La lógica detrás de las leyes de salario mínimo es la que ha expresado recientemente el propio Obama. Con un salario mínimo como el que él propone, de 9 dólares la hora, los trabajadores que ganan menos, con un empleo a tiempo completo, tendrán un sueldo anual de unos 18.000 dólares al año, lo que automáticamente les sacaría de estar bajo el umbral de la pobreza. Como ha apuntado alguien, siguiendo esa lógica, ¿por qué quedarse en los 9 dólares la hora y no subirlo a 90? De este modo, el salario rondaría los 180.000 dólares por año y todos, incluyendo los más pobres, viviríamos en la abundancia.
El problema es que esa lógica falla. Vamos a explicar cómo. Los sueldos no son arbitrarios. Se fijan en el mercado, y hay cierto margen para que un empleado pague una cantidad u otra. Pero dentro de unos límites. El empresario paga al trabajador en función del valor descontado de su productividad marginal. Descontado, porque hay un período de tiempo entre la aportación del trabajador y el momento en que esa aportación adquiere pleno valor, con la producción del bien y su venta. Y la productividad marginal, porque es la aportación añadida que hace ese trabajador. Es decir, más allá de tecnicismos económicos, los salarios de los trabajadores, en un mercado libre, están determinados por el valor de lo que aportan.
Un salario mínimo es una prohibición estatal de que trabajador y empresario lleguen a un acuerdo por debajo de cierto baremo. El problema surge cuando el salario mínimo deja a muchos trabajadores por debajo de ese mínimo. Porque si los empresarios valoran menos lo que creen que les aportará los trabajadores que el salario mínimo, no les contratarán. Los economistas
coinciden..
Los propios promotores del salario mínimo entienden perfectamente que esto es lo que pasa.
Obama, por ejempleo. Subió los aranceles un 30 por ciento en tres años sobre los fabricantes de coches chinos con el objetivo de que esos coches fueran más caros y así bajase su demanda. Todo el mundo lo entiende, incluso los defensores del salario mínimo.
¿Qué dice la experiencia? Exactamente eso, aunque los datos muestran una respuesta más rica. Por ejemplo. Los efectos de los salarios mínimos son más eficaces, y por tanto más perversos, entre los trabajadores que por su calificación no son capaces de generar una renta superior al salario mínimo, es decir, a los inmigrantes, especialmente los que llevan menos tiempo, y los jóvenes. En ambos casos, por razones obvias. Por ejemplo, un 23 por ciento de los jóvenes menores de 25 años ganó el salario mínimo o menos, por un 3 por ciento de los mayores de 25 años.
El salario mínimo protege a los que ya están trabajando frente a la competencia de estos grupos. Por eso se concibió su uso, en los 50’, como una barrera contra la entrada de los negros. Una idea que fue rescatada por los demócratas Michael Dukakis y Daniel Mitchel en 2006.
No es sólo, ni principalmente, que se destruyan los trabajos cuya realidad económica queda fuera de la ley, sino los que se dejan de crear. No es casualidad que nada más oírse las palabras de Obama, las acciones de McDonalds
cayesen. Pero hay más respuestas lógicas del mercado. Los mayores costes no sólo se saldan con menos contrataciones. También se compensa reduciendo otros costes salariales, como la formación. O se traslada, en la medida de lo posible, al consumidor.
Todos estos son efectos muy desgraciados, pero no son los peores. Los economistas David Neumark, William Wascher y Mark Schweitzer muestran que esas pérdidas de oportunidades de trabajo dejan huellas a largo plazo. Como explicó, a partir de los datos recabados por los tres, el economista Neumark en un
artículo publicado en The Wall Street Journal, “las principales fuentes de incremento de los ingresos de un individuo son la formación y la acumulación de experiencia y de habilidades en el mercado de trabajo”. Estas últimas se pierden por la acción de los salarios mínimos, por lo que éstos no sólo afectan a la pérdida de ingresos en el presente, sino que hacen que el individuo pierda ingresos en el futuro.
“El grueso de la experiencia, proveniente de estudios, utilizando datos sobre todo de los Estados Unidos pero también de muchos otros países”, dice Neumark, “muestra claramente que los salarios mínimos reducen el empleo de los jóvenes y de las personas con baja cualificación”. Y esas personas afectadas pierden oportunidades no sólo en el presente, sino en el futuro.