Opinión

Estupefacto, el mundo mira hacia Roma

Marcos Marín Amezcua | Martes 12 de febrero de 2013
Esta vez me he enterado por las redes sociales y no por campanadas llamando lastimosamente a duelo, sobre el cese de un pontificado. En el aniversario de la firma de los tratados lateranenses, se produjo la renuncia que es a un tiempo sorpresiva y no, de Benedicto XVI, pronunciada en latín, que considero también que es una abdicación en su condición regia, así sea escogido en el seno de la monarquía lectiva que encabezaba. No podemos ser indiferentes a lo sucedido. Claro, siempre que se habla del papa hay que ser cautos y lo que leerá es posible que no le agrade. Es lo que hay. He aquí mi lectura de lo ocurrido.

No es sorpresiva si me atengo a sus razones. La salud y la edad. Ciertamente que lo es porque sucede tras de por lo menos 698 años, si nos atenemos a la cifra de adelanta que no sucedía una interrupción desde 1415, forzada y desde 1294, voluntaria. Luego también es sorprendente porque no sucede en un momento particularmente favorable, en que la crisis de la Iglesia recuerda que si algo ha sido el actual pontificado es que ha sido controversial, chocando con muchas corrientes internas y externas y con muchas opiniones del mundo moderno al que me queda claro que no tiene que agradar. Es una decisión muy valiente, muy personal, ha dicho el portavoz Lombardi.

A mi juicio tras seguir por lustros el desarrollo de la institución, la observo sin capacidad para desfacer entuertos graves como la pederastia (que no es menos y tiene quebradas diócesis enteras del primer mundo) o el jaloneo de sotanas en torno a la sucesión del Obispo de Roma, como repartiéndose las ropas de Cristo para vergüenza de cualquier fiel que no es ciego. Todo mientras el laico de a pie se pregunta si estamos en el lugar adecuado o vamos pasando por los turbulentos tiempos convulsos descritos acremente en la sagrada escritura. Me inquietan así las palabras del decano Angelo Sodano respondiendo al pontífice romano: “(sus palabras de renuncia) han resonado como un trueno”. La decisión podemos imaginarla difícil pero ha sido adecuada, pues si las rivalidades internas lo han agotado, debemos plantearnos también ¿qué queremos? ¿pasar a un tortuoso camino como el transitado por Juan Pablo II? se antojaba nada promisorio ni digno. Recordemos que entonces siempre se descartó impulsar la renuncia del anterior papa y entre otras razones se adujo, bajo argumentos sólidos, el de que no podían convivir dos ungidos o simplemente porque el Papa es un vicedios. Pero al final constatamos que sí se podía y se ha podido. En que pocos años han cambiado las cosas y las opiniones. Lo veo muy positivo.

Para mí Benedicto XVI es un hombre polémico y paradójico. Rescatando símbolos papales sacados del baúl de los recuerdos, no gozaba del acuerdo ni de la simpatía de muchos fieles (que como fieles me cuentan tanto como los dirigentes de la Iglesia, creyentes todos al fin, a menos que valgan menos) y ha arrastrado el nombre de su predecesor como pocas veces se ha visto. Lo usual, lo normal es que el reinado de un pontífice romano no requiera remitirse al de otros predecesores de manera constante y por su nombre. Pesada sombra lo ha seguido, ovacionándose más a su predecesor que a él, reinante.

Paradójico desempeño, en mi opinión más accidentado que feliz. Amén del inocultable cruento jaloneo de sotanas al interior de los palacios apostólicos, o el debate de Ratisbona, los conflictos con el Islam que no son menores, pues aquel tiene lo suyo de suyo, pasando por afrontar lo que desde fuera de Europa observamos y se conoce y se reconoce como la Europa poscristiana, atea, descreída y desapegada de su ingente herencia cristiana practicante, se dice, que justificara su proceso de reevagelización como marcó en sus metas iniciales el Obispo de Roma al justificar su nombre guiado por San Benito, su patrono inspirador, en tanto reponía el latín o se incorporaba a la tecnología.

