Lunes 18 de febrero de 2013
Se ha publicado últimamente que el juez encargado de sus casos pondera si poner pulseras telemáticas a imputados por casos de corrupción. Las pulseras telemáticas son dispositivos que miden ciertos parámetros y los mandan a un centro donde son registrados y analizados. La policía las usa, por ejemplo, para los reclusos que obtienen el tercer grado y la posibilidad de cumplir la pena en su casa, o en casos de maltrato. En definitiva, con una pulsera telemática, que en realidad es telemétrica, existe el control a distancia del que la lleva. Con esa pulsera, los movimientos de los imputados o reos pueden ser conocidos por la policía, hasta cierto punto. Sabrían cuando sale de casa y cuando vuelve, conocerían sus horas y algunos de sus movimientos. Pero es un sistema caro, de complejo seguimiento.
El primer aspecto que nos podemos cuestionar es ¿adónde va a ir un imputado por corrupción si lo que quiere es huir? La respuesta es obvia: adonde tiene su dinero. Sin embargo, esta respuesta tan obvia no es correcta, seguramente. Porque el dinero es algo que se puede poseer sin tener. De hecho, la mayoría de las veces, un imputado por corrupción, lo posee sin tenerlo. Lo tienen otros, lejos, en Suiza, o en Gibraltar, o en Andorra, las Caimán, y él ni siquiera lo ve. La mayoría de las veces, ese dinero está en un banco en el que en realidad no está, porque el banco lo ha prestado a otros para sacar beneficio de él. Cuando un evasor pone dinero en un banco, lo que en realidad hace es algo muy zen, es crear un vacío. Y algo muy cristiano: dárselo a otra persona para que se aproveche de él; a un banquero, que siempre juega con dinero de otro. Pero estas disquisiciones ocultan un gran riesgo social más relevante: el de que, si los implicados en procesos de corrupción llevan pulseras telemáticas, estas pulseras se pongan de moda.
Oscar Wilde dijo que lo único que puede hacer que un hombre no ingiera un veneno es su mal sabor. Con esto, lo que quiso decir no es que el hombre tenga un paladar especialmente exquisito, sino que el peligro y el riesgo le dan igual. O, mejor dicho, le atraen. Al ser humano le atrae el peligro, sobre todo si es cómodo y accesible. Un joven paga incluso por tirarse de cabeza desde un puente atado por los pies, pero seguramente no lo haría aunque fuera gratis si tuviera que llevar él la soga y hacerse el nudo.
Los criminales, por ejemplo, son peligrosos. Y los delincuentes atraen, como Capote puso de manifiesto en “A sangre fría”, libro que se intenta periódicamente desprestigiar quizá porque es tan bueno. El vocabulario de los criminales, el carcelario, por ejemplo, se pone enseguida de moda entre los jóvenes. A los jóvenes les interesa parecerse a los delincuentes, porque estos son peligrosos, amenazadores para la mayoría de las personas, y los jóvenes buscan respeto de los demás. ¿Qué pasaría si las pulseras telemáticas se pusieran entonces de moda entre los jóvenes españoles? Pero antes de responder esta pregunta, ¿qué pasaría si los jueces obligaran a los implicados en casos de corrupción a llevar pulseras telemáticas?
De entrada, si todas emitieran de verdad señales en alguna frecuencia, habría una inflación de datos telemétricos que volverían loca a la policía. Una cosa es que cien personas lleven una pulsera telemática. Otra diferente que la llevaran personas implicadas en procesos de corrupción, lo que en España podría suponer algunos millones. Todos telemetrizados. Por otro lado, la pulsera telemática se convertiría en un símbolo de poder. La gente, en lugar de llevar un Rolex o un Patek Philipe auténticos, llevarían una telemática de algún color llamativo, como el que lleva una brazalete con la banderita de España (o de cualquier comunidad autónoma), o una pulsera de pelo de elefante. ¿Y por qué la gente lleva pulseras? Pues por similar razón a la que les lleva a tatuarse, piercearse: por imitar a los delincuentes. En el fondo, todos buscamos respeto, aunque no seamos tan jóvenes.
Esto de la imitación es curioso. Las rayas fueron durante siglos la marca de los presos. Sus trajes eran de rayas. Pero luego los hombres libres comenzaron a llevarlas en sus camisas y trajes, seguramente para parecer más duros. Uno se ponía un traje de raya diplomática y decía al mundo: “Eh, puede que parezca un opositor, pero en el fondo soy una buena pieza, capaz de codearme con los maleantes más redomados. Quizá, hasta yo soy un maleante” Y si fumaba, ya era la leche.
Bárcenas por ejemplo, cuando ha ido al juzgado, ha llevado un abrigo Chesterfield, beige con cuello de terciopelo marrón, similar al que usaba Alcapone o Lou Fox, como ha puesto de manifiesto El Mundo en un artículo. Con el abrigo, Bárcenas busca un poco de respeto. Pero quizá lo conseguiría más fácilmente con la pulsera telemática. Es cierto que Al Capone no llevó pulsera telemática que se sepa, pero en España, dado lo dados que somos a las pulseras, no me cabe duda de que si todos los implicados en casos de corrupción llevaran pulsera, y teniendo en cuenta su exposición mediática, enseguida se crearía una jerarquía de pulseras: La naranja molaría más que la roja y está más que la azul. Se establecería un código de colores que permitirían al imputado un encaje claro en un lugar social claro. El patriota, la español o catalán la llevaría roja y amarilla (quizá con diferencia de grosor de bandas), el castrense color verde camuflaje, el moderno rosa, el dado a la mística oriental naranja o morada. Saldrían diferentes modelos y marcas, algunas con multifunciones, y hasta capacidad de control remoto de las cuentas de Suiza. Si la corrupción es la causa, quizá todos estaríamos pulserizados y telemetrizados. Y como Apple saque el iwatch –que amenaza--, no acabaríamos, acabaremos pulserizados todos, corruptos e incorruptos. Pero solo algunos usarán la función de la conexión Suiza. Porque el dinero, cuando de verdad se posee, es que no se tiene. O se tiene lejos.