POR LIBRE
Martes 19 de febrero de 2013
Acaba de descubrirse una trama de espionaje a gran escala entre políticos, que supuestamente ha realizado la empresa Método-3. Según las primeras informaciones filtradas, la empresa ha reunido más de 20.000 dossiers, entre ellos de diversos políticos. Los nombres que figuran en la lista van desde al actual presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, hasta el pintoresco Carod Rovira, algo inaudito si se tiene en cuenta que el expresidente de ERC era un lenguaraz y aparecía haciendo el payaso por doquier. Poco había que investigar. O igual sí. También se incluyen entre los espiados a Sánchez Camacho, a Almunia, a Montilla, a Díaz Ferrrán, al capo de la trama Gürtel, Francisco Correa y a muchos otros. Ahora sólo falta esperar el material que supuestamente ha obtenido la empresa de espionaje. Que seguro que algún trapo sucio saldrá a la luz. O toneladas.
Pero ya, lo de espiar es cosa de niños. No hace falta pisarle los talones a nadie o hacer esperas eternas ante el portal del espiado dentro de un coche, como en las películas americanas. Basta con utilizar la tecnología cibernética y penetrar en las tripas de los ordenadores o pinchar los móviles. Y cualquier experto en informática entra hasta la cocina sin grandes alharacas. Y se entera hasta del menú. O se coloca una cámara frente a la ventana de la casa espiada que graba los movimientos y conversaciones de los inquilinos desde cientos de metros.
Nos escandalizamos, y con razón, de que ocurran estas cosas. De que los políticos se espíen unos a otros para sus chantajes o sus negocios opacos. Pero lo que no nos damos cuenta es que espiados, estamos todos. Hasta las cachas. Las ciudades de cualquier ciudad del mundo están sembradas de cámaras que graban a todo el que pasa por allí. Son muy eficaces para la Policía, pues, gracias a ellas, se han descubierto a muchos delincuentes. Pero también graban a ciudadanos que pasean tranquilamente por la calle. Y cualquier experto, y los hay a miles, son capaces de pinchar y obtener la información que contienen en pocos minutos. E internet y las llamadas redes sociales no logran blindar a nadie por mucho que presuman de ello. Son un libro abierto.
Vivimos en un mundo, en el que la tecnología ya nos ha superado. Es verdad que Internet es la mejor, más potente y rápida herramienta de comunicación e información que ha existido jamás. Y este periódico es un ejemplo de ello. El Imparcial se puede leer al instante en Madrid o en Sydney, en el Polo Norte o en el Polo Sur y los correos de email son una fórmula genial y también instantánea de comunicarnos. Nunca había sido tan fácil hablar o pasar información como ahora. Internet es el gran invento de una nueva era de la comunicación. Y el futuro no tiene límites. Se pueden reservar hoteles y billetes de avión, hacer compras, leer libros, ver una película, consultar una enciclopedia y hasta mandar a domicilio ricas tartas de chocolate de regalo de cumpleaños sin moverse de casa. Es mágico.
Pero no podemos ser ingenuos y creer que lo que hablamos o decimos sólo lo recibe nuestro interlocutor. Internet, en efecto, es una herramienta que ha revolucionado el mundo de la comunicación, pero su seguridad deja mucho que desear. Todo queda grabado y para siempre. Ya no hace falta ser un “hacker” para entrar en el ordenador de un amigo o un enemigo. Basta tener a mano a un informático espabilado. Y, como ejemplo, hay que recordar que en la red más segura del mundo, la del Pentágono, se colaron unos chavales que estaban haciendo prácticas de informática. Y grabaron toda la información.
Como publica este periódico, el FBI acaba de descubrir un “ataque masivo” contra Facebook: la información y las conversaciones de millones de personas han sido grabadas y difundidas, y Twitter, ha tenido que reconocer, también hace poco, que los datos de 250.000 usuarios han sido pirateados. Habría que endurecer la Legislación al respecto. Y obligar a las redes sociales y a los navegadores de Internet a salvaguardar esa información, que se supone, algunos ilusos lo suponen, es íntima y personal. Y tampoco estaría de más que los correos y móviles tengan algún filtro para impedir la difusión masiva de vídeos o correos chorras. Una auténtica tortura, pues el 99 por ciento son memeces creadas por bobos que se creen genios.
Y, de paso, también parece necesario impedir por ley que las empresas de investigación o espionaje puedan seguir, fotografiar y grabar a una persona si no tienen una orden judicial. Y fuera de la política, si alguien, que es el negocio más habitual y frecuente, cree que su pareja le es infiel no puede pagar a una legión de espías que persigan y fotografíen los movimientos de esa persona. La libertad está por encima de todo. Eso debería ser ilegal. Pero es tal legal, que algunos utilizan el material como prueba ante los tribunales en cualquier demanda de divorcio. Como en la Inquisición. Y algunos jueces, incluso, lo admiten.
Si no es mediante una orden judicial por sospechas delictivas evidentes, el espionaje político, como cualquier otro, es deleznable e ilegal. Y sus responsables deben dar cuenta ante la Justicia. Pero si alguien entra en tu ordenador o pincha tu móvil es probable que jamás sea descubierto. Porque la red de Internet es infinita y sus conexiones se lían como una tela de araña. Con lo seguras y bonitas que eran las cartas de amor por correo. Con su sellito y todo.
Ahora sólo mandan cartas los Bancos. Y no para felicitarte el cumpleaños, precisamente. Pero si alguien no quiere que se sepa lo que escribe en el ordenador o lo que dice por el móvil es más seguro quedar a tomar café en una terraza (sin cámaras de seguridad) o mandar una carta por Correo. El gran hermano nos acecha. Y, cada día, es más grande. Es un gigante que se cuela por todas las rendijas. La intimidad y la libertad se esfuman por los satélites, por las redes, por los móviles, por las cámaras. Estamos a la intemperie. Y esto no hay quien lo pare. Ojo al parche. Que si se quiere, todo se sabe. Sólo hace falta pasarse por “la tienda del espía” o tener un amigo que sepa cómo colarse en un ordenador o pinchar un teléfono. Lo dicho, cosa de niños.
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