Porque lo he dicho fuerte y claro: una cosa es el teólogo Ratzinger de texto documentado, profundo, trascendente, rico, significativo, que no le niego y lo reconozco plenamente habiéndolo leído, admirando su sapiencia y su capacidad como pastor y que en eso dista mucho de ser como Juan Pablo II, reconociéndole su actitud conciliadora frente a los lefebvrianos, incluso cediendo en restituir el rito tridentino, aun sin observar en ellos gestos claros de arrepentimiento ni de reconversión como pretendía el Vicario de Cristo, como le aplaudo su gesto trascendental de renunciar al ostentoso título de Patriarca de Occidente para acercarse a los ortodoxos, sin obtener nada a cambio de parte de sus dirigentes cuando que ya no lo recoge más el listado de dignidades en el Anuario Pontificio. Pero otra muy diferente es mi percepción de que le ha pesado mucho su nacionalidad, a diferencia de Juan Pablo II. La consecuencia de ello consiste en que lo marca lejano y selectivo de la feligresía. Craso error.

Gente cercana a la iglesia lo dice: se le percibe lejano, adusto y ajeno a los fieles en muchos círculos. Al menos de la América Latina. Su tardanza en su viaje a México siempre fue mal vista y por casi nada, si nos atenemos a números duros tratándose del segundo país con católicos del mundo. Pero no es poco para quienquiera verlo y aquí al menos, muchos lo hemos percibido como un papa lejano que desairó a una feligresía profundamente fiel a Roma. Quizás no fue su intención. Quizás, pero hay severas dudas.

Permítame poner el acento en un punto significativo. Se ha recalcado muchas veces que un papa importa por su investidura, no por su nacionalidad. Si me atengo a ello pasaré por alto la alegría de los alemanes al saber que un paisano ascendió al solio pontificio. Pasaré por alto que privilegiara a la televisión alemana en las entrevistas cuando los papas no las concedían y haré como que no importa que al idioma español, el que posiblemente representa el 45 % de los fieles de la iglesia que preside el papa alemán, antes siervo de Dios que alemán, fue empujado siempre al quinto lugar en las salutaciones de Navidad muy por detrás del idioma alemán que no se le compara en número de hablantes católicos, muy inferior al español. Por fortuna la nacionalidad no importa, nos dicen. Para pensárselo. Juan Pablo II fue más cuidadoso y receptivo. En los detalles está el Diablo, reza el adagio.

Es un pontificado que concluye con graves carencias de lealtad de subordinados, con evidente hartazgo por mundanas maneras réprobas mostrando entresijos de problemas sin fuerzas ya para atenderlos, que me suponen lo complejo que ha sido y lo percibo muy jaloneado desde adentro. Y la renuncia de Benedicto XVI ha caído como una bomba. La sorpresa del cardenal de México Norberto Rivera Carrera me adelanta que no se sabía a cabalidad. El episcopado mexicano ha pedido fe y que el Espíritu Santo ilumine a los participantes al Cónclave, dominado por los cardenales europeos, la mitad de los asistentes, si bien no podemos negar su mayor pluralidad. Los tiempos se antojan apresurados con las solemnidades de Semana Santa en puerta. Mientras, muchos laicos nos preguntamos qué clase de papa necesita hoy la Iglesia. ¿Alguien mediático? ¿alguien que sea teólogo? ¿otra posibilidad? Podríamos dejarlo en que sea papa y ya, pues sería menos latoso. Nos resulta imposible ser solo contemplativos. No es posible dados los desafíos que enfrenta la Iglesia de hoy. Quien sea el nuevo papa ha de procurar un cuidado y una discreción que redunde y se replique en todos los órdenes de la Iglesia. Conservar la Sede sin perder la fe. Menudo reto de búsqueda tiene el cónclave que se avecina. Por eso es crucial este cónclave, por eso no nos puede ser indiferente.

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