¿Pacto o intriga de Estado?

TRIBUNA

Martes 19 de febrero de 2013
Al invertir Bruselas más moneda en nuestro país, se estimula el olfato europeo. Surgen los planes de Estado. Mientras la oposición no consiga intervenir en el apaño financiero de ayudas y créditos enviados por las instituciones, el acoso a la política presidencial será continuo. La última entrega millonaria, para resolver el paro juvenil, no puede dejar indiferentes a líderes tan conspicuos como los de la oposición y otros gubernamentales, de tamaña agudeza.

El apoyo reciente de Felipe González al presidente del Gobierno, en contra de las prisas del líder de la oposición, quien repite, ciego y a salto de mata, frases, más que históricas, cansinas -el famoso “váyase señor X”, cuya incógnita admite un nombre de turno-, indica huella de olfato político. Quien tuvo, retuvo.

Es evidente que algo está cambiando en España. Entre otras astucias, la politización de la crisis. Su enroque. Convencidos de que esto es permanente, mejor apropiarse sus recursos, adelantarse a los acontecimientos y convertir el instante crítico de la sociedad española en otro modo de convivencia. Nuevo pasteleo.

Los escándalos de corrupción múltiple; la garantía de trabajo a fiscales, jueces y abogados defensores; el alivio de cierta prensa con exclusivas casi diarias sobre imputaciones y encausados; la reforma de sueldos en la administración municipal, otra forma de risa arancelaria; el acoso incesante al Gobierno, presidente y ministros, de ahora y de antes; el más tú que yo…; todo ello consigue olvidar, junto, y a medias, el verdadero fondo de la situación que atravesamos.

Al presidente del Gobierno lo cuestionan por la derecha, izquierda y un sector central de su propio partido. Sin embargo, Europa lo elogia. Bruselas y el Fondo Monetario Internacional alaban su política de restricciones. Insisten en que es el único camino que nos queda para seguir dentro del club de ricos que es Europa. Una riqueza apoyada en millones de parados. Es decir, la banca y política europea soportan estas cifras. Saben cuál es el límite de la masa crítica. Y los políticos españoles, de uno u otro bando, apenas cuentan en los cálculos continentales. Reciben consignas. Bruselas conoce muy bien el alcance soberano y efectos fulgurantes de las ayudas económicas.

Mientras tanto, Eta ocupa posiciones políticas y gubernamentales también soberanas. Triunfa. Y riéndose en las barbas de quienes les imputan extorsiones, crímenes. Es un hecho. Barcelona avanza en su tropo político de soberanía e independencia frotándose las manos cada día que salta un nuevo escándalo de corrupción a la palestra pública. Cuanto más alto, mejor. Triunfan. Y se ríen de fiscales, jueces, engrosando la bolsa de abogados, banqueros y agentes de información diversa: policías, periodistas, espías. Y el paro que no cesa.

Paradoja, contradicción. Cinismo a espuertas. Teatro múltiple, de cámara, ensayo, calle, sobre todo calle. Títeres de tribuna, asfalto, acera, terraza, plasma óptico.

El olfato sigue siendo fino. Algo importante se mueve en Bruselas. Hay que tomar posiciones. A Felipe González le importa un bledo el presidente actual de Gobierno. Husmea que este puede salir con la suya. Si consigue resistir hasta mayo el acoso de unos y otros, con los sindicatos a la cabeza, la situación precaria del país puede remitir. Y si Rajoy triunfa en su empeño, la izquierda así denominada en España, remedo también de la europea, entrará en un período incierto de sombra histórica. Tendrá que recomponerse o reinventarse totalmente. Meses decisivos.

Y si a la denominada derecha española le sale bien el envite, tal vez crea que ello es o fue en aras de sus virtudes. Apañados están. Tendrían que reinventarse también de nuevo. Tal vez desaparezcan unos y otros con la remoción necesaria de este país. Pide, a gritos, un cambio generacional de siglas, rostros, actitudes.

Apoyo al presidente, sin duda. Llámese X o de cualquier modo. Lo importante es salir de esta situación cuanto antes. No la merecemos. Y luego, unos y otros, a la calle. A correr el disfraz por aceras, tarimas, escenarios, ruedos. Urge dar paso a quienes sufren nueva emigración en bares, restaurantes, academias de idiomas, empresas, laboratorios, bancos, universidades extranjeras, y a quienes viven el desamparo dentro del país. Del dinero de Bruselas orientado a la juventud española tienen que salir nuevos líderes e ideas de Estado europeo.

La así llamada derecha española sabe que la situación depende de sus manos. Y la izquierda huele malos humores si así resulta. Un planteamiento equivocado. Hasta absurdo. Quien pierde es la imagen de Europa en España. El acoso al presidente del país desautoriza ahora mismo las previsiones de Bruselas para el Mediterráneo. Y no hay aquí hombres ni instituciones de talla capaces de imponer otros objetivos europeos. Solo ambición monetaria. Y de la fusión de partidos solo saldría más pasteleo. ¿Un consorcio de Estado tras meses, años de acusaciones y descrédito mutuos? ¿Valdrían, reunidos, lo que rechazan por separado? Si el pacto fuera inevitable, tendrían que hacerlo personas ajenas, independientes. ¡Y ojo también con los expertos así calificados por políticos! Acabamos de conocer uno de sus informes sobre la reforma universitaria. Este país agota las palabras que nombra. Pierden densidad y referencia.

Algo avanza, no obstante. Algunos jueces parecen reaccionar con sentido de justicia, que es la base de todo derecho, con o sin mayúscula. Asistimos a procesos que tocan gran parte del fondo de la corrupción y que parecen irreversibles. Se advierte el intento de pararlos y enturbiar su mecanismo con manejos sutiles de leyes, cifras, informes falsos o inciertos, sobornos delicados, denuncias de otros fraudes antiguos o temor de que reaparezcan viejas sombras aún irredentas bajo las alfombras profundas del Estado. ¿Por eso la insinuación, ahora, de una política de altos humos europeos? Tal vez se incruste aquí también alguna relación larvada con el acoso indiscriminado al presidente del Gobierno. En tal caso, sería una figura ya no conveniente a ningún signo político. Ni a gran parte del suyo. Y él tendría, en ello, sabiamente escanciado, su propio seguro de permanencia. Y otros, con el pacto, ocasión de engullirlo desde dentro. Alcanzamos el estadio histórico de intriga. Bruselas olvida que nosotros inventamos gran parte de Europa.

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