José Antonio Sentís | Lunes 21 de enero de 2008
La paradoja de la confrontación política en España es que aparenta un ruido infernal de pasiones desatadas que realmente produce lo opuesto a la emoción participativa. A más demagogia, mayor adormecimiento colectivo y mayor parestesia cívica. Un efecto ocultamente deseado por las elites partidarias desde el dibujo mismo de la Transición. Ahí se diseñó una democracia tan manifiestamente mejorable como la española, con dudosísima separación de poderes y con un sistema electoral en el que las oligarquías designan sus cohortes cerradas y bloqueadas. Donde la iniciativa popular ni es del pueblo ni inicia nada.
No quiere decir esto que la gente no vaya a votar, sino que lo hace como un ejercicio lúdico más cercano a la apuesta y a la reafirmación íntima que al convencimiento en su capacidad de influencia. Los ciudadanos han quedado como los coros y danzas en un estadio en el que el palco es para otros. Y lo peor es que los coristas aceptan con alegría su papel sumiso.
La tendencia no es, precisamente, a corregir el languidecimiento de la democracia. Sólo una enorme valentía y un generoso patriotismo de los líderes podría producir la regenerción del sistema, con una reforma constitucional (incluido el sistema electoral) que recuperara el viejo principio de la libertad, que respetara la independencia de los poderes, que acabara con las tentaciones de descomposición nacional y que permitiera gobiernos no hipotecados por minorías voraces. Claro que, para regenerar la democracia española, antes hay que saber qué es España. Quizá alguien se digne a explicarlo en esta campaña.
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