Opinión

Beatriz Talegón y la mediocridad política en España

Guillermo Ortiz | Sábado 16 de febrero de 2013
Últimamente se oye mucho hablar de la necesidad de un gran acuerdo o un gran pacto entre partidos políticos para eliminar la corrupción, limpiar la imagen ante los ciudadanos o, como decía la propia Soraya Sáenz de Santamaría, “buscar un gran acuerdo por la calidad de la democracia y la responsabilidad en la política más allá de las divergencias ideológicas”. Bien, creo que a eso que dice la vicepresidenta se le llama “ley”, sin más, y los partidos no necesitan ningún acuerdo para cumplirla, se supone que es su obligación.

Que la política ha sido algo siempre mal visto en España es evidente. Parte del problema del descrédito social está ahí y no lo vamos a negar, pero tampoco vamos a esconder que la situación actual no tiene que ver con el “piove, porco governo” sino más bien con el saqueo sistemático de determinados políticos, con nombres y apellidos, ante la complacencia de sus compañeros o al menos su silencio. No hace falta ningún gran pacto para acabar con esas prácticas, antes pareciera al contrario, que el pacto es necesario para callar y no destapar “más allá de las divergencias ideológicas” ninguna irregularidad. Para cumplir la ley, para no robar lo común, insisto, no hay que ponerse de acuerdo en nada. Se hace y punto.

Sobre la posibilidad de la regeneración en la política española dicen mucho las repercusiones de la intervención de Beatriz Talegón en la última reunión de la Internacional Socialista en Cascáis. Talegón criticó duramente a los políticos socialistas allí reunidos por “no escuchar a los jóvenes” y tenerles solamente como agitadores de banderas en los mítines. Todo lo que dijo Talegón en esa breve intervención de diez minutos como representante de la Unión Internacional de las Juventudes Socialistas fue de manual: efectivamente, la cantera no funciona en el momento en el que no se enseña a pensar sino a obedecer, no se educa para el bien del país sino para el bien del partido y solo se premia a quien repite mejor el discurso y no a quien crea uno nuevo.

Para muchos, Beatriz Talegón, fue una heroína diciendo eso. Yo le reconozco mi total simpatía, pero el problema es precisamente que el debate se haya empantanado en el terreno personal. Inmediatamente, todos han rebuscado quién es Talegón para ver dónde se le podía atizar mejor y los primeros, sus compañeros de Juventudes Socialistas. Las filtraciones a los medios de comunicación, claramente interesadas, rozan lo vergonzoso y es una vendetta en toda regla por parte de quienes se vieron atacados por un discurso que pretendía premiar los méritos antes que el servilismo.

Parece que lo importante ahora es saber si Talegón viajaba en business o no y a mí eso me da lo mismo. Esto es como lo del dedo que apunta a la luna y el tonto que mira el dedo. Esta chica dice unas verdades como templos y todos los analistas están mirando su currículum por Facebook. ¿Por qué necesitamos hundir o venerar a quien dice algo antes de centrarnos en lo que dice, juzgar las palabras y el discurso por sí mismos? Talegón es licenciada en derecho y habla tres idiomas además de ser profesora de piano. Ha trabajado como asesora becada, como concejal, como secretaria general de organizaciones políticas… y ha servido hamburguesas en un McDonald´s.

Talegón pertenece a una generación –está a punto de cumplir los 30 años- que lleva mucho tiempo quejándose precisamente de que no la escuchan, de que no encuentra su habitación propia en nuestra sociedad. Supongo que toda generación tiene la misma queja de forma cíclica y pretende dejar su huella lo antes posible. Así, por ejemplo, el 15-M. No sé si Talegón ataca el sistema o es el sistema. Me es indiferente. Sé que su discurso animando a compañeros y líderes a acabar con el adoctrinamiento y el borreguismo y empezar a pensar y a formar y a hacer política de verdad es un discurso válido. Yo mismo he tenido 29 años, una licenciatura, medio doctorado, tres idiomas y me he tenido que buscar la vida de teleoperador, así que me puedo hacer una idea de lo que dice.

Ahora las cosas le van bien, dicen. O filtran. Viaja mucho y a lugares exóticos. Imperdonable. Lo hace como política, además, o en un puesto político, si se quiere. Cobra 1400 euros netos y se ve como una barbaridad aunque viva en Viena. Sospechoso. Un joven que cobre más de 1000 euros es sospechoso. Mucho más un joven con carnet de un partido político, lo que nos lleva de nuevo al problema del principio: la cuestión no es que los líderes firmen pactos para hacer lo que deberían hacer de todas maneras, la cuestión es que los líderes dejen de fomentar la mediocridad. Y que dejen de filtrar a los medios informaciones falsas para acabar con los que protestan. Aunque también los medios podían no publicarlas, claro, pero eso me temo que es mucho pedir.

Así, en definitiva, es el boomerang de la política y la sociedad española: atacas la mediocridad y la mediocridad, todopoderosa, arrasa contigo.