El presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, ha pronunciado su primer discurso sobre el estado de la Unión de su segunda legislatura. Lo hace cuando se cumplen cien años de que Woodrow Wilson rompiese la tradición de que el Presidente enviase su discurso por carta, acudiendo, en su lugar, al mismo sitio del Congreso.
La sección tercera del Artículo II de la Constitución de los Estados Unidos dice que “de cuando en cuando le dará información al Congreso del estado de la Unión, y recomendará para su consideración las medidas que juzgue necesarias y oportunas”. A partir de estas palabras, a partir del primer discurso de George Washington en 1790, y por pura tradición, ese discurso se hace anualmente.
Barack Obama ha expresado varios objetivos en esas 6.660 palabras: Uno de ellos es fijar un salario mínimo para los Estados Unidos de 9 dólares por hora, una medida que provocará el desempleo de los jóvenes y de las minorías menos favorecidas. También quiere hacer grandes inversiones en infraestructuras, recogiendo la vieja tradición de las “mejoras internas”. Quiere retomar la quijotesca lucha contra el cambio climático, a pesar de que lo que define al clima es el cambio. Y quiere ejercer un estricto control sobre las armas, a pesar de lo que indica la segunda Enmienda a la Constitución. También quiere acelerar la vuelta de las tropas que están aún desplegadas en Afganistán.
Pero lo que más nos afecta a nosotros es lo que se contiene en estas palabras: “Y esta noche, anuncio que lanzaremos unas negociaciones sobre un acuerdo sobre el comercio y la inversión transatlánticos con la Unión Europea”. Estas breves palabras sólo indican un acercamiento comercial con Europa, pero no tienen por qué indicar una liberalización del comercio. Vamos a las palabras en las que expresa los objetivos de ese acuerdo: “… porque el comercio que es justo y libre a través del Atlántico contribuye a (la creación de) empleos bien pagados en América”.
Dado que “justo” y “libre”, referido al comercio, es exactamente lo mismo, esa repetición resulta sospechosa. Bien es cierto que es un proyecto largamente acariciado. En noviembre de 2011 los líderes europeos y los Estados Unidos crearon un
Alto comisionado sobre Empleo y Crecimiento que señalaba el camino de la mejora de las relaciones comerciales. En mayo del año pasado, Business Roundtable, un grupo de empresarios muy importante, le
pidió a Barack Obama que hiciera un esfuerzo por darle contenido a los trabajos de ese Alto Comisionado. En noviembre todavía de 2012, tras la brillante reelección de Barack Obama, en una
nota conjunta del presidente de la Comisión y del presidente del Consejo Europeo, José Manuel Durao Barroso y Herman van Rompuy, se le daba la enhorabuena a Obama y se recordaba el interés europeo por impulsar tales acuerdos.
Como señala Ivan Krastev, desde Deutsche Welle, este acuerdo puede ser más que una profundización de las relaciones comerciales, puede ser una “reinvención de occidente”, que es necesaria. Pues este es el siglo de Asia, y pronto lo será también de África. Desde Alemania ya se han saludado afectuosamente estas palabras de Obama. El acuerdo puede cerrarse en un plazo de sólo dos años, según las actuales previsiones.
En este momento hay que recordar que un think tank español, FAES (dependiente del Partido Popular, hoy en el Gobierno), propuso en 2006, es decir, hace ya siete años, la creación de lo que llamó un
Área Atlántica de Prosperidad. Sus autores son los profesores Francisco Cabrillo y Pedro Schwartz, más el actual secretario de Estado de Comercio, Jaime García Legaz. Hablaban de una “plena integración económica entre la UE y los EEUU, eliminando todo tipo de barreras al comercio y la inversión”.