José Antonio Ruiz | Viernes 15 de febrero de 2013
Aunque suene lo que digo baboso caracolo y cursi de mil pares, si yo escribiera como habla Luis María, no sería periodista satírico, sino poeta. Ha llegado el baranda a un punto tal de genialidad, que se puede permitir la gansada de dejar que se le vaya la olla el muy provocador para que sólo se escuche su llanto.
El mejor Anson es el Anson desatado, que no se deja embutir la camisa de fuerza ni colocar el bozal. Y que arranca a fabular acerca de esta España nuestra de las alucinaciones que, babelizada, va camino del Gólgota, con la clarividencia del diablo en duermevela que se resiste a tener que claudicar, como el resto de los mortales, al sueño goyesco de la sinrazón.
El auténtico Anson es el Anson rebelde y tocapelotas que se deshace de la partitura arrojándola por la ventana, se sube al piano de un brinco, se desmelena como si fuera el vocalista en trance de una banda legendaria de heavy metal y, una vez sumido en el éxtasis, se pone a tocar jazz sobre las caderas imposibles de Marilyn, allí donde anidan los sueños granujas del maestro… y los míos.
A estas alturas de la juerga, a Anson se la suda esa ordinariez de ser políticamente correcto. Y lo de guardar formas y apariencias, más allá de la buena educación y el decoro, no deja de ser una vulgaridad propia de pichaflojas. Dice lo que le sale del trigémino, aunque calle para sus adentros mucho más de lo que cuenta. A estas alturas de la broma, comprenderán que le vaya dando igual que le dé lo mismo si mintió o no Truman Capote.
Anson no está ni de vuelta de nada ni más allá del bien y del mal. Ajeno al qué dirán y al tópico, lo que sí está es más allá de tanto cenutrio cuadrúpedo como anda suelto, de tanto resentido incapaz de asumir su mediocridad, y de tanto quinqui estrecho de entendederas pero sobrado de infundada autoestima que pretenda impartir lecciones de democracia.
Aun no siendo vidente, es tanta la mili que lleva a cuestas, que ve lo que otros no ven aunque se tiren el moco. Y cuando pone el ojo en la liebre que sale de la madriguera, le muerde el pescuezo y no la suelta hasta asegurarse antes que se ha dejado la fotocopia del ADN impresa en el arco de seguridad. Y de ahí, a la rotativa.
Aunque me saque treinta primaveras justas, con sus correspondientes inviernos mediáticos, este cronista que se las da de irreverente es una broma propia de adolescente imberbe comparado con el viejo sabio sabueso. A ambos se nos cruzó el teatro por el camino, y esa afortunada desgracia te marca para siempre, querido Max Estrella.
Anson se ha equivocado tantas veces, que hace tiempo que dejó de llevar la cuenta. Sabe bien que es preferible rectificar aunque sea a destiempo, a mostrarse pertinaz en el error. En mi caso, caso perdido, habrá que esperar que alguna vez acierte a la primera.
Es tanta la cordura de Anson, que si te paras a pensar da un poco de acojone. Y tanta su generosidad (de la que doy fe en primera persona), que le honra la noble aspiración que tiene de ser recordado como un periodista querido más que por un periodista temido.
Ningún país, y menos España, se pueden permitir el lujo de prescindir de gente como González, Aznar, Anson o inclusive de Cebrián (si estuviera a lo que tendría que estar). Si Felipe y José María se hacen los remolones ante la sugerencia Ansoniana de que son las personas que este cortijo necesita para acometer la inaplazable reforma constitucional y evitar el golpe de Estado, había que plantearse la posibilidad de enviar un motorista para que los trajera en el portaequipajes aunque fuera arrastrándolos asidos por la oreja.
Hablar de orejas en una semana como esta con ribetes de vaudeville, es hablar de La Quinta del Sordo, de la España sórdida, y de los Premios Goya: aquelarre de analfabetos, excepción hecha de algún listo con talento que va de sobrao y se lo hace para desmarcarse y evadirse, desde el ombligo mismo del sistema, de tanta mediocridad como nos circunvala. Balan, luego camino llevan de pasar a formar parte de la familia de los carneros, las cabras, los gamos, los ciervos, las ovejas y los borregos. Eso, eso. El silencio de los corderos.
Aldeanismo paletoide en estado superlativo. Ni los Polichinelas unicejos de la zeja podían aspirar a más, ni el genio de Fuendetodos a menos. Así nos va. La llaman “la noche del cine español”, pero más bien se asemeja a una congregación de horteras militantes de su propia petulancia que reniegan del capitalismo yanqui pero se mueren de ganas de alternar con Obama y Michelle y de tener una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood.
Aunque sean minoría, sin duda que hay gente talentosa y gente lo que se entiende por normal en el patio de butacas donde se celebra la charlotada; pero en el décimo aniversario del ¡No a la guerra! los Toledos, Sanjuanes y asimilados del artisteo se aprestan a volver a hacer el imbécil en la ceremonia donde los ignorantes analfabetos superan en número a los berzotas, y viceversa, con tan contadas excepciones que me sobran dedos.
A este cronista no le preocupa la denominada “politización de la gala”. El Cine está para hacer política, para hacer el amor, para hacer la guerra, y a ser posible la revolución sin necesidad de disparar un solo tiro. Lo que no debiera estar es al alcance del primer cafre que pasa por la puerta y que aun no sabiendo ni leer ni escribir presume de amistad con Aristóteles o con los hermanos Lumière. Ojalá todos los actos de estas hechuras estuvieran orquestados por gente comprometida, cada cual con su causa, pero gente solvente desde el punto de vista intelectual. Lo de no meterse en política huele a recomendación disuasoria franquista. Hagamos política, cuanta más mejor, pero de cierto nivel. O sea.
En esta semana de ceniza, la ocurrencia se la apuntamos a Mariano, pastor rodeado de lobos: «No he cumplido con mis promesas pero he cumplido con mi deber». La próxima vez, mejor no se moleste en redactar ningún programa electoral y así acabamos antes.
La instantánea del fotomatón es para el Príncipe Alberto, de los Grimaldi de toda la vida, que se ha largado a correrse una juerga en el Sambódromo de Río, dejando a la bella Charlene haciendo largos en la piscina de Mónaco con la ilusión de que se la trague el desagüe. Cuando acabe con la caipiriña, Alberto debería pasarse por España para participar en el programa de saltos de Antena 3 junto a Falete.
Vivimos en una civilización morbosa, que ha renunciado a cuestionar el fondo de las cosas para vivir en un síndrome de abstinencia patológico que pasa sobre los aconteceres con el mono absurdo de saber si el próximo Papa va a ser un negro de África descendiente de Kunta Kinte, un cardenal de barras y estrellas héroe de Pearl Harbor, o un italiano emparentado con Pirandello. ¿Y?
Si después del reportaje que se ha marcado Irina Shayk, el pibón de Cristiano, en Sports Ilustrated, no aprueban por aclamación la declaración de los toros como Bien Cultural, es que directamente este país ha perdido el sentido de la realidad y definitivamente no tiene remedio.
¡Ay, el amor! –como suspiraba el cabrón de Calígula a su amado Escipión en aquel teatro de la Orihuela natal de Miguel Hernández donde este cronista debutó por Albert Camus. ¡El amor es un rayo de luna!
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