David Felipe Arranz | Martes 12 de febrero de 2013
El honor, la amistad y el agravio son temas muy nuestros, precisamente el material con el que se entretejen y hasta retuercen las tramas del género de capa y espada que tanto nos gusta porque no nos atrevemos a desenvainarla: el “caló el chapeo, requirió la espada, / miró al soslayo, fuese y no hubo nada”, que escribió acertadamente el manco ilustre al referirse de modo general al carácter valentón de los españoles. En Obligados y ofendidos, del toledano Rojas Zorrilla, maestro del enredo y del personaje del figurón, el eterno estudiante don Pedro y el Conde de Belflor se van agraviando y ofendiendo sucesivamente a lo largo de una intriga jalonada de lances y desafíos, el pan nuestro de cada día del ruedo ibérico: el sopista disputa con el noble. Otros fueron los Humillados y ofendidos (1861) de Dostoyevski, que muestra el drama doméstico de Nikolai Serguieyich Ijméniev, despojado y deshonrado por el príncipe, símbolo del drama social de toda una nación. Mucho nos parecemos rusos y españoles.
En febrero de 1640, el mismo año de las rebeliones de Cataluña y Portugal, Felipe IV inauguró el teatro o Coliseo del Buen Retiro, precisamente con una obra de Rojas Zorrilla, Los bandos de Verona –de nuevo el tema shakespeariano de Romeo y Julieta–, hasta que seis años después el monarca prohibió los festejos teatrales por la muerte de su hijo, el príncipe Baltasar Carlos, a la que siguió la del propio rojas dos años más tarde, se ignora de qué, tal vez de un susto, solía decirse antiguamente entre las mujeres cuando el hombre bajaba a la calle a por tabaco y ya no volvía. Hoy como ayer, las Américas las han hecho hombres vueltos piratas y que iban al estanco ahítos del rol marital.
El pensamiento de Rojas, “poeta florido, acertado y galante” –según Pérez de Montalbán–, expresado a través de sus comedias manifiesta el extremo en que había caído el país en el ámbito del absolutismo monárquico, en especial en Del rey abajo, ninguno. Algunos estudiosos hablan incluso de idolatría regia, lo que visto ahora, sabiéndose lo que se sabe, suena espantoso, pues el que ejercía el rey era el derecho divino a hacer… su real gana, nunca mejor dicho. Se llegó incluso a la convicción de que los monarcas eran los representantes de Dios en la tierra y que, por lo tanto, todo les estaba permitido, sin ser aquel presupuesto fruto de la alucinación colectiva, sino del sagaz aparato propagandístico de los Austrias. Permítasenos el inciso: algún plebeyo también se creyó en nuestros días que emparentando con la realeza uno disfruta de tales privilegios y adquiere patente de corso firmada por “papá” para sablear a mandatarios e instituciones, pero al final el juez le hace reflexionar sentándolo en el banquillo... porque no tiene sangre azul y jugaba todo el día –y la noche– al baloncesto o a encajar balones y bolas en la cesta de Suiza, Luxemburgo o las Islas Caimán. Se han vuelto las tornas y hoy el yerno regio es bufón de la corte o, como se decía en el XVII, ejerce ya el “primer papel de graciosidad” o de “su graciosa yernicidad”, que decimos en el siglo.
Ahora son los oros, pero en aquel tiempo el súbdito se jugaba la honra de su esposa por un caprichoso escarceo de la corona, que se aflojaba también el cinto en el 1600 con mucha celeridad cuando veía unas faldas. Aquella sociedad europea no veía con malos ojos que si un soberano intimaba con la mujer de alguien, el marido no debía protestar al tratarse el ofensor del propio Júpiter. Obligados y ofendidos y gorrón de Salamanca, que empieza como el Don Giovanni (1787) de Mozart, con un donjuán –el Conde de Belflor– sorprendido en medio de un romance por el padre –don Luis– de la joven seducida –Fénix–, nació de la pluma de un peregrino ingenio de aquella poética corte de Felipe IV en la que se celebraban fiestas palatinas en el Buen Retiro. En la comedia Crispinillo le describe a su amo don Luis la vida apicarada de los estudiantes de Salamanca y su “hambre estudiantina” al lado de la cual la canina… no es nada.
Pero hasta aquellos ingenios de la corte debían encajar el rechazo ocasional del público, como cuenta Bances Candamo al señalar, a propósito de Cada cual lo que le toca, que “le silbaron la comedia […] por haberse atrevido a poner en ella a un caballero que casándose, halló violada de otro amor a su esposa”; los tiempos cambian y la recepción hubiese sido hoy otra muy distinta. Efectivamente, Rojas, un autor palatino, fue aclamado por los suyos no por las obras hoy reconocidas como canónicas, sino por aquellas de exagerado artificio e hiperbólico estilo, pobladas de seres mitológicos y ridículos logogrifos y hoy completamente olvidadas. Y, en cambio, los dramaturgos galos tradujeron y adaptaron las que entonces no conocieron demasiado éxito en España y hoy continúan representándose: Corneille tradujo Entre bobos anda el juego con el título Don Beltrán del Cigarral; Scarron convirtió Donde no hay agravios, no hay celos en Jodelet maître et valet; Rotrou imitó en Wenceslas la obra No hay padre siendo rey; y Lesage trasladó a la novela Gil Blas de Santillana el drama de Rojas Casarse por vengarse. Como es habitual, los franceses disfrutan de nuestro patrimonio con tres siglos de anticipación y nosotros nos subimos al carro porque imitamos muy bien al vecino. Como los monos.
Pero detrás del Rojas cortesano, el menos interesante, se encuentra el escritor de la comedia cínica y desvergonzada, vodevillesca y de enredos en torno al absurdo pundonor, el comediante iconoclasta y provocador, que pone en escena personajes que desmienten el discurso de sus señores, como cuando una criada como Beatriz exclama en Donde hay agravios no hay celos “Las bofetadas me saben / (si son a tiempo) mejor / que gallinas y faisanes” o el criado Sancho hace saber que “Después de Dios, bodegón” –toda una declaración de intenciones de la vida poltrona–, pues en ellos, los populares graciosos a los que aclama el pueblo, la honra no es nada comparada con el vivir. Y Rojas añade al formidable repertorio el personaje del figurón, la antítesis del galán, un hombre tan desastroso con las mujeres como torpe con los hombres: don Lucas del Cigarral, caballero flaco, desvaído, macilento, clavo, verdimoreno y desaliñado, “si canta por la mañana, / como dice el proverbio, / no sólo espanta sus males, / pero espanta los ajenos”.
Ahí se contienen, en cuatro decenas de comedias escritas en solitario por Rojas Zorrilla, ese mundo de obligados y ofendidos que, a fin de cuentas, es el solar patrio. Y si no se lo creen, lean la sección de nacional de este periódico.