Opinión

Los cristianos de Siria

Ricardo Ruiz de la Serna | Sábado 16 de febrero de 2013
El conflicto en Siria está enquistado. El Ejército sirio no derrota a los rebeldes pero éstos tampoco logran derrocar al dictador. El Presidente sigue contando con el apoyo de la Federación Rusa, la República Popular China y la República Islámica de Irán. Los insurgentes –sobre los que se ciernen sospechas de acoger terroristas entre sus filas- también tienen sus apoyos en el extranjero. Esto, en realidad, socava su fuerza a la hora de negociar porque están divididos entre el Consejo de Transición que opera desde Turquía y los líderes locales del Ejército Libre y las milicias que combaten sobre el terreno. Unos y otros se cruzan ofertas de negociación aunque el Gobierno afirma no poner condiciones previas y los rebeldes exigen que toda negociación excluya a El Asad. Así, las conversaciones no parecen tener mucho futuro. El ejemplo libio ha mostrado lo que cabe esperar a El Asad si cae en manos de los sublevados, que a su vez parecen deslegitimarse con los hechos.

Sin embargo, las cosas distan de ser sencillas. Siria –al igual que el resto de países de Oriente Medio- es un crisol de culturas. El proyecto panarabista y socialista que encarnaba el Baaz implicaba una identidad árabe que se adaptaba a las nacionalidades de modo que uno era árabe y sirio antes que sunní, chií, cristiano o alauí. Siria era el último país en que esta identidad vertebraba la nación y ahora ha estallado. De esta forma, los rebeldes son, en su mayoría, suníes que miran más hacia el Golfo o hacia Estambul que hacia Teherán o Damasco. Los chiíes han conocido ya la experiencia iraquí –el secuestro de la mayoría chií durante años a manos de la minoría sunní- y están cada vez más cerca de los ayatollahs de Qom y cada vez más alejados de los gobiernos supuestamente nacionales de El Líbano o Irak. Destruido el aparato estatal, las identidades nacionales ceden ante las religiosas.

¿Y los cristianos?

Bueno, ellos son grandes perdedores en el estallido de las primaveras árabes como antes lo fueron en las guerras que sucesivamente han arrasado la región. Ahí tienen el caso de Irak, El Líbano… A diferencia de los chiíess o los suníes, ellos no tienen Estados poderosos en torno a los cuales construir identidades y tejer alianzas. Unos tienen a Turquía o Arabia Saudí y otros tienen a Irán, pero los cristianos sólo tenían esos Estados plurales cuya nacionalidad no se fundaba en la religión sino en la identidad nacional nacida de las independencias árabes. Es verdad que en El Líbano los cristianos son un grupo organizado e influyente pero no tienen un Hizbolá como sí tienen los chiíes.

Es un error ver en el conflicto sirio una guerra de religión más pero también lo es soslayar que los rebeldes no parecen los demócratas moderados que inicialmente alzaron su voz contra la dictadura de El Asad. En realidad, el Ejército sirio se ha nutrido también de cristianos que ven peligrar su forma de vida si un gobierno islamista se impone en Damasco. La situación de los coptos en Egipto y de los caldeos en Irak no ha hecho más que empeorar después de que el mundo prometía la liberación de los dictadores. Para los cristianos, una teocracia no es mejor que una dictadura política árabe. De hecho, entre los grandes intelectuales de la causa panárabe abundaban los cristianos, que fueron leales a los Estados nacidos de la independencia árabe.

En Siria hay más de dos millones de cristianos, algunos de ellos pertenecen a comunidades milenarias. No es que antes les fuera siempre bien pero desde luego ahora puede irles francamente mal.

¿Y qué hace el mundo mientras tanto?

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