Crónica religiosa
Domingo 17 de febrero de 2013
Seguramente Benedicto XVI ha recordado mucho, en los últimos meses, esta frase de Nuestro Señor:” Aparta de mí este cáliz”. El sufrimiento del Papa, no sólo físico, ha sido muy importante. Ya el Pontífice se había planteado con anterioridad la opción de la renuncia como puede deducirse de la respuesta que dio a su amigo y periodista Peter Seewald en el libro “Luz del mundo”, donde Benedicto XVI sostenía que, “si el Papa no se veía en condiciones para llevar a cabo su misión, tenía el derecho, y aun el deber, de renunciar al cargo”.
“Aparta de mí este cáliz”. Han sido muchos los tristes episodios que Joseph Ratzinger ha tenido que soportar durante su pontificado. No olvidemos el tema de los Legionarios de Cristo y los casos de pederastia, entre otros, y para llenar el cáliz la traición de su mayordomo que, seguro, actuó como manos de mentes listas para liar aún más el próximo futuro de la Santa Sede y actuar en beneficio propio. Es natural que el portavoz de la Santa Sede, el jesuita Federico Lombardi, haya querido quitar hierro a esos posibles enfrentamientos curiales, pero los hay. A nadie se le escapa que al final de un Pontificado muchos toman posiciones para ganar puestos en la futura curia o en las Iglesias particulares. Ahora, como dijo el cardenal de Madrid, Rouco, “nos hemos quedado huérfanos”, y algunos más que otros, lloran esa orfandad.
Mientras en el Vaticano, Bertone, el poderoso Secretario de Estado y Camarlengo, prepara ya la sede vacante y sabedor que no será el elegido tratará de suavizar gestos, maneras y decisiones ante los cardenales que llegarán a Roma y sobre una Curia, que no le es precisamente muy proclive. Por lo pronto, Benedicto XVI ha querido dejar atados algunos temas polémicos antes de renunciar. Uno de los más escabrosos, el del Banco Vaticano, con la designación del alemán Ernst von Freyber como nuevo Presidente del IOR.
Y siguen las quinielas. Cada uno marca sus casillas, que muchas veces esconden apetencias particulares e influidas, como no, por los que esperan favores futuros. Quisiera recordar en este punto, que cuando murió Pablo VI había dos cardenales claramente favoritos: el arzobispo de Génova, el “conservador” Siri, y el arzobispo de Florencia, el “progresista” Benelli. Pues bien, en el cónclave los votos se repartieron para uno y otro y ninguno de los dos alcanzó la mayoría simple que entonces era necesaria. De Siri se pasaba a Benelli y de Benelli a Siri. Tal vez por eso los purpurados intentaron encontrar a un hombre que reuniera las dos sensibilidades y encontraron a una persona sencilla, a Albino Luciani, Juan Pablo I, que desgraciadamente estaba enfermo y solo duró 33 días, y que según sus allegados fueron de un sufrimiento terrible debido al panorama que se encontró.
Ahora en este cónclave puede pasar lo mismo y si los italianos se empeñan en Scola, arzobispo de Milán, o en Ravasi, Presidente del Pontificio Consejo para la Cultura, además cuando en este momento se necesitan los dos tercios de los votos, los cardenales pueden también buscar a una tercera persona que podría venir de América, para ser el cabeza de los misioneros que necesita esta caduca Europa.
Tampoco sería extraño, que una vez superado y apartado el cáliz del sufrimiento, Benedicto XVI, ayudado por el Espíritu Santo, sugiriera algo desde su retiro en el próximo convento de los jardines vaticanos.
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