Opinión

Algo está cambiando en Rajoy

José Antonio Sentís | Miércoles 13 de febrero de 2013
En muy pocos días, el PP (que hoy por hoy es lo mismo que decir Rajoy) ha dado un viraje de lo más significativo. De mantenerse incólume en su misión de inmolarse en la cruz para salvar España, metáfora que no me negarán que está de actualidad, ha pasado a cesiones, rectificaciones y gestos comprensivos ante la turbamulta exasperada que exhala indignación por todos los poros.

Hasta ahora, la frase era: incumplo el programa, pero cumplo con mi deber. Hasta ahora (y lo intenté con más o menos fortuna contar en mi último artículo en El Imparcial: “El caso Rajoy”) el asunto era quedar mal con propios y extraños, con tal de alcanzar la Tierra Prometida de la salida de la crisis. Ni una concesión con los poderosos (empresas, financieros) ni con los hombres de la tierra media, (funcionarios, profesionales); ni con los débiles (pensionistas, mileuristas, parados). Ni, por supuesto, ninguna explicación ideológica, ni para sus iniciales partidarios, ni, por supuesto, para los contrarios.
Tanto ha sido así que la política de ajustes ha concitado indignación general, pero ha sido sostenida con mano firme. Y no es cosa aquí de saber si había razones para ello (que las había, o al menos las exigían aquellos de quienes dependemos, nuestros socios europeos y nuestros prestamistas mundiales). Porque lo importante no era defender el esfuerzo del rigor, sino hacerlo por la vía mesiánica, es decir, sin un solo gesto de cariño hacia la población sufridora.

Sin embargo, en las últimas horas, el PP de Rajoy, ha protagonizado varios episodios que no pueden ser casuales. El primero fue el intento de explicación a la opinión pública de la propia renta de Rajoy, ante la inquietud generalizada (y bastante manipulada) sobre el enriquecimiento de los políticos.

El segundo ha sido la aceptación por parte de la mayoría absoluta de una Iniciativa Legislativa Popular sobre los desahucios, en hecho prácticamente inédito en la democracia, puesto que, salvo en un caso, siempre estas iniciativas han sido desestimadas de plano, incluso con muchos más millones de firmas que el millón y medio que traía ésta.

Y la tercera ha sido la rectificación de Gallardón (a instancia o gracias a la Defensora del Pueblo, Soledad Becerril) sobre las tasas judiciales aprobadas hace menos de dos meses. Y se podrían añadir gestos menos clamorosos, o más sutiles, como las propuestas de Transparencia para partidos políticos, la información de Montoro sobre la amnistía fiscal y sus beneficiarios, etcétera.

Nada de esto, probablemente, satisfará a la oposición o a la opinión pública, que está, esta última, dispuesta a mandar a su casa a todos y cada uno de los políticos, aunque no se sabe muy bien para sustituirlos por quién. Pero, lo cierto es que parece, a falta de confirmación futura, un cambio de tendencia. No en la gobernación, pero sí en su forma de presentarla a la opinión pública.

Es completamente cierto que muchas de las protestas contra la política de Rajoy están manipuladas hasta la náusea por parte de sectores que han hecho de la demagogia un arte. Por ejemplo, con la consigna de la privatización de la Sanidad o de la Educación. Y es cierto que muchos grupúsculos de la izquierda indefinida, esa que oscila entre la marginación al sistema o la revolución pendiente, están dispuestos a acudir a los argumentos más inverosímiles, a las tragedias más pesarosas, a los accidentes más impredecibles, para satisfacer su odio ideológico hacia la derecha.

Pero también es cierto que la alta misión asumida por el profeta Rajoy no puede ser siempre indiferente a la angustia de la sociedad, por muy mal que lo hagamos aquellos que, desde el periodismo, escribimos sobre lo que pasa. Pues el hecho de los gazapos de los escribas no exonera del error a quienes hacen el dictado.

Ése es el punto en el que parece haber cambiado Rajoy, sea por su propio diagnóstico, sea por la virtud de sus consejeros, o por ambas cosas. Porque Rajoy no puede abdicar de la senda que ha tomado, pues quizá le salga bien con ella a España (aunque se queme el PP), pero sí puede intentar una cierta empatía con el pueblo soberano. Aunque sólo sea para desarmar la demagogia, como la que palmariamente plantea la famosa plataforma antidesahucios, cuya portavoz se ha quedado sin el mejor caramelo, el de la negativa del PP a su propuesta legislativa, lo que le hubiera dado mucha fama.

Obviamente, los de la plataforma de marras (a quienes asiste parte de razón, pero desde luego no en la responsabilización al Gobierno de una antigua legislación hipotecaria) jamás votarán al PP. Pero, al menos, tendrán que buscarse otro argumento para atacarle, a ver si les cae otro Prestige. Porque no ha habido un millón y medio de afectados por desahucios (los firmantes), ni siquiera todos los desahucios corresponden a ejecuciones bancarias, sino muchos proceden de particulares que han desalojado a inquilinos morosos. Y si es lamentable esta tragedia de la pérdida de la casa, también lo es la manipulación de la tragedia con objetivos políticos que, colateralmente, aumenta la angustia de la población.

Angustia que se extiende de forma espontánea en una población empobrecida y desesperanzada, temerosa por su empleo, por su futuro y por su familia, pero a la que no necesariamente hay que animar con mentiras, como la de que se van a quedar sin Sanidad Pública o sin Educación.

Lo que sucede es que, hasta este momento, Rajoy y su Gobierno no han prestado atención a la depresión de la sociedad, sino a la gestión de los intereses (con o sin acierto, que esto aquí es lo de menos). Y ahora parece que se empiezan a dar cuenta de que alguna palmadita hay que dar en la espalda, ya que el personal sólo ha percibido que estaba en el pim pam pum de la feria de los impuestos, del paro, de las tasas o de los recortes.

Me preocupa en este punto pensar que lo sucedido con las rectificaciones o gestos de estos días sólo haya sido un espejismo. Pero creo que estos doce meses últimos pueden haber enseñado la luz roja al Gobierno, especialmente cuando el acoso mediático y judicial ha desempolvado cadáveres (Gürtel) que estaban en el armario y que se han sumado al entierro institucional, territorial, social y económico de España.

Es posible que Rajoy, que parece respirar un poco sobre la presión económica que ha tenido a España al borde del abismo (y donde lo ha hecho mucho mejor que peor, tanto en las negociaciones en la UE como en su resistencia a entregar la cuchara del rescate, que nos hubiera rematado para décadas) pueda también mirar un poco al mercado interno de la opinión pública.

Ni aún así lo tendrá fácil. Pero sin cintura, le resultaría imposible terminar su mandato. Y no por falta de legitimidad, que tiene mucha más que quienes quieren derribarlo, aunque sea a costa de destrozar esta España vulnerable, sino porque no se puede comandar la descomposición social, como no se puede reconstruir un cuerpo desde las cenizas.

@jasentis

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