DESDE MI PIPA
Miércoles 20 de febrero de 2013
Me he visto harto sorprendido cuando, en un debate televisivo sobre la corrupción, el tono general de los discursos se vio interrumpido por la intervención de un antaño líder importante de Izquierda Unida. El sujeto sostenía la necesidad de que nuestra sociedad entrara en un “levantamiento general”. Esto es ya una afirmación peligrosa. Por la ideología del animador. Porque entendemos que nuestras calles están ya suficientemente levantadas (deben de quedar pocos sectores que no se hayan manifestado por una razón u otra). Y, no hay que olvidarlo, porque el poder ejecutivo tiene suficientes medios para abortar todo tipo de levantamiento, aunque luego vengan las lágrimas.
Pero lo más grave del aserto era la finalidad de la llamada: “y para proclamar la República”. Está claro que, ni en lo político ni en lo personal, se puede vivir en el pasado. Hay que hacer el camino mirando al futuro. Pero no es menos cierto que lo pasado tiene igualmente su papel: el de enseñar lo que no hay que repetir. En el caso que comento, dos precedentes cercanos. Cuando el solicitado Rey Amadeo de Saboya se decide a abandonar el régimen, la misiva que envía a las Cortes no tiene desperdicio. Abdica no por razones venidas del exterior, sino por la imposibilidad de solventar las luchas interiores de grupos y partidos. Una etapa ingobernable. Como es sabido, se pasa al hecho de que las Cortes proclamarán la primera República. Nada menos que cuatro Presidentes en un breve tracto de federalismo en el que lo que primó fue la insolidaridad general y el desorden como régimen. El golpe del general Pavía puso fin a este primer intento. Del segundo se sigue hablando y escribiendo todavía. Al contento inicial de un 14 de abril, y casi sin tregua, se pasó a otro caos general y, sobre todo, a la discusión sobre la clase de República que se deseaba. Para unos, se había ido demasiado lejos. Para otros, era inadmisible una República de burgueses y de letrados. Desde el comienzo, faltó el consenso general y básico. Los intelectuales de la primera hora pronto quedaron insatisfechos. Incluidos Azaña, Unamuno, Ortega o Salvador de Madariaga. Lo que vino en febrero de 1936 también se hizo inhabitable. Una guerra civil sustituyó a la guerra de las urnas.
Este es el peso de la historia. Sobre todo, para un régimen pluripartidista, con listas electorales cerradas y fortísimo principio de disciplina de voto en el hemiciclo. ¿Puede alguien asegurar que no pasará algo igual o semejante? ¿Cómo? Y es que hay veces en que, frente a la originalidad, resulta mejor el silencio.
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