigos de ética, hacen manifiestos, pero la realidad es que el árbol no se mueve ni un ápice y en el fondo quieren que así sea, pues ellos lo han puesto ahí. Es absurdo esperar algo de ellos, pues son causa del problema, no parte de su solución.

Segundo. Otro grupo lo forman aquellos que gritan que el árbol se ha caído en mitad de la Avenida. Hacen múltiples manifestaciones criticando duramente a los del primer grupo. Dicen lo que se debe hacer, exigen, no sin parte de razón, que las cosas se deben funcionar de otra forma, pero no van más allá de su crítica pública, lo cual siendo necesario, no deja de ser insuficiente. No se comprometen más, solucionan España en la sobremesa del fin de semana con sus discursos particulares, pero nunca van más allá de eso, hablar y hablar.

Tercero. Hay otro grupo de gente que organiza seminarios y conferencias sobre cómo se ha caído el árbol, por qué nadie lo mueve, qué ha pasado otras veces en las que el árbol ocupó y paralizó la Avenida. Es un grupo útil desde la teoría y cumple su función sin duda, que es diferente a la del grupo segundo. Este grupo es menos visible y genera poca noticia, pero también es muy necesario en su función de análisis, aunque como el anterior, es insuficiente quedarse sólo en la teoría.

Cuarto. Existe un particular grupo de los escépticos, que opinan que es absurdo tratar de mover el árbol, pues es inamovible o, en el mejor de los casos, si se levanta volverá a caerse. Lo más sensato y práctico, según ellos, es convivir con el árbol y buscar otros caminos o alternativas para poder transitar, mal que bien, por esta compleja Avenida o, simplemente, les da igual mientras a ellos no les afecte en exceso.

Quinto. Un grupo muy lamentable es el formado por dos familias, que no tienen la más mínima duda de que la responsable de que el árbol esté en la Avenida es la otra familia, que es la corrupta y mentirosa, mientras que su familia es la que tiene toda la razón. Estas dos familias en el fondo hacen un daño terrible, pues no logran nunca ver la realidad de que el árbol está ahí porque lo ha tirado el primer grupo, formado en última instancia por los líderes de ambas familias. Este grupo es perfecto para que el árbol se quede en mitad de la Avenida eternamente.

Por último, hay un Sexto grupo, que piensa que la única forma de quitar el árbol es empezar a moverlo, que no es tarea fácil, pero que hay que intentarlo. Saben que en otros países ha sucedido algo parecido y se ha logrado quitar para que la Avenida de la Democracia pueda volver a ser transitada. Para la Avenida es básico que en este grupo haya muchas manos, valientes, inteligentes y generosas. Así nos lo ha enseñado la historia, que ha avanzado gracias a la existencia sin duda de este grupo.
Siempre va a haber gente que tire árboles a la Avenida, el grupo primero es una realidad intrínseca a la naturaleza humana. La clave se encuentra en la postura que adoptemos los demás, en saber cuál de los otros grupos es el más numeroso y decisivo. Casi todo en la vida son decisiones individuales y cómo éstas se articulan en un colectivo eficaz, cuando de la res publica (cosa pública) se trata